Mes: abril 2014

Deja de llorar porque no tienes novio. Sonríe porque estás solo.

Que si te han dejado, que si no pillas, que si el amor de tu vida se ha ido con un triste funcionario de sueldo fijo e hipoteca a cuarenta años. BASTA. Aprende a disfrutar de tu soltería, la echarás de menos.
No es un asunto menor vivir en una sociedad donde –sobre todo a las mujeres- se nos sigue criando para pasar del hogar familiar al hogar matrimonial, Dios mediante. Aunque por fortuna yo evité la incursión de Dios en mi vida de pareja, bien es cierto que desde muy joven creí que estar con un chico al lado me haría más feliz. No es algo que uno piensa conscientemente, pero me he dejado arrastrar –sin oponer apenas resistencia- por los encantos de un enamoramiento prematuro. La sensación arrolladora de que podría completar mi vida con la de otro ser y alcanzar el súmmum de la felicidad. Pues bueno, aunque es cierto que estar en pareja tiene cosas maravillosas –de lo contrario, nadie lo haría- cada vez estoy más segura que la comodidad y el miedo a la soledad son dos de esas “cosas maravillosas”.
Estoy bastante harta de leer artículos que prodigan la vida en pareja como la repanocha y que aconsejan a sus lectores (más bien lectoras) infalibles métodos para conquistar al chico de sus sueños y para mantener al ser amado al lado. La regla es simple: cuando dos personas se quieren lo suficiente y apuestan por la pareja (con los sacrificios y renuncias que eso conlleva, y no son pocos) no hacen falta fórmulas mágicas. Remendar las costuras de un amor roto es peor que fumarse las colillas de los ceniceros cuando te has quedado sin tabaco.
Para que veáis que el celibato es un estado tan digno (o más) que la vida en pareja y que son infinitas sus ventajas y comodidades, he elaborado una detallada lista de las cosas que podéis hacer siendo unos felices célibes al servicio de vuestros destinos.
          Puedes irte a la cama cuando te apetezca. No tienes que esperar a nadie ni nadie ha de esperarte a ti.
          Además, puedes levantarte cuando quieras los fines de semana sin que nadie te reproche que madrugas un montón o que duermes demasiado.
          Puedes quedar con quien te de la gana sin tener que dar explicaciones.
          Te puedes tomar la libertad de pasarte una semana entera viendo las películas y series que A TI me gustan, por frikis o empalagosas que éstas sean.
          No has de pelearte por el mejor lado del sofá, ni por el cojín más mullidito.
          Por supuesto, puedes mantener la luz de tu mesita encendida hasta las tantas si te apetece leer.
          Evitas las relaciones por compromiso. Ni familia política, ni amigos de. Quedas con quien tú quieres, cuando tú lo deseas. ¿Domingo de resaca? Que le den a la suegra.
          Puedes tirarte un pedo tranquilamente sin que nadie se queje de la peste. Y además, no deja de ser un poco humillante.
          Y hacer caca con la tranquilidad de no oír pasos al otro lado de la puerta que te desconcentran de tu importante tarea vital.
          Si eres chica, no tienes que depilarte las piernas hasta cuando te apetezca echar un polvo. Y si eres hombre, puedes llevar las cejas juntas. Y pelo en la espalda. Y tan pichis.
          Puedes masturbarte cuando te entren ganas: en cama, en el baño o encima de la mesa de la cocina. Y ver porno sin tener que borrar después el historial del navegador (pillines).
          Cuando decides follar, lo haces simplemente por placer. O por necesidad. Pero en ningún caso por compromiso.
          No tienes techo laboral: si eres listo, te volverás mucho más ambicioso. Puedes viajar y cambiar de residencia siempre que lo necesites.
          Conoces a mucha más gente. Ya no tendrás que volver a casa a las 3 de la mano de tu querido o querida.
          La cama es para ti solo/a.
          Si roncas, no tienes a nadie que te lo reproche. Y que te grabe para ponértelo al día siguiente mientras te tomas tu Colacao.
          Cocinas la comida que a ti te gusta. O no cocinas. ¿A quién tienes que darle explicaciones?
          Practicas tus hobbies y te juntas con personas con las que compartirlos.
          Vives sin la sombra de la boda. Y peor, la de los hijos.
          Tus padres te tratan mejor porque “estás solito”. Les das como penilla.
          Tus amigos siempre cuentan contigo (a veces demasiado, lo cual acaba siendo perjudicial para la salud).
          La casa está a tu gusto. Hecha un asco. Pero a tu gusto.
          Como buen egoísta, sólo tienes que preocuparte por tus problemas. Ya no tendrás que intentar solucionarle la vida al otro.
          Un buen amante es más generoso en el sexo que muchas parejas.
          Vistes como te da la real gana. Sí, ya puedes sacar tus deportivas del insti del armario. Y la falda-cinturón de cuero rojo.
          Como la casa es sólo para ti puedes llevar allí a quién te de la gana. Y montar fiestas. Y orgías. Y llorar por las esquinas porque nadie te hace caso. Esto nunca le sucederá a un español de bien que se rasca el bolsillo. Invita si es necesario. Lo importante es tener compañía.
          Tus gastos se reducen drásticamente: evitas hacer regalos a toda la familia de tu pareja. Y a tu pareja, que sale bastante más cara que cualquier amigo.
          Muy importante: se acabaron las discusiones por el despilfarro. Si quieres poner la calefacción como si vivieses en el mismo Moscú es tu puto problema. Eso sí, intenta tener con qué pagarla.
          Nadie controla tu dieta. Adelante, obstruye tus arterias zampándote quilos de chocolate y dulce.
          Ni tu actividad física. ¿Te apetece hibernar sobre tu cómodo sofá tragándote toda la basura que echan en la tele? Éste es tu momento.
          Puedes fumar en la habitación. Ahumar las cortinas. Despiezar el pollo directamente encima de la mesa de madera de la cocina, cambiar las sábanas una vez al mes… tú y tus normas.
          ¿Que te sientes solo? Pues vas a dormir unos días a casa de mamá. ¿Quién te lo va a reprochar, eh? 
          Ya no te sentirás culpable si por error una zorra introduce su lengua en tu boca durante una noche de excesos. O si un amable hombre te invita a conocer la decoración de su nuevo apartamento.

