Mes: marzo 2014

El hombre hembrado

El paso del macho ibérico al metro-sexual y de ahí, al hipster modernete actual, se ha producido con demasiada rapidez para que muchas mujeres -que detestamos al gañán de turno- lo podamos asimilar.
La consecuencia, es una generación de hombres más preocupados por su físico y su apariencia que la mayoría de nosotras, simples marionetas en manos de Inditex sin más pretensiones que depilarnos el bigote una vez al mes para no parecer las primas hermanas de Frida Khalo.
Ellos no. Ellos se han sofisticado y nos llevan la delantera. Los hombres ya no sólo se preocupan de ir al gimnasio, sino que ahora hacen extrañas dietas hipocalóricas que comparten en las cenas en presencia de tu chuletón, han dejado de beber alcohol con normalidad y se han pasado al refresco light y, los más osados, a las cervezas O,O y al agua. La cristalina, insípida y triste agua.
Y es así como aquellos chicos que hace diez años admiraban tu belleza y estilo te ignoran para hablar entre ellos acerca de las virtudes del CrossFit, el running, el six-pack, el duathlon, el triathlon y el pentathlon; la dieta paleo, la disociada, la Atkins, la Dukan, la de mi primo el bombero y la de pasar más hambre que un maestro de escuela.
Cada vez más, las reuniones de treintañeros se parecen a las de un grupo de jubilados en la sala de espera del ambulatorio, sustituyendo el ¿a ti qué tal te va el Simtrom? por el más molón ¿has probado ya la creatina?
Yummy muscle men enjoying each other
“Nuestros penes son más pequeños que el de tu gato, pero si nos apuñalan partimos la navaja.”
Qué les pasa a los hombres es difícil de entender para un mujer un sábado por la noche, que sólo pretende que la admiren un ratito mientras ella se dedica a sonreír e ignorar a cuántos pretendientes le venga en gana. Los hombres –y me refiero a los heterosexuales- se fijan más en otros hombres que en nosotras. En cuanto entran en la discoteca clavan sus ojos en el torso definido de Fulanito, para repasar los tríceps marcados de Menganito y preguntarle a Manolito cómo ha conseguido ese pecho lobo que tanto mola para admirarse cascándosela delante del espejo del baño. Después, llega el momento de torturarse un poco pensando en la cantidad de dominadas que habrá que hacer el lunes para conseguir ese nivel muscular en junio, mientras abandonan tristemente su copa de whisky encima de la barra del bar.
También están los que utilizan más productos de belleza que tú y cuyo baño podría confundirse con el del mismísimo Karl Lagerfeld si no tuviese ese horrible conjunto de bidé y lavabo beige y una marca de humedad grisácea recorriendo la pared entera. Los hay que usan cremas específicas para cada parte de la cara, el cuello y el cuerpo, y no se cortan, además, en exfoliarse a diario y utilizar iluminadores y tonificadores como si fuesen a acudir al mismísimo photocall de Mujeres Desesperadas.
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Es algo fácil de detectar en una primera visita a la casa de tu amante: si tiene más cremas que tú –y no están más secas que la mojama, como las tuyas- desconfía de su capacidad para apreciar la suavidad natural de tu piel aterciopelada. Un hombre sobrehidratado tiende a ser un quisquilloso, todo le parece demasiado agresivo para su delicada epidermis: en la playa te obligará a echarle crema en la espalda con relativa frecuencia y te pedirá unas conchitas de almeja para evitar quemar sus sensibles pezones carentes de pelo. Además, se quejará si osas clavar tu uñas en su espalda mientras practicáis sexo y es incluso probable que repela el tacto de tus piernas afeitadas a cuchilla, método que utilizas justo antes de ir a la piscina a practicar el deporte que mejor se te da: la cocción en sauna.
Las mujeres nos hemos cansado, y no es cosa mía. Cada vez somos más las que nos preguntamos por qué narices os preocupáis de esa manera tan excesiva por vuestro físico y vuestra salud en lugar de atender otros menesteres más mundanos pero bastante más agradables y quemagrasas. Somos muchas las que sentimos que el espíritu de Cristiano Ronaldo se está apoderando de nuestro hombres y que nos tendremos que convertir en malditas Irinas para que vuestros ojos dejen de añorar cuidados looks e impresionantes físicos masculinos y empiecen a clavarse en nuestros escotes y traseros con la misma infantil curiosidad con la que un día intentabais adivinar quién llevaba tanga al instituto.
En una de las últimas cenas en las que tuve el placer de compartir vino y rebozados varios con mis amigas, mientras los chicos hablaban de sus cositas de belleza, nosotras disfrutábamos compartiendo anécdotas personales y rememorando viejos tiempos de cuando los hombres eran divertidos, insensatos y sexualmente activos, seres con los que pasar una inolvidable noche de sábado. ¿No sería mejor currarse un poco más la conversación, el humor, los intereses comunes, y abandonar, por una vez en la semana, la obsesión por la vida sana y el cuerpo definido?
Si al final, tal como apuntó una amiga, “tanto cuidarse para acabar tirándose a cualquiera”. Y es que después de toda la noche de admiración masculina mutua, pasan las horas, chicos, y cuando os queráis dar cuenta, las mujeres interesantes se han largado con los tipos divertidos. O con los feos. O a casa, con su gato y su amiga borracha.
Hambre sí, pero nunca de calamares ni de cerveza. De la de verdad.

