Todos los seres humanos tenemos la capacidad innata de enfadarnos, cabrearnos, arder en cólera, rabiarnos, ofendernos, resentirnos y ser pasto de la ira. Sin embargo, no todos los hacemos de la misma manera ni por los mismos motivos. Porque incluso en los cabreos, en la variedad está el gusto.
          El cabreo orgánico: Es ese que aparece sistemáticamente a determinada hora del día. Por ejemplo, con el hambre voraz de antes de comer o recién levantado.
          El cabreo estacional: Es la irritación en una determinada época del año. Hay a quien le cabrea la lluvia, a otros el calor pegajoso del verano, el frío o las alergias primaverales. También están los que se quejan de cada uno de los fenómenos meteorológicos, sean del tipo que sean.
          El cabreo 2.0: Es el que aparece por cosas que uno percibe a través de Internet. Por ejemplo, cuando abres el Facebook y ves que tu ex ya está con otra. Y tiene las tetas más grandes que tú. También puede meterse en este grupo la irritación que te entra cuando mandas un email de trabajo y tardan semanas en contestar. Y, el más gracioso, el de los comentaristas de noticias de todo pelo que entran para insultar al desgraciado del redactor. O al objeto de la misma, patetismo elevado a su máximo exponente con los comentarios a la muerte de Tito Vilanova. 
          El telecabreo: Es una variación del anterior. Son las discusiones que nacen, se reproducen y quizá mueren a través de los nuevos medios de comunicación. Se produce especialmente a raíz de malentendidos que derivan de la comunicación virtual. Y llevan a desastres tan grandes como el de tener que explicar cuando has usado la ironía.
          El cabreo unipersonal: Este tipo de enojo aparece automáticamente ante la presencia de una persona en concreto. Ésa que nos saca de nuestras casillas aún antes de que llegue a abrir la boca. Es la mala hostia que te entra en cuanto ves a tu jefe acercarse a tu mesa o cuando el charcutero está cortando tu jamón haciendo caso omiso a la cantidad que le pediste. Como cada día. La tensión repentina al saber que tu primo Ismael, becado en Cambridge, viene a comer el sábado. Justo a la hora en que tú sales de trabajar en la frutería.
          El cabreo pluripersonal: Lo padecen las personas que están enfadas con todo el mundo en general sin centrar su ira en nadie en particular. Mourinho es uno de ellos.
          El cabreo situacional: Es el que tienes justo antes de vivir una determinada situación que te encoleriza. Por ejemplo, justo antes de la cena de Nochebuena cuando llega la familia de Alicante –con tu primo Ismael, claro-. El cabreo de levantarte por la mañana después de una noche de juerga y ver que tu casa es lo más parecido a un refugio nuclear. O el que padeces cuando llegas a la ventanilla del banco después de media hora de cola y te dicen que los recibos sólo pueden pagarse los martes y los jueves de 9 a 10.30.
          El cabreo vacacional: Un clásico. Llevas un año esperando las ansiadas vacaciones ¿para qué? En cuanto llegues a tu destino el apartamento no se parecerá ni de casualidad al de la foto, caerá una tromba de agua, el niño se abrirá la cabeza contra una farola y pasaréis 10 horas en urgencias, a tu marido le dará por llevarte a comer a un sitio tradicional donde compartir mesa y mantel con las cucarachas o te entrará por vez primera en tu vida una alergia al sol y tendrás que pasarte dos semanas con sombrero y pareo en la playa. El cabreo vacacional empieza muchas veces antes de salir de casa, cuando a tu perro gastroenterítico se le da por cagar la alfombra del salón. O en el aeropuerto, después de que la compañía anuncie un retraso de 10 horas en tu vuelo.
          Cabreo vial (también conocido como furia al volante): Es un tipo de enfado típicamente español. Tú eras una persona normal antes de ponerte el cinturón y lanzarte a la carretera donde cualquier ser humano es merecedor de tu odio indiscriminado.