–     No tienes que inventarte preguntas estúpidas para llenar los incómodos silencios. ¿A ti qué carajo te importa cómo quedó la clasificación de Fórmula 1?

          Y, lo mejor: ya no tienes que preocuparte de dejar a nadie ni de ser la próxima víctima de un abandono. O pensar en tramitar un divorcio. O una custodia compartida. Se acabaron tus problemas. Ya puedes dormir tranquilo.

Repito, estar en pareja tiene muchas cosas buenas. Por ejemplo, una barriga calentita en que introducir tus helados pies de reptil. El abrazo de la mañana. O el beso de buenas noches. Pero es que de eso, ya estáis hartos de leer. 

Enfadarse es sano si sabes cómo

Todos los seres humanos tenemos la capacidad innata de enfadarnos, cabrearnos, arder en cólera, rabiarnos, ofendernos, resentirnos y ser pasto de la ira. Sin embargo, no todos los hacemos de la misma manera ni por los mismos motivos. Porque incluso en los cabreos, en la variedad está el gusto.
          El cabreo orgánico: Es ese que aparece sistemáticamente a determinada hora del día. Por ejemplo, con el hambre voraz de antes de comer o recién levantado.
          El cabreo estacional: Es la irritación en una determinada época del año. Hay a quien le cabrea la lluvia, a otros el calor pegajoso del verano, el frío o las alergias primaverales. También están los que se quejan de cada uno de los fenómenos meteorológicos, sean del tipo que sean.
          El cabreo 2.0: Es el que aparece por cosas que uno percibe a través de Internet. Por ejemplo, cuando abres el Facebook y ves que tu ex ya está con otra. Y tiene las tetas más grandes que tú. También puede meterse en este grupo la irritación que te entra cuando mandas un email de trabajo y tardan semanas en contestar. Y, el más gracioso, el de los comentaristas de noticias de todo pelo que entran para insultar al desgraciado del redactor. O al objeto de la misma, patetismo elevado a su máximo exponente con los comentarios a la muerte de Tito Vilanova. 
          El telecabreo: Es una variación del anterior. Son las discusiones que nacen, se reproducen y quizá mueren a través de los nuevos medios de comunicación. Se produce especialmente a raíz de malentendidos que derivan de la comunicación virtual. Y llevan a desastres tan grandes como el de tener que explicar cuando has usado la ironía.
          El cabreo unipersonal: Este tipo de enojo aparece automáticamente ante la presencia de una persona en concreto. Ésa que nos saca de nuestras casillas aún antes de que llegue a abrir la boca. Es la mala hostia que te entra en cuanto ves a tu jefe acercarse a tu mesa o cuando el charcutero está cortando tu jamón haciendo caso omiso a la cantidad que le pediste. Como cada día. La tensión repentina al saber que tu primo Ismael, becado en Cambridge, viene a comer el sábado. Justo a la hora en que tú sales de trabajar en la frutería.
          El cabreo pluripersonal: Lo padecen las personas que están enfadas con todo el mundo en general sin centrar su ira en nadie en particular. Mourinho es uno de ellos.
          El cabreo situacional: Es el que tienes justo antes de vivir una determinada situación que te encoleriza. Por ejemplo, justo antes de la cena de Nochebuena cuando llega la familia de Alicante –con tu primo Ismael, claro-. El cabreo de levantarte por la mañana después de una noche de juerga y ver que tu casa es lo más parecido a un refugio nuclear. O el que padeces cuando llegas a la ventanilla del banco después de media hora de cola y te dicen que los recibos sólo pueden pagarse los martes y los jueves de 9 a 10.30.