 

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Ventajas de ser creyente (para un no creyente)

Desde que no creo en ningún tipo de dios – hace ya unos cuantos años- mi vida se ha vuelto mucho más complicada. Ahora, me tengo que enfrentar al reto diario de mantener mi ateísmo a raya y no dejarme seducir por las atractivas garras de alguna confesión religiosa que me enseñe el recto camino que debo de seguir en esta vida.
No creer en ningún dios me obliga a pensar, a estudiar, a investigar y a cuestionarme una y otra vez el por qué de las cosas. Y, la verdad, eso cansa. ¡Con lo fácil que sería aceptar unos preceptos religiosos como verdad absoluta y echarse a rezar cuando las cosas se tuerzan! Me encantaría poder vivir con unas normas inexcusables, inmutables por los siglos de los siglos y no tener que preocuparme de otra cosa que de escoger el vestido con el que acudir cada domingo a misa. Y el de mi boda. Y el del bautizo del niño. Y el de la comunión de la niña. Y también en las flores que le pondremos al abuelo al que hacía años que no visitábamos para ornamentar ese panteón de mármol blanco en el día de Todos los Santos.
Y pensar que esas normas las escribieron algunos chalados hace cientos de años y otros –seguramente más listos que los primeros- las fueron transmitiendo y modificando a su antojo para poder tener al pueblo controlado, influyendo en la vida civil y espiritual de los ciudadanos. Cuánto más listos no fueron que los filósofos y científicos que ardieron en las hogueras tratando de explicar los fenómenos naturales bajo parámetros científicos. Los transmisores de las religiones fueron capaces de adaptar esas normas milenarias a los tiempos modernos, pasar por encima de la evolución de la ciencia y conseguir que millones de personas las sigan aceptando como verdades absolutas gracias a un sencillo pero eficaz método: la amenaza del castigo eterno, el miedo al abrasador infierno en donde los elegidos sufren penas inacabables.
No me digáis que no es una solución democrática.
Creyente
¡Oh no! Voy a tener que escuchar a ABBA el resto de la eternidad!!!
Además, en caso de pecar, los católicos siempre tienen la posibilidad de la confesión, que no exime de culpa a la mujer que aborta pero sí al hombre que abusa de ella. Porque la mayoría de las religiones no gustan de la igualdad de la mujer, y eso, amigos, es una suerte que nos permite mantenernos en casa cuidando de la prole sin tener que salir al duro mercado laboral. Lo único que debemos hacer es servir al Señor y a nuestros maridos. Como dice Constanza Miriano en su libro Cásate y sé Sumisa, editado por el Arzobispado de Granada, “Mujer, practicarás felaciones a tu marido siempre que te lo ordene. Pero cuando lo hagas, piensa en Jesús. Recuerda ¡no eres una pervertida!” Y viendo las imágenes que circulan de él en la cultura popular (el cine, especialmente) igual es una magnífica idea para motivar a las buenas señoras cristianas.
Creyente
Quitando la corona de espinas, está mucho mejor que los pretendientes de Hombres, Mujeres y Viceversa.
En caso de no tener pareja, la Iglesia también ofrece soluciones a las personas solas.  Gracias a las estampitas, vuestra cartera ya nunca estará vacía. Podréis fardar delante de los amigos con las fotos de las vírgenes penitentes y los santos cachondones. Es más, el Señor permite que mostréis devoción por todas cuantas imágenes se os ocurran.
Asimismo, los creyentes siempre pueden disfrutar de las facilidades que la Iglesia pone a su disposición para lograr la conciliación familiar, evitando tener que llevar a los niños al parque o al zoo el domingo por la mañana. Dios también es divertido: primero misa, después catecismo y, para terminar, un poco de música popular de la mano del guitarrista del coro parroquial.