          El cabreo político: Otro #marcaEspaña. Enciendes la tele en la 2 el día del debate del Estado de la Nación y al minuto tienes que cerciorarte de que no te has confundido de canal y eso que estás viendo no es una tertulia presentada por Jorge Javier Vázquez.
          El cabreo con uno mismo: Cuando el objeto y el sujeto de la irritación coinciden. Haces cosas, no te salen como quieres y te cabreas contigo mismo. Constantemente. Estás convencido de que eres un inútil y tu mosqueo es supremo. Te darías de hostias pero prefieres poner la tele en el Debate de la Nación.
          El cabreo como defensa: Lo padecen ese tipo de seres que se enfadan con el otro cuando son ellos los que tienen la culpa. Antes de que tú te enfades con ellos, ellos se mosquean contigo. Y punto. – “Pedrito, has cogido mi coche sin mi permiso, lo has empotrado y has atropellado a una señora justo antes de darte a la fuga”. – “No soporto esa actitud tuya tan arrogante, se nota que intentas humillarme. No lo permitiré. No. Por ahí sí que no”.
–     El cabreo futbolístico: Cuando os daréis cuenta que insultar a los jugadores a través de la pantalla de la televisión no sirve para nada. Pagad la entrada, machotes.
          El cabreo etílico: Los borrachos son seres amigables y amorosos. Casi siempre. Un borracho cabreado es un borracho peligroso. Cuando a una persona ebria se le da por enfadarse es harto difícil hacerla entrar en razón. Muchos de los que hoy no tienen dientes los perdieron intentando dar lecciones de civismo a un borracho que estaba meando en el portal de su edificio. Y lo peor es perderlos cuando te metes a separar, como el pobre hombre de la foto.
          El cabreo solidario: Cuando uno ve que su mejor amigo se ha enfadado con su novia y lo apoya demostrando su odio hacia la zorra en cuestión. Al día siguiente tu amigo aparecerá paseando de la mano con la zorra y te habrá retirado el saludo.
Desde luego, hay más tipos y algunos son tan particulares que sólo los padecen pocas personas en el mundo. Sin ir más lejos a mí me ponen de los nervios las personas que andan despacio. No lo soporto, me hacen frenar e igualar mi alegre ritmo vital al suyo. Por supuesto, puedo vivir con ello, pero me gustaría que de repente les anunciasen una –falsa- alarma de incendio en su casa. A ver si espabilaban.
Además de los tipos de enfados, no todos reaccionamos de igual manera ante la crispación. Hay gente que grita un montón cuando se enfada, como si el hecho de subir el volumen fuese a darles la razón. Otros, además de chillar, echan sapos y culebras por la boca, acordándose incluso, de las sagradas instituciones.
Los hay que pegan un portazo y se van a tomar el aire. Admiro a ese tipo de gente que después de una bronca es capaz de volver renovado tras su paseo por el parque.
A quien llora. Y hay quien parece que no se enfada nunca, como Jordi Hurtado. Yo soy más bien de castigar con el látigo de la indiferencia y el silencio. Lo mejor de los cabreos son las reconciliaciones, sobre todo, cuando a continuación lo podemos celebrar con una dosis de pacífico sexo.

No me cabe duda de que dar un golpe en la mesa de vez en cuando es sanísimo para el equilibrio mental y necesario para defender nuestros intereses. Luego se te va de las manos y acabas matando a 300 personas inocentes en un centro comercial. Tanto 15M nos está dejando un poco gilipollas. 
  • http://www.blogger.com/profile/08622917855824023897 Cris Guezu

    Me ha encantao.

  • http://geklodia.wordpress.com/ geklodia

    Cagontó, ¡acabo de darme cuenta de que soy el puto Ismaelito!

  • http://www.blogger.com/profile/08488106867611852976 Jose Rodriguez

    jajajjajaa yo me he identificado con varios!! 🙂

  • http://www.blogger.com/profile/05559812306295338142 juan jesus Rch

    Que bueno, como me he reido, sobretodo al sentirme identificado con alguno que otro.