          El cabreo vacacional: Un clásico. Llevas un año esperando las ansiadas vacaciones ¿para qué? En cuanto llegues a tu destino el apartamento no se parecerá ni de casualidad al de la foto, caerá una tromba de agua, el niño se abrirá la cabeza contra una farola y pasaréis 10 horas en urgencias, a tu marido le dará por llevarte a comer a un sitio tradicional donde compartir mesa y mantel con las cucarachas o te entrará por vez primera en tu vida una alergia al sol y tendrás que pasarte dos semanas con sombrero y pareo en la playa. El cabreo vacacional empieza muchas veces antes de salir de casa, cuando a tu perro gastroenterítico se le da por cagar la alfombra del salón. O en el aeropuerto, después de que la compañía anuncie un retraso de 10 horas en tu vuelo.
          Cabreo vial (también conocido como furia al volante): Es un tipo de enfado típicamente español. Tú eras una persona normal antes de ponerte el cinturón y lanzarte a la carretera donde cualquier ser humano es merecedor de tu odio indiscriminado.
          El cabreo político: Otro #marcaEspaña. Enciendes la tele en la 2 el día del debate del Estado de la Nación y al minuto tienes que cerciorarte de que no te has confundido de canal y eso que estás viendo no es una tertulia presentada por Jorge Javier Vázquez.
          El cabreo con uno mismo: Cuando el objeto y el sujeto de la irritación coinciden. Haces cosas, no te salen como quieres y te cabreas contigo mismo. Constantemente. Estás convencido de que eres un inútil y tu mosqueo es supremo. Te darías de hostias pero prefieres poner la tele en el Debate de la Nación.
          El cabreo como defensa: Lo padecen ese tipo de seres que se enfadan con el otro cuando son ellos los que tienen la culpa. Antes de que tú te enfades con ellos, ellos se mosquean contigo. Y punto. – “Pedrito, has cogido mi coche sin mi permiso, lo has empotrado y has atropellado a una señora justo antes de darte a la fuga”. – “No soporto esa actitud tuya tan arrogante, se nota que intentas humillarme. No lo permitiré. No. Por ahí sí que no”.
–     El cabreo futbolístico: Cuando os daréis cuenta que insultar a los jugadores a través de la pantalla de la televisión no sirve para nada. Pagad la entrada, machotes.
          El cabreo etílico: Los borrachos son seres amigables y amorosos. Casi siempre. Un borracho cabreado es un borracho peligroso. Cuando a una persona ebria se le da por enfadarse es harto difícil hacerla entrar en razón. Muchos de los que hoy no tienen dientes los perdieron intentando dar lecciones de civismo a un borracho que estaba meando en el portal de su edificio. Y lo peor es perderlos cuando te metes a separar, como el pobre hombre de la foto.
          El cabreo solidario: Cuando uno ve que su mejor amigo se ha enfadado con su novia y lo apoya demostrando su odio hacia la zorra en cuestión. Al día siguiente tu amigo aparecerá paseando de la mano con la zorra y te habrá retirado el saludo.
Desde luego, hay más tipos y algunos son tan particulares que sólo los padecen pocas personas en el mundo. Sin ir más lejos a mí me ponen de los nervios las personas que andan despacio. No lo soporto, me hacen frenar e igualar mi alegre ritmo vital al suyo. Por supuesto, puedo vivir con ello, pero me gustaría que de repente les anunciasen una –falsa- alarma de incendio en su casa. A ver si espabilaban.
Además de los tipos de enfados, no todos reaccionamos de igual manera ante la crispación. Hay gente que grita un montón cuando se enfada, como si el hecho de subir el volumen fuese a darles la razón. Otros, además de chillar, echan sapos y culebras por la boca, acordándose incluso, de las sagradas instituciones.
Los hay que pegan un portazo y se van a tomar el aire. Admiro a ese tipo de gente que después de una bronca es capaz de volver renovado tras su paseo por el parque.
A quien llora. Y hay quien parece que no se enfada nunca, como Jordi Hurtado. Yo soy más bien de castigar con el látigo de la indiferencia y el silencio. Lo mejor de los cabreos son las reconciliaciones, sobre todo, cuando a continuación lo podemos celebrar con una dosis de pacífico sexo.

