Cuando yo era niña las cosas de los mayores y de los niños desconocidos no se nos estaban permitidas. Mi madre solía decirme “deja eso ahí” o “aquello no es tuyo” y también “devuélvele eso al niño”, y yo, aunque dolida, acostumbraba a hacerle caso, porque no hay nada peor que una madre te acuse de ser un chorizo.
Hasta ahora, mis padres siempre habían creído en el sistema capitalista y defendido a ultranza la propiedad privada como derecho inalienable de los individuos. En Galicia, además, el término propiedad privada alcanza sus cotas más elevadas cuando nos referimos a los lindes (marcos) de las tierras que tantas discusiones provocan entre los desconfiados vecinos que acostumbran a culparse los unos a los otros por las mermas en los metros cuadrados de su terreno.
Sin embargo, desde que tienen una nieta mis padres son comunistas. Comunistas a lo chino: cada uno tiene lo suyo y la niña tiene lo suyo y lo nuestro. Lo de todos, sin excepción.
La más perjudicada tras la instauración de este nuevo sistema de propiedad colectiva soy yo. Mis pertenencias han sufrido el ataque indiscriminado de mi sobrina porque ahora también son de ella. Y no cabe réplica. Es más, insinuar que quizá habría que quitarle a la niña mis preciosas Matroskas pintadas a mano que me traje de Praga es una aberración. Un insulto, una falta de humanidad. “Es una niña, maldita egoísta”.
Todo empezó con las Barbies. Tengo una colección de más de veinte Barbies que fui guardando desde mi más tierna infancia. Las que yo tengo ya no existen en el mercado pues para no fomentar la delgadez en las niñas, las actuales muñecas son más anchas, tienen más pecho y más caderas. Y lo peor de todo: son articuladas. Tienen piernas y brazos rotatorios y parecen muñecas biónicas. Nada que ver con las Barbies antiguas, las mías: delgadas hasta la extenuación, rubias, con piernas y brazos perfectos y estilizados y desprovistos de cualquier posibilidad de animación, porque ellas eran diosas, habían sido creadas para que las niñas admirásemos su belleza impoluta.
Pues bien, aquellas estupendas muñecas símbolo de la discriminación sexual femenina y de mi infancia, son ahora trozos de plástico desperdigados: una cabeza, un brazo, pelo enredado, zapatos perdidos, horrorosa combinación de prendas y un largo etcétera de despropósitos.
He intentado por todos los medios posibles que mi sobrina no se acercase a las muñecas mientras fuese demasiado pequeña, pero tranquilos, en cuanto me daba la vuelta ahí estaba mi madre transportando la caja donde las guardo para satisfacer las ansias destructivas de esa pequeña déspota. Empecé por decirle amablemente que era mejor que jugase a otra cosa, que total era muy pequeña, que no podía captar la esencia del mundo Barbie con menos de dos años pero viendo cómo me ignoraba me planté entre las Barbies y mi madre para exigir la retirada inmediata de las tropas del pañal en mi fuerte. No surtió efecto. Mi madre, con los ojos inyectados en sangre, me dijo que era una zorra avariciosa, que no quería a mi sobrina y que me daba igual verla sufrir y llorar desconsoladamente por las esquinas. Me dijo, también, que YO tenía celos de la niña y un sinfín de cosas que indicaban que estaba sola y que había perdido la batalla.
Después vino el maquillaje, que acostumbra a echarse a lo drag queen, clavando sus pequeñas manitas en las sombras de ojos para después arrastrarlas por los brillos de labios abiertos o mezclarlas entre sí mientras pinta el suelo con saña utilizando los lápices de ojos y las máscaras de pestañas. Las cremas desparramadas por todas partes, mis escasas joyas, mis libretas de trabajo (no hay ninguna que no contenga obra artística de su puño) y mis libros: estrujados, aplastados y con marcas del maquillaje de las manos.
También disfruta apagando y enciendo el portátil y dándole a todas las teclas hasta volverlo loco, haciendo extraños malabares con mi teléfono móvil y tirando de las orejas y la lengua de mi pobre e inocente perro.
Desde que somos comunistas, nuestra líder tiene acceso a todo. Cualquier cosa que llame su atención merece ser presentada ante la reina con honores: gafas de sol caras, relojes, colgantes de oro, todo le pertenece.
En este estado de terror y opresión me encuentro yo, con temor a que un día coja mi ordenador y borre archivos importantes, le arranque los ojos a mi gata o decida coger su moto para pasar por encima de mi colección de películas. Y no podré hacer nada, porque ante un niño, la propiedad privada se esfuma y da lugar a la propiedad compartida unipersonal no reversible: se comparte todo con esa personita pero sin derecho a exigir a cambio que te deje probar ese coche eléctrico porque “pesas demasiado y podrías rompérselo”.

Además, todos sabemos cuando a un niño se le coge prestado algo, su reacción no suele ser demasiado condescendiente. Del “mío, mío, mío”, pasan a los lloros, los gritos y a las patadas ninja. Técnica que utilizan también cuando quieren que se les compre una cosa: ya es “suyo” antes de que pases por caja, y como es “suyo” lo agarran con fuerza y determinación para que nadie se lo quite. Para que TÚ, adulto, asumas que el pequeño líder no necesita de la aprobación de nadie para aumentar su patrimonio.
Exactamente lo mismo que le sucedió a José María Ruiz Mateos.