Dentro de las muchas normas que rigen los sistemas sociales, los convencionalismos y las leyes no escritas de corrección y de buena conducta son el abono perfecto para que se perpetren abusos de todo tipo contra los incautos y educados ciudadanos de a pie.
He definido cuatro grandes grupos en donde empleamos, a diario, la corrección política en nuestras relaciones sin pararnos a pensar en las desastrosas consecuencias para nuestros deseos, tiempo, gustos personales o incluso, dinero.

1)      CONVENCIONALISMOS CON LOS AMIGOS
Quién no tiene el amigo plasta -muy majo, eso sí- con el que se ve obligado a quedar solamente para no herir sus sentimientos y que no crea que pasas de él aunque eso es exactamente lo que deseas hacer. Y entonces, cuando tú estás alineado contigo mismo, haciendo nada, observando cómo la humedad de la pared del baño crea múltiples y atractivas formas, suena tu teléfono y en la pantalla aparece el mensaje de ESA PERSONA:
          ¿Qué haces?
          (…) Estoy…trabajando.
          ¿En casa?
          Bueno, me he traído algo de la oficina, ya sabes.
          Pero si hoy es sábado, vayamos a dar una vuelta.
          Hmmmm…bueno…es que estoy un poco cansado…y, no sé…
          Te recojo a las 5.
          Ok.
Y así, día tras día, ese amigo, consigue su objetivo y tú, cobarde, no tienes el valor de decirle que simplemente no te apetece quedar. Es más, quizá te apetezca más quedar con otra persona y entonces diga que se viene con vosotros. NO LO PERMITAS. Eso no es amistad, eso es intromisión, acoso y derribo. Si no te apetece quedar, díselo y punto. Si es tu amigo de verdad, lo comprenderá. Y si lo único que pretende es poseer tu tiempo y tu vida quizá es el momento de regalarle un perro, o una tortuga, que son más fáciles de tener bajo control.
Los convencionalismos en la amistad no tienen final. Por ejemplo, cuando uno es obsequiado con una obra de su amigo artista amateur tiene la obligación de ponerla bien a la vista en su casa para que el “artista” se regodee cada vez que venga a verte. No puedes guardar esa mierda de escultura con forma de falo gigante en un cajón porque es el falo gigante de tu amigo y se merece un lugar privilegiado en la estantería del salón: entre la foto de la comunión de tu sobrino monguer y la de la boda de tu amiga obesa.
Lo mismo pasa cuando te regalan una prenda de ropa que no se pondría ni Cher colocada de metanfetaminas y que te ves obligada a estrenar el sábado siguiente para alegría y orgullo de tu amiga la cantante de orquesta. Qué le vas a hacer.
¿Y qué opináis de ese momento en que te encuentras a tu compañera del cole paseando con el carrito del bebé e insiste en qué le des tu opinión sobre el pequeño gremlin? “Oh sí, es precioso, qué monada, qué adorable, qué guapo, eh chiquitín, pequeñín, cosita…” Cuando lo que estás pensando es “qué horror, qué pelo de rata muerta, y mira esos ojos separados…uno en cada sien y ese cuello gordo que parece estar ahogándolo en su propia grasa…estoy por ligarme las trompas”. ¿Conocéis a alguien que haya tenido el valor de decirle a un padre que su hijo es más feo que una nevera por detrás? Esa persona aún no ha nacido.
A ver, Shaki, entre tú y yo, el niño guapo, lo que se dice guapo NO ES.
2)      CONVENCIONALISMOS EN FAMILIA Y EN PAREJA
En familia, hay un montón de convencionalismos que debemos cumplir rigurosamente. Por ejemplo, prometerle al abuelo que irás a verlo próxima semana y no regresar hasta el día de su entierro. Organizar comidas con tus cuñados y hermanos a pesar de que no los soportas, o peor, con los primos lejanos. Decirle a tu madre que la comida de tu suegra es mucho peor que la suya aunque el plato estrella de tu progenitora sea la sopa de sobre.
Niños feos aparte, ¿cómo organizas tú una comida si tu familia es cómo la de la Baronesa Thyssen?