No me cabe duda de que dar un golpe en la mesa de vez en cuando es sanísimo para el equilibrio mental y necesario para defender nuestros intereses. Luego se te va de las manos y acabas matando a 300 personas inocentes en un centro comercial. Tanto 15M nos está dejando un poco gilipollas. 

La inconveniencia de los convencionalismos (Un apocalipsis diario)

Dentro de las muchas normas que rigen los sistemas sociales, los convencionalismos y las leyes no escritas de corrección y de buena conducta son el abono perfecto para que se perpetren abusos de todo tipo contra los incautos y educados ciudadanos de a pie.
He definido cuatro grandes grupos en donde empleamos, a diario, la corrección política en nuestras relaciones sin pararnos a pensar en las desastrosas consecuencias para nuestros deseos, tiempo, gustos personales o incluso, dinero.

1)      CONVENCIONALISMOS CON LOS AMIGOS
Quién no tiene el amigo plasta -muy majo, eso sí- con el que se ve obligado a quedar solamente para no herir sus sentimientos y que no crea que pasas de él aunque eso es exactamente lo que deseas hacer. Y entonces, cuando tú estás alineado contigo mismo, haciendo nada, observando cómo la humedad de la pared del baño crea múltiples y atractivas formas, suena tu teléfono y en la pantalla aparece el mensaje de ESA PERSONA:
          ¿Qué haces?
          (…) Estoy…trabajando.
          ¿En casa?
          Bueno, me he traído algo de la oficina, ya sabes.
          Pero si hoy es sábado, vayamos a dar una vuelta.
          Hmmmm…bueno…es que estoy un poco cansado…y, no sé…
          Te recojo a las 5.
          Ok.
Y así, día tras día, ese amigo, consigue su objetivo y tú, cobarde, no tienes el valor de decirle que simplemente no te apetece quedar. Es más, quizá te apetezca más quedar con otra persona y entonces diga que se viene con vosotros. NO LO PERMITAS. Eso no es amistad, eso es intromisión, acoso y derribo. Si no te apetece quedar, díselo y punto. Si es tu amigo de verdad, lo comprenderá. Y si lo único que pretende es poseer tu tiempo y tu vida quizá es el momento de regalarle un perro, o una tortuga, que son más fáciles de tener bajo control.
Los convencionalismos en la amistad no tienen final. Por ejemplo, cuando uno es obsequiado con una obra de su amigo artista amateur tiene la obligación de ponerla bien a la vista en su casa para que el “artista” se regodee cada vez que venga a verte. No puedes guardar esa mierda de escultura con forma de falo gigante en un cajón porque es el falo gigante de tu amigo y se merece un lugar privilegiado en la estantería del salón: entre la foto de la comunión de tu sobrino monguer y la de la boda de tu amiga obesa.
Lo mismo pasa cuando te regalan una prenda de ropa que no se pondría ni Cher colocada de metanfetaminas y que te ves obligada a estrenar el sábado siguiente para alegría y orgullo de tu amiga la cantante de orquesta. Qué le vas a hacer.
¿Y qué opináis de ese momento en que te encuentras a tu compañera del cole paseando con el carrito del bebé e insiste en qué le des tu opinión sobre el pequeño gremlin? “Oh sí, es precioso, qué monada, qué adorable, qué guapo, eh chiquitín, pequeñín, cosita…” Cuando lo que estás pensando es “qué horror, qué pelo de rata muerta, y mira esos ojos separados…uno en cada sien y ese cuello gordo que parece estar ahogándolo en su propia grasa…estoy por ligarme las trompas”. ¿Conocéis a alguien que haya tenido el valor de decirle a un padre que su hijo es más feo que una nevera por detrás? Esa persona aún no ha nacido.
A ver, Shaki, entre tú y yo, el niño guapo, lo que se dice guapo NO ES.
2)      CONVENCIONALISMOS EN FAMILIA Y EN PAREJA
En familia, hay un montón de convencionalismos que debemos cumplir rigurosamente. Por ejemplo, prometerle al abuelo que irás a verlo próxima semana y no regresar hasta el día de su entierro. Organizar comidas con tus cuñados y hermanos a pesar de que no los soportas, o peor, con los primos lejanos. Decirle a tu madre que la comida de tu suegra es mucho peor que la suya aunque el plato estrella de tu progenitora sea la sopa de sobre.
