Soy mujer desde que he nacido, al menos, desde que yo recuerde, y las pruebas documentales de las que dispongo parecen atestiguar este hecho. Por tanto, me veo en la obligación de denunciar que los adelantos tecnológicos no se han preocupado especialmente por la anatomía y los problemas que tenemos las mujeres, por el simple hecho de serlo.
Empecemos por la infancia. Algo que debemos hacer desde la niñez es vestirnos. El nudismo no está bien visto y en el norte, además, es peligroso. Aquí ya podemos comprobar la tortura a la que son sometidas las niñas con respecto a sus amiguitos varones. El principal problema en esta etapa de la vida es la obsesión de las madres por poner vestidos y faldas que limitan claramente los movimientos o los convierten en “no elegantes”.  Desde jugar al fútbol, a hacer el pino, correr libremente por el campo o sentarse con las piernas separadas: casi todo está vetado con falda. Las mujeres tienen que aprender a cruzar las piernas desde la más tierna infancia para que no se les vean las bragas. Terrorismo de vestuario.
“Qué bien estoy haciéndome la princesita mientras mi hermano se llena de mierda en el barro”
Luego está el pelo. Que tenemos que dominar con pinzas de clip, cintas, diademas, coletas y otras fórmulas absurdas y dolorosas como las trenzas que se inician a ras de la frente y acaban en la nuca, provocando unas tiranteces y un picor en la cabeza horribles. Pero claro, a las niñas hay que dejarles el pelo largo y, una vez conseguida la ansiada melena, nada de tenerla delante de la cara o meterla dentro del plato de spaguettis. Eso tampoco es elegante.
En la adolescencia, las cosas lejos de mejorar, empeoran. La ropa sigue siendo una fuente constante de problemas. Aparte de las falditas, que se quedan más relegadas al fin de semana y se supone que ya tenemos controladas para que no se nos vea la entrepierna, llegan otros cambios importantes en la indumentaria . Los pantalones se estrechan hasta cotas inverosímiles, produciendo problemas en el riego sanguíneo. Yo tengo unos tan pitillo que temo que se me gangrenen los pies por los tobillos en cualquier momento. Pero lo peor, es que aprietan en otras zonas más delicadas y una puede llegar a sentirse ligeramente mancillada por la costura del vaquero cuando roza violentamente sus indefensos labios vaginales.
Los sujetadores también provocan ciertos contratiempos. Hay que empezar por tener un master en copas tetiles para entender los tallajes que van desde la A a la D.  Creo que la más habitual es la B, y yo de ahí no me muevo. Y luego están las diferentes formas y características de los sostenes capaces de hacer de todo: reducir, aumentar, subir, bajar, facilitar la lactancia o la práctica de deporte. Si la gran revolución de los 90 fueron los wonder-bra, está claro que desde que comenzara el milenio, lo que mola es el push-up. Ciertamente, es una maravilla de la tecnología que hace que cualquier escote, por pobre que sea, luzca digno. Sin embargo, de un tiempo a esta parte creo que el uso continuado de estos sostenes puede ser contraproducente para el tamaño del seno de su portadora. Después de años de investigación, he llegado a la conclusión de que la capa de grueso relleno puede hacer efecto faja térmica en nuestro pecho y provocar una reducción de dimensiones. Lo cierto, amigos, es que las tetas también sudan. Y yo no querría que las mías se viesen menguadas por el uso de un peligroso sujetador calefactor que, a fin de cuentas, alguien podría invitarme a sacar en cualquier momento, dejando a mis pobres tetas en evidencia.
