El paso del macho ibérico al metro-sexual y de ahí, al hipster modernete actual, se ha producido con demasiada rapidez para que muchas mujeres -que detestamos al gañán de turno- lo podamos asimilar.
La consecuencia, es una generación de hombres más preocupados por su físico y su apariencia que la mayoría de nosotras, simples marionetas en manos de Inditex sin más pretensiones que depilarnos el bigote una vez al mes para no parecer las primas hermanas de Frida Khalo.
Ellos no. Ellos se han sofisticado y nos llevan la delantera. Los hombres ya no sólo se preocupan de ir al gimnasio, sino que ahora hacen extrañas dietas hipocalóricas que comparten en las cenas en presencia de tu chuletón, han dejado de beber alcohol con normalidad y se han pasado al refresco light y, los más osados, a las cervezas O,O y al agua. La cristalina, insípida y triste agua.
Y es así como aquellos chicos que hace diez años admiraban tu belleza y estilo te ignoran para hablar entre ellos acerca de las virtudes del CrossFit, el running, el six-pack, el duathlon, el triathlon y el pentathlon; la dieta paleo, la disociada, la Atkins, la Dukan, la de mi primo el bombero y la de pasar más hambre que un maestro de escuela.
Cada vez más, las reuniones de treintañeros se parecen a las de un grupo de jubilados en la sala de espera del ambulatorio, sustituyendo el ¿a ti qué tal te va el Simtrom? por el más molón ¿has probado ya la creatina?
Yummy muscle men enjoying each other
“Nuestros penes son más pequeños que el de tu gato, pero si nos apuñalan partimos la navaja.”
Qué les pasa a los hombres es difícil de entender para un mujer un sábado por la noche, que sólo pretende que la admiren un ratito mientras ella se dedica a sonreír e ignorar a cuántos pretendientes le venga en gana. Los hombres –y me refiero a los heterosexuales- se fijan más en otros hombres que en nosotras. En cuanto entran en la discoteca clavan sus ojos en el torso definido de Fulanito, para repasar los tríceps marcados de Menganito y preguntarle a Manolito cómo ha conseguido ese pecho lobo que tanto mola para admirarse cascándosela delante del espejo del baño. Después, llega el momento de torturarse un poco pensando en la cantidad de dominadas que habrá que hacer el lunes para conseguir ese nivel muscular en junio, mientras abandonan tristemente su copa de whisky encima de la barra del bar.
También están los que utilizan más productos de belleza que tú y cuyo baño podría confundirse con el del mismísimo Karl Lagerfeld si no tuviese ese horrible conjunto de bidé y lavabo beige y una marca de humedad grisácea recorriendo la pared entera. Los hay que usan cremas específicas para cada parte de la cara, el cuello y el cuerpo, y no se cortan, además, en exfoliarse a diario y utilizar iluminadores y tonificadores como si fuesen a acudir al mismísimo photocall de Mujeres Desesperadas.
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Es algo fácil de detectar en una primera visita a la casa de tu amante: si tiene más cremas que tú –y no están más secas que la mojama, como las tuyas- desconfía de su capacidad para apreciar la suavidad natural de tu piel aterciopelada. Un hombre sobrehidratado tiende a ser un quisquilloso, todo le parece demasiado agresivo para su delicada epidermis: en la playa te obligará a echarle crema en la espalda con relativa frecuencia y te pedirá unas conchitas de almeja para evitar quemar sus sensibles pezones carentes de pelo. Además, se quejará si osas clavar tu uñas en su espalda mientras practicáis sexo y es incluso probable que repela el tacto de tus piernas afeitadas a cuchilla, método que utilizas justo antes de ir a la piscina a practicar el deporte que mejor se te da: la cocción en sauna.
Las mujeres nos hemos cansado, y no es cosa mía. Cada vez somos más las que nos preguntamos por qué narices os preocupáis de esa manera tan excesiva por vuestro físico y vuestra salud en lugar de atender otros menesteres más mundanos pero bastante más agradables y quemagrasas. Somos muchas las que sentimos que el espíritu de Cristiano Ronaldo se está apoderando de nuestro hombres y que nos tendremos que convertir en malditas Irinas para que vuestros ojos dejen de añorar cuidados looks e impresionantes físicos masculinos y empiecen a clavarse en nuestros escotes y traseros con la misma infantil curiosidad con la que un día intentabais adivinar quién llevaba tanga al instituto.
En una de las últimas cenas en las que tuve el placer de compartir vino y rebozados varios con mis amigas, mientras los chicos hablaban de sus cositas de belleza, nosotras disfrutábamos compartiendo anécdotas personales y rememorando viejos tiempos de cuando los hombres eran divertidos, insensatos y sexualmente activos, seres con los que pasar una inolvidable noche de sábado. ¿No sería mejor currarse un poco más la conversación, el humor, los intereses comunes, y abandonar, por una vez en la semana, la obsesión por la vida sana y el cuerpo definido?
Si al final, tal como apuntó una amiga, “tanto cuidarse para acabar tirándose a cualquiera”. Y es que después de toda la noche de admiración masculina mutua, pasan las horas, chicos, y cuando os queráis dar cuenta, las mujeres interesantes se han largado con los tipos divertidos. O con los feos. O a casa, con su gato y su amiga borracha.
Hambre sí, pero nunca de calamares ni de cerveza. De la de verdad.

 

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