Niños feos aparte, ¿cómo organizas tú una comida si tu familia es cómo la de la Baronesa Thyssen?
Ya he hablado de las fotos de la familia que tienes que tener bien a la vista. El bautizo y la comunión de todos tus sobrinos, la foto de la orla de tu hermano acnéico, las bodas de oro de tus abuelos o el viaje a Gijón con tus padres en el 92,  a las que vas añadiendo las de las bodas de tus amigos, intentando mantener una proporción exacta en número y visibilidad para evitar que nadie se sienta ofendido.
En pareja, solemos ser un poco menos correctos (ya sabéis la confianza da asco), pero siempre queda un reducto para las buenas formas. Un ejemplo:
          ¿Te has corrido, nena?
          Sí, y ¡dos veces! (*Nota: no vale decirle que fue antes de que él llegara a casa)
En las relaciones con la familia y los amigos se sostiene esa idea de que uno no puede traicionar la confianza y el amor de alguien a quien aprecia. Herir sus sentimientos. Vale, son familia y amigos, pero todos utilizamos cientos de convencionalismos para relacionarnos con conocidos o, incluso, desconocidos. Cuántas veces habré cambiado yo de calle para no pararme media hora a charlar con la pesada de la profesora de Primaria que tan gratos recuerdos guarda de mí. Cosa perfectamente comprensible, por otra parte.
3)      CONVENCIONALISMOS EN RELACIÓN AL ASPECTO FÍSICO
Las cuestiones con respecto al físico están plagadas de normas de educación y corrección social. Inmediatamente, cuando alguien nos dice que se ha puesto a dieta (lo mismo da que lleve un día que un mes) uno tiene que decir que se le nota. La dieta, que no la obesidad.
Lo mismo pasa al contrario, cuando alguien ha engordado, no vas a comentarle que está ceporro, que parece que se ha desayunado la fábrica de Panrico -guardias de seguridad incluidos-. No, no. Esto no funciona así. Lo que hay que decirle a una persona que engorda es que se le ve mucho mejor, más sano, más joven, más lleno de vida. En el caso de las mujeres hay que tener especial tacto. NUNCA jamás felicites a una mujer por su embarazo si no estás completamente seguro de que está gestando algo más que tres kilos de morcilla de Burgos. Es mejor pecar de despistado “es que te veo tan delgada que apenas he percibido tu bombo de seis meses” que de faltón “enhorabuena por tu embarazo, menuda barriguita tienes ya, eh” –“estoy gorda, zorra”. Yo he llevado esta norma a tal punto que nunca doy la enhorabuena a una embarazada hasta que rompe aguas en mi cara o se presenta con un niño feo en brazos.
Aunque pueda parecer lo contrario, estos señores no están embarazados.
Otra tradición es ir a ver a un enfermo al hospital, por ejemplo, uno que acaba de ser aplastado por una retroexcavadora y han tenido que extirparle la mitad de los órganos y una pierna, y decirle “qué buen aspecto tienes, oh sí, qué color cenizo tan saludable!”.
4)      CONVENCIONALISMOS CON DESCONOCIDOS
Hablar en los ascensores puede que sea una de las más lamentables y arraigadas costumbres sociales. Esas malditas conversaciones que no van a ningún lado, que duran segundos que parecen horas y que ninguno de los dos interlocutores desea tener. Porque hay que tapar el silencio. El silencio nos incomoda, el silencio nos pone tensos, y entonces aparece la meteorología, para ayudarnos.
El problema de verdad sucede cuando se pasa del plano de las palabras al de la realidad y, además de decir lo que nuestro interlocutor quiere escuchar, acabamos actuando como el otro quiere en contra de nuestra voluntad… y de nuestro bolsillo.
Cuánta gente firmó preferentes y otros productos financieros claramente perjudiciales para sus ahorros por no decirle que no a Juan, el director de la oficina de toda la vida. Ése que nos saludaba efusivamente cuando entramos por la puerta haciéndonos sentir importantes y que, además, nos regaló un juego de sartenes antiadherentes como muestra de su gratitud. Así acabó un bonito pueblo del Maresme catalán, donde dos de cada diez habitantes fueron estafados. Eso sí, los directores de las respectivas entidades eran gente maravillosa.