Pero la joya de la corona en la industria de la moda, es la extensa oferta de bragas que nos ofrecen las tiendas de lencería. Cuando yo tenía 13 años había dos tipos de slips para mujeres: braga y tanga y, sus derivados, bragas de señora y tangas de señora. Pero, con la explosión del mercado bragático, impulsado, en parte, por unas tías que se pasean con alas gigantes en ropa interior, llegó la locura. En estos momentos el mercado ofrece, al menos, seis tipos de tangas diferentes según la anchura: algunos demasiados amplios para ser considerados tangas y otros tan estrechos, que podrían hacer dudar a su portadora sobre si ha salido de casa sin nada si se le da por meter la mano por la parte trasera del pantalón. Algo a todas luces imposible, si se trata de un vaquero pitillo del Bershka.  Después están las bragas: la normal, la brasileña, la braga faja o la tipo bikini. Y los culotes, también con sus diferentes largos y anchos. Y por supuesto, las texturas: cuanto más bonita es una braga más perjudicial será para nuestra salud vaginal: los médicos recomiendan usar sólo ropa interior de algodón y evitar formas que propicien los roces. Ya podéis ir quemando esos tangas de licra y encajes, y sorprender a vuestro amante con una braga blanca de algodón y puntilla en la cintura de las que venden en todos los Carrefour de España.
Pero lo más cruel, lo que menos atención ha requerido por parte de los institutos de investigación que mucho se preocupan por las arrugas y la celulitis, son los métodos de contención menstrual.
Empecemos por el clásico: la típica compresa de toda la vida, ésa que no te puedes poner ni con tanga, ni con pantalones pitillo. Ésa que se mueve por las noches, se te pega a las bragas y al culo y escuece tus partes íntimas a todas horas por el contacto contra el plástico impermeable recubierto de gasa. Y que, además, puede provocar problemas en la delicada flora de la zona por el exceso de humedad. Ésa que te recuerda lo que has menstruado cada vez que vas al baño y que no puedes tirar, de ningún modo, en un wc, en cuyo caso tendrás que enrollarla en un trozo de papel gigante si el propietario de la vivienda no tiene papelera en el baño. Cosa bastante frecuente.  Llegada a estas alturas de mi vida, sospecho que el ingenio salió de un concilio vaticano.
Así es cómo me siento yo con una compresa puesta.
Después están los tampones, mucho más prácticos, pero menos absorbentes, y que requieren de un cambio constante para que no se escape nada. Los que inventaron los tampones tienen la teoría de que una sabe el momento justo en que hay que cambiárselo mirando solamente el hilo que cuelga en la parte externa. A pesar de mi elasticidad, todavía no he conseguido ver el principio del hilo y tengo que cambiarme cuando mi intuición o la humedad, me lo dictan. Los tampones, además, provocan un montón de problemas en la mucosa vaginal, tan delicada y a la vez, tan maltratada por la industria menstrual. El algodón del tampón está químicamente blanqueado y os aseguro que eso no es bueno. Además, el abuso de ellos genera sequedad, picores y otras cosas horribles que las mujeres tenemos que padecer.
Así que, por fin, alguien se ha dignado en inventar un aparatito llamado copa menstrual. Una especie de vasito de silicona que se introduce dentro de la vagina para recogerlo todo –garantizan el no escape- y que, una vez lleno, hay que vaciar y limpiar con agua para volver a introducir. No es tóxico, es ecológico y resulta mucho más barato que cualquier otro método: puede reutilizarse durante años. He leído bastante sobre el asunto y creo, sinceramente, que se trata de una invención fabulosa. Como todo, tiene sus pequeños inconvenientes. Primero, qué hacer con el contenido de la copa si te encuentras fuera de casa y, lo peor, cómo lavarla (será divertido salir del baño de la discoteca con otro tipo de copa en la mano).  Además, no hay asesoramiento personalizado. Me niego a que mi vagina sea igual a la de María Dolores de Cospedal. Mi vagina es única e irrepetible y requiere orientación exclusiva. En las páginas webs que he visitado, aparece una gama tan amplia de texturas y tamaños que no tengo claro por cuál decidirme.
Desde aquí, reivindico la formación de especialistas en estructuras vaginales que puedan recomendarte la más adecuada con solo escuchar tu voz, mediante una discreta llamada telefónica. Los Sandro Rey de las vaginas.

“Tú lo que necesitas es una copa menstrual soft en color morado. Bendiciones.”