Ya he hablado de las fotos de la familia que tienes que tener bien a la vista. El bautizo y la comunión de todos tus sobrinos, la foto de la orla de tu hermano acnéico, las bodas de oro de tus abuelos o el viaje a Gijón con tus padres en el 92,  a las que vas añadiendo las de las bodas de tus amigos, intentando mantener una proporción exacta en número y visibilidad para evitar que nadie se sienta ofendido.
En pareja, solemos ser un poco menos correctos (ya sabéis la confianza da asco), pero siempre queda un reducto para las buenas formas. Un ejemplo:
          ¿Te has corrido, nena?
          Sí, y ¡dos veces! (*Nota: no vale decirle que fue antes de que él llegara a casa)
En las relaciones con la familia y los amigos se sostiene esa idea de que uno no puede traicionar la confianza y el amor de alguien a quien aprecia. Herir sus sentimientos. Vale, son familia y amigos, pero todos utilizamos cientos de convencionalismos para relacionarnos con conocidos o, incluso, desconocidos. Cuántas veces habré cambiado yo de calle para no pararme media hora a charlar con la pesada de la profesora de Primaria que tan gratos recuerdos guarda de mí. Cosa perfectamente comprensible, por otra parte.
3)      CONVENCIONALISMOS EN RELACIÓN AL ASPECTO FÍSICO
Las cuestiones con respecto al físico están plagadas de normas de educación y corrección social. Inmediatamente, cuando alguien nos dice que se ha puesto a dieta (lo mismo da que lleve un día que un mes) uno tiene que decir que se le nota. La dieta, que no la obesidad.
Lo mismo pasa al contrario, cuando alguien ha engordado, no vas a comentarle que está ceporro, que parece que se ha desayunado la fábrica de Panrico -guardias de seguridad incluidos-. No, no. Esto no funciona así. Lo que hay que decirle a una persona que engorda es que se le ve mucho mejor, más sano, más joven, más lleno de vida. En el caso de las mujeres hay que tener especial tacto. NUNCA jamás felicites a una mujer por su embarazo si no estás completamente seguro de que está gestando algo más que tres kilos de morcilla de Burgos. Es mejor pecar de despistado “es que te veo tan delgada que apenas he percibido tu bombo de seis meses” que de faltón “enhorabuena por tu embarazo, menuda barriguita tienes ya, eh” –“estoy gorda, zorra”. Yo he llevado esta norma a tal punto que nunca doy la enhorabuena a una embarazada hasta que rompe aguas en mi cara o se presenta con un niño feo en brazos.
Aunque pueda parecer lo contrario, estos señores no están embarazados.
Otra tradición es ir a ver a un enfermo al hospital, por ejemplo, uno que acaba de ser aplastado por una retroexcavadora y han tenido que extirparle la mitad de los órganos y una pierna, y decirle “qué buen aspecto tienes, oh sí, qué color cenizo tan saludable!”.
4)      CONVENCIONALISMOS CON DESCONOCIDOS
Hablar en los ascensores puede que sea una de las más lamentables y arraigadas costumbres sociales. Esas malditas conversaciones que no van a ningún lado, que duran segundos que parecen horas y que ninguno de los dos interlocutores desea tener. Porque hay que tapar el silencio. El silencio nos incomoda, el silencio nos pone tensos, y entonces aparece la meteorología, para ayudarnos.
El problema de verdad sucede cuando se pasa del plano de las palabras al de la realidad y, además de decir lo que nuestro interlocutor quiere escuchar, acabamos actuando como el otro quiere en contra de nuestra voluntad… y de nuestro bolsillo.
Cuánta gente firmó preferentes y otros productos financieros claramente perjudiciales para sus ahorros por no decirle que no a Juan, el director de la oficina de toda la vida. Ése que nos saludaba efusivamente cuando entramos por la puerta haciéndonos sentir importantes y que, además, nos regaló un juego de sartenes antiadherentes como muestra de su gratitud. Así acabó un bonito pueblo del Maresme catalán, donde dos de cada diez habitantes fueron estafados. Eso sí, los directores de las respectivas entidades eran gente maravillosa.