Ejemplos como estos los tenemos día tras día.  Hacemos cosas con el piloto automático puesto sacando a relucir nuestras mejores sonrisas para no importunar al otro que claramente se aprovechará de nuestro sentido cívico. Anteponemos nuestro bienestar a nuestros modales, como borregos.
Os contaré una historia. La semana pasada me disponía a cenar en un restaurante de Santiago de Compostela situado en la zona de Galeras, fuera del casco histórico.  Una vez sentados a la mesa, mi acompañante y yo, nos pusimos ojear la carta dispuestos a elegir la que sería nuestra cena. El restaurante con un gran comedor y que a las once de la noche tenía una sola mesa ocupada, ofrecía una amplia variedad de tapas y platos. Y todo muy bien de precio. Por ejemplo, no había ningún pescado que bajase de 22 euros el plato (no os quiero contar el marisco), la ración de pan la cobraban a 1.45 por persona y una tapa de calamares a la romana salía por el módico precio de 15 euros. CALAMARES REBOZADOS A 15 EUROS. Cuanto más leíamos la carta, más estupefactos nos hallábamos,  así que mi acompañante tuvo a bien levantarse de la mesa dispuesto a irse. Yo le dije “no”, “ni hablar”, “siéntate”. No tenía ninguna referencia del sitio, no sabía si se comía bien, ni si el pescado era fresco, estaba desoladoramente vacío y eran unos atracadores. Pero yo ya me había sentado y no podía, por nada del mundo, levantar mi culo e irme de allí. Tras unos tensos minutos en que el camarero pasó a ofrecernos varias botellas de vino a precios desorbitados, decidimos que nos iríamos. Pero ¿cómo? Yo seguía preguntándome qué les íbamos a decir, con qué excusa peregrina abandonaríamos el restaurante en  el que ya nos habíamos sentado. Finalmente, me convenció y salimos de allí pasando por delante de la barra con un simple “hasta luego”.
“Ya nos geolocalicé en Foursquare. Ahora me sacas una foto para el Instagram y nos vamos.”
No seré ni la primera ni la única en levantarse de un sitio e irse si no le gusta lo que hay en la carta o le parece un precio abusivo, pero yo simplemente no era capaz. Si hubiese estado sola o con otra persona como yo habría pagado los 70 u 80 euros sin rechistar aunque la comida fuese una mierda.  Supongo, que a lo largo de los años, he interiorizado ese axioma tan español del “qué dirán”.  Probablemente si nos hubiésemos quedado dirían lo gilipollas que éramos. El caso es que excepto esos 20 segundos que pasaron entre que me levanté y salí del restaurante, el resultado fue altamente satisfactorio. Porque el dinero es mío y la decisión de consumir o no en un local al conocer los precios, también.
Éste es un ejemplo, pero no el único. Por cuestiones laborales, tuve que acercarme hace poco al SEPE, el Paro de toda la vida, y tras esperar una hora DE MI VIDA, una señora con claros signos de deficiencia para ejercer su puesto, me mandó de vuelta diciéndome que los papeles que traía ella “no los entendía”. Cómo comprenderéis, a mí que se me acababa el plazo para presentar esas instancias e iba a estar fuera me apetecía romperle las gafas de un puñetazo, pero me levanté, muy educadamente, y salí de allí para cerciorarme con mi gestor de que todo estaba correcto. Y volví a pedir cita para volver unos días más tarde al límite del plazo. Fui muy educada y muy comprensiva con aquella mujer que debía llevar 30 años ocupando el mismo puesto y tenía que preguntar cómo se accedía a tal o cual función, ¿y qué recibí yo a cambio de mi comprensión ante su ineptitud? Haber estado a punto de perder una prestación que me correspondía.

A Dios pongo por testigo que en cuanto mi corrección y mi educación sean aprovechadas por el otro para joderme se acabaron las buenas formas. I´m so sorry.