 

Siento una gran envidia por esas mujeres y hombres que viven en la culpa (propia o ajena), que pecan más de omisión que de obra, que llevan luto durante décadas por personas que nunca les han importado en vida y que son capaces de estremecerse con la posibilidad de ir al infierno después de haber pensado en echar un polvo en condiciones. Un polvo sin otra pretensión que la de pasárselo bien. La maldita naturaleza dotándonos de órganos sexuales femeninos con capacidades inútiles como las de producir placer. Pudiendo hacerlo con los ojos cerrados, después del matrimonio y aspirar a ser inseminada en el menor tiempo posible para demostrar nuestras aptitudes como recipiente y cántaro. Porque de eso es lo de lo que se trata, y siempre, por supuesto, sin preservativo: ¡qué corran alegres las enfermedades entre prójimos! La iglesia nos enseña a compartir, porque compartir, hermanos, es vivir.
Sin embargo, y dentro de mi elevado ateísmo, reclamo mi beatificación como impulsora de la palabra de Dios en situaciones inverosímiles. Mejor dicho, de la palabra “Dios”. ¿Acaso acordarse del de arriba cuando una está llegando al cielo es usar su nombre en vano? ¿Puede el Señor aspirar a algo más bello que escuchar su nombre en boca de los ateos mientras llegan al mismo cielo en la tierra? ¡Oh, Dios, yo siempre me acuerdo de ti por muy violento que me parezca después! Yo soy auténtica, a mí me sale inconscientemente, como cuando se te escapa el nombre de tu amante en medio del acto.
Lo mejor de la Iglesia es que, como andan cortos de fieles, es harto complicado que echen a alguien por muy hereje que sea. Yo cuento con la garantía de haber recibido los Santos Sacramentos del Bautismo y de haber hecho la Comunión y la Confirmación, por lo que, supongo, dispongo de todos los requisitos necesarios para ascender al cielo y conseguir la vida eterna. Que me pongan al lado de Kurt Cobain, porfa.
Creyente

 

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Los niños y la propiedad privada