Ejemplos como estos los tenemos día tras día.  Hacemos cosas con el piloto automático puesto sacando a relucir nuestras mejores sonrisas para no importunar al otro que claramente se aprovechará de nuestro sentido cívico. Anteponemos nuestro bienestar a nuestros modales, como borregos.
Os contaré una historia. La semana pasada me disponía a cenar en un restaurante de Santiago de Compostela situado en la zona de Galeras, fuera del casco histórico.  Una vez sentados a la mesa, mi acompañante y yo, nos pusimos ojear la carta dispuestos a elegir la que sería nuestra cena. El restaurante con un gran comedor y que a las once de la noche tenía una sola mesa ocupada, ofrecía una amplia variedad de tapas y platos. Y todo muy bien de precio. Por ejemplo, no había ningún pescado que bajase de 22 euros el plato (no os quiero contar el marisco), la ración de pan la cobraban a 1.45 por persona y una tapa de calamares a la romana salía por el módico precio de 15 euros. CALAMARES REBOZADOS A 15 EUROS. Cuanto más leíamos la carta, más estupefactos nos hallábamos,  así que mi acompañante tuvo a bien levantarse de la mesa dispuesto a irse. Yo le dije “no”, “ni hablar”, “siéntate”. No tenía ninguna referencia del sitio, no sabía si se comía bien, ni si el pescado era fresco, estaba desoladoramente vacío y eran unos atracadores. Pero yo ya me había sentado y no podía, por nada del mundo, levantar mi culo e irme de allí. Tras unos tensos minutos en que el camarero pasó a ofrecernos varias botellas de vino a precios desorbitados, decidimos que nos iríamos. Pero ¿cómo? Yo seguía preguntándome qué les íbamos a decir, con qué excusa peregrina abandonaríamos el restaurante en  el que ya nos habíamos sentado. Finalmente, me convenció y salimos de allí pasando por delante de la barra con un simple “hasta luego”.
“Ya nos geolocalicé en Foursquare. Ahora me sacas una foto para el Instagram y nos vamos.”
No seré ni la primera ni la única en levantarse de un sitio e irse si no le gusta lo que hay en la carta o le parece un precio abusivo, pero yo simplemente no era capaz. Si hubiese estado sola o con otra persona como yo habría pagado los 70 u 80 euros sin rechistar aunque la comida fuese una mierda.  Supongo, que a lo largo de los años, he interiorizado ese axioma tan español del “qué dirán”.  Probablemente si nos hubiésemos quedado dirían lo gilipollas que éramos. El caso es que excepto esos 20 segundos que pasaron entre que me levanté y salí del restaurante, el resultado fue altamente satisfactorio. Porque el dinero es mío y la decisión de consumir o no en un local al conocer los precios, también.
Éste es un ejemplo, pero no el único. Por cuestiones laborales, tuve que acercarme hace poco al SEPE, el Paro de toda la vida, y tras esperar una hora DE MI VIDA, una señora con claros signos de deficiencia para ejercer su puesto, me mandó de vuelta diciéndome que los papeles que traía ella “no los entendía”. Cómo comprenderéis, a mí que se me acababa el plazo para presentar esas instancias e iba a estar fuera me apetecía romperle las gafas de un puñetazo, pero me levanté, muy educadamente, y salí de allí para cerciorarme con mi gestor de que todo estaba correcto. Y volví a pedir cita para volver unos días más tarde al límite del plazo. Fui muy educada y muy comprensiva con aquella mujer que debía llevar 30 años ocupando el mismo puesto y tenía que preguntar cómo se accedía a tal o cual función, ¿y qué recibí yo a cambio de mi comprensión ante su ineptitud? Haber estado a punto de perder una prestación que me correspondía.

A Dios pongo por testigo que en cuanto mi corrección y mi educación sean aprovechadas por el otro para joderme se acabaron las buenas formas. I´m so sorry. 
  • http://www.blogger.com/profile/05559812306295338142 juan jesus Rch

    Genial entrada, ya te hechaba de menos, (sin convencionalismos )