Desde que no creo en ningún tipo de dios – hace ya unos cuantos años- mi vida se ha vuelto mucho más complicada. Ahora, me tengo que enfrentar al reto diario de mantener mi ateísmo a raya y no dejarme seducir por las atractivas garras de alguna confesión religiosa que me enseñe el recto camino que debo de seguir en esta vida.
No creer en ningún dios me obliga a pensar, a estudiar, a investigar y a cuestionarme una y otra vez el por qué de las cosas. Y, la verdad, eso cansa. ¡Con lo fácil que sería aceptar unos preceptos religiosos como verdad absoluta y echarse a rezar cuando las cosas se tuerzan! Me encantaría poder vivir con unas normas inexcusables, inmutables por los siglos de los siglos y no tener que preocuparme de otra cosa que de escoger el vestido con el que acudir cada domingo a misa. Y el de mi boda. Y el del bautizo del niño. Y el de la comunión de la niña. Y también en las flores que le pondremos al abuelo al que hacía años que no visitábamos para ornamentar ese panteón de mármol blanco en el día de Todos los Santos.
Y pensar que esas normas las escribieron algunos chalados hace cientos de años y otros –seguramente más listos que los primeros- las fueron transmitiendo y modificando a su antojo para poder tener al pueblo controlado, influyendo en la vida civil y espiritual de los ciudadanos. Cuánto más listos no fueron que los filósofos y científicos que ardieron en las hogueras tratando de explicar los fenómenos naturales bajo parámetros científicos. Los transmisores de las religiones fueron capaces de adaptar esas normas milenarias a los tiempos modernos, pasar por encima de la evolución de la ciencia y conseguir que millones de personas las sigan aceptando como verdades absolutas gracias a un sencillo pero eficaz método: la amenaza del castigo eterno, el miedo al abrasador infierno en donde los elegidos sufren penas inacabables.
No me digáis que no es una solución democrática.
Creyente
¡Oh no! Voy a tener que escuchar a ABBA el resto de la eternidad!!!
Además, en caso de pecar, los católicos siempre tienen la posibilidad de la confesión, que no exime de culpa a la mujer que aborta pero sí al hombre que abusa de ella. Porque la mayoría de las religiones no gustan de la igualdad de la mujer, y eso, amigos, es una suerte que nos permite mantenernos en casa cuidando de la prole sin tener que salir al duro mercado laboral. Lo único que debemos hacer es servir al Señor y a nuestros maridos. Como dice Constanza Miriano en su libro Cásate y sé Sumisa, editado por el Arzobispado de Granada, “Mujer, practicarás felaciones a tu marido siempre que te lo ordene. Pero cuando lo hagas, piensa en Jesús. Recuerda ¡no eres una pervertida!” Y viendo las imágenes que circulan de él en la cultura popular (el cine, especialmente) igual es una magnífica idea para motivar a las buenas señoras cristianas.
Creyente
Quitando la corona de espinas, está mucho mejor que los pretendientes de Hombres, Mujeres y Viceversa.
En caso de no tener pareja, la Iglesia también ofrece soluciones a las personas solas.  Gracias a las estampitas, vuestra cartera ya nunca estará vacía. Podréis fardar delante de los amigos con las fotos de las vírgenes penitentes y los santos cachondones. Es más, el Señor permite que mostréis devoción por todas cuantas imágenes se os ocurran.
Asimismo, los creyentes siempre pueden disfrutar de las facilidades que la Iglesia pone a su disposición para lograr la conciliación familiar, evitando tener que llevar a los niños al parque o al zoo el domingo por la mañana. Dios también es divertido: primero misa, después catecismo y, para terminar, un poco de música popular de la mano del guitarrista del coro parroquial.

 

Siento una gran envidia por esas mujeres y hombres que viven en la culpa (propia o ajena), que pecan más de omisión que de obra, que llevan luto durante décadas por personas que nunca les han importado en vida y que son capaces de estremecerse con la posibilidad de ir al infierno después de haber pensado en echar un polvo en condiciones. Un polvo sin otra pretensión que la de pasárselo bien. La maldita naturaleza dotándonos de órganos sexuales femeninos con capacidades inútiles como las de producir placer. Pudiendo hacerlo con los ojos cerrados, después del matrimonio y aspirar a ser inseminada en el menor tiempo posible para demostrar nuestras aptitudes como recipiente y cántaro. Porque de eso es lo de lo que se trata, y siempre, por supuesto, sin preservativo: ¡qué corran alegres las enfermedades entre prójimos! La iglesia nos enseña a compartir, porque compartir, hermanos, es vivir.
Sin embargo, y dentro de mi elevado ateísmo, reclamo mi beatificación como impulsora de la palabra de Dios en situaciones inverosímiles. Mejor dicho, de la palabra “Dios”. ¿Acaso acordarse del de arriba cuando una está llegando al cielo es usar su nombre en vano? ¿Puede el Señor aspirar a algo más bello que escuchar su nombre en boca de los ateos mientras llegan al mismo cielo en la tierra? ¡Oh, Dios, yo siempre me acuerdo de ti por muy violento que me parezca después! Yo soy auténtica, a mí me sale inconscientemente, como cuando se te escapa el nombre de tu amante en medio del acto.
Lo mejor de la Iglesia es que, como andan cortos de fieles, es harto complicado que echen a alguien por muy hereje que sea. Yo cuento con la garantía de haber recibido los Santos Sacramentos del Bautismo y de haber hecho la Comunión y la Confirmación, por lo que, supongo, dispongo de todos los requisitos necesarios para ascender al cielo y conseguir la vida eterna. Que me pongan al lado de Kurt Cobain, porfa.
Creyente

 

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