Cuando yo era niña las cosas de los mayores y de los niños desconocidos no se nos estaban permitidas. Mi madre solía decirme “deja eso ahí” o “aquello no es tuyo” y también “devuélvele eso al niño”, y yo, aunque dolida, acostumbraba a hacerle caso, porque no hay nada peor que una madre te acuse de ser un chorizo.
Hasta ahora, mis padres siempre habían creído en el sistema capitalista y defendido a ultranza la propiedad privada como derecho inalienable de los individuos. En Galicia, además, el término propiedad privada alcanza sus cotas más elevadas cuando nos referimos a los lindes (marcos) de las tierras que tantas discusiones provocan entre los desconfiados vecinos que acostumbran a culparse los unos a los otros por las mermas en los metros cuadrados de su terreno.
Sin embargo, desde que tienen una nieta mis padres son comunistas. Comunistas a lo chino: cada uno tiene lo suyo y la niña tiene lo suyo y lo nuestro. Lo de todos, sin excepción.
La más perjudicada tras la instauración de este nuevo sistema de propiedad colectiva soy yo. Mis pertenencias han sufrido el ataque indiscriminado de mi sobrina porque ahora también son de ella. Y no cabe réplica. Es más, insinuar que quizá habría que quitarle a la niña mis preciosas Matroskas pintadas a mano que me traje de Praga es una aberración. Un insulto, una falta de humanidad. “Es una niña, maldita egoísta”.
Todo empezó con las Barbies. Tengo una colección de más de veinte Barbies que fui guardando desde mi más tierna infancia. Las que yo tengo ya no existen en el mercado pues para no fomentar la delgadez en las niñas, las actuales muñecas son más anchas, tienen más pecho y más caderas. Y lo peor de todo: son articuladas. Tienen piernas y brazos rotatorios y parecen muñecas biónicas. Nada que ver con las Barbies antiguas, las mías: delgadas hasta la extenuación, rubias, con piernas y brazos perfectos y estilizados y desprovistos de cualquier posibilidad de animación, porque ellas eran diosas, habían sido creadas para que las niñas admirásemos su belleza impoluta.
Pues bien, aquellas estupendas muñecas símbolo de la discriminación sexual femenina y de mi infancia, son ahora trozos de plástico desperdigados: una cabeza, un brazo, pelo enredado, zapatos perdidos, horrorosa combinación de prendas y un largo etcétera de despropósitos.
He intentado por todos los medios posibles que mi sobrina no se acercase a las muñecas mientras fuese demasiado pequeña, pero tranquilos, en cuanto me daba la vuelta ahí estaba mi madre transportando la caja donde las guardo para satisfacer las ansias destructivas de esa pequeña déspota. Empecé por decirle amablemente que era mejor que jugase a otra cosa, que total era muy pequeña, que no podía captar la esencia del mundo Barbie con menos de dos años pero viendo cómo me ignoraba me planté entre las Barbies y mi madre para exigir la retirada inmediata de las tropas del pañal en mi fuerte. No surtió efecto. Mi madre, con los ojos inyectados en sangre, me dijo que era una zorra avariciosa, que no quería a mi sobrina y que me daba igual verla sufrir y llorar desconsoladamente por las esquinas. Me dijo, también, que YO tenía celos de la niña y un sinfín de cosas que indicaban que estaba sola y que había perdido la batalla.
Después vino el maquillaje, que acostumbra a echarse a lo drag queen, clavando sus pequeñas manitas en las sombras de ojos para después arrastrarlas por los brillos de labios abiertos o mezclarlas entre sí mientras pinta el suelo con saña utilizando los lápices de ojos y las máscaras de pestañas. Las cremas desparramadas por todas partes, mis escasas joyas, mis libretas de trabajo (no hay ninguna que no contenga obra artística de su puño) y mis libros: estrujados, aplastados y con marcas del maquillaje de las manos.
También disfruta apagando y enciendo el portátil y dándole a todas las teclas hasta volverlo loco, haciendo extraños malabares con mi teléfono móvil y tirando de las orejas y la lengua de mi pobre e inocente perro.
Desde que somos comunistas, nuestra líder tiene acceso a todo. Cualquier cosa que llame su atención merece ser presentada ante la reina con honores: gafas de sol caras, relojes, colgantes de oro, todo le pertenece.
En este estado de terror y opresión me encuentro yo, con temor a que un día coja mi ordenador y borre archivos importantes, le arranque los ojos a mi gata o decida coger su moto para pasar por encima de mi colección de películas. Y no podré hacer nada, porque ante un niño, la propiedad privada se esfuma y da lugar a la propiedad compartida unipersonal no reversible: se comparte todo con esa personita pero sin derecho a exigir a cambio que te deje probar ese coche eléctrico porque “pesas demasiado y podrías rompérselo”.

Además, todos sabemos cuando a un niño se le coge prestado algo, su reacción no suele ser demasiado condescendiente. Del “mío, mío, mío”, pasan a los lloros, los gritos y a las patadas ninja. Técnica que utilizan también cuando quieren que se les compre una cosa: ya es “suyo” antes de que pases por caja, y como es “suyo” lo agarran con fuerza y determinación para que nadie se lo quite. Para que TÚ, adulto, asumas que el pequeño líder no necesita de la aprobación de nadie para aumentar su patrimonio.
Exactamente lo mismo que le sucedió a José María Ruiz Mateos.