Cuando tenía 15 años, me cogí una borrachera tremenda con tres copas de vozdka que bebí en poco más de media hora, mientras mantenía el brazo enredado en el de una amiga, bajo la premisa de no descruzarlo hasta que una de las dos se cayese, literalmente, de culo. Yo fui la primera. Acabé aquella horrible noche de mi primera borrachera compartiendo cama con mis padres, una de las situaciones más patéticas que le pueden ocurrir a un adolescente. Y, por si fuera poco, estuve hasta las 8 de la tarde del domingo vaciando el vozdka y lo que quedaba de mi estómago dentro del váter, con la cabeza mirando aquel frío agujero durante horas.
Fue la primera, pero no la última. A pesar de haberme prometido a mí misma que jamás volvería a acabar en ese estado de embriaguez absoluta, después de un período de reflexión impuesto por mis progenitores, volví a las andadas. Eso sí, al menos, sabía que ya nunca más quería acabar así. El alcohol dejó de ser un fin en sí mismo para convertirse en el medio con el que alcanzar cierto grado de tolerancia a los impúberes con los que me relacionaba.
Os cuento esto, porque de adolescente a mí me parecía que agarrarme el pedal del siglo era un signo de mi osadía, de mi espíritu rebelde, de mis ganas de luchar contra el sistema impuesto, porque YO era la única niñata que estaba etílica el sábado por la tarde antes incluso, de que cerrasen las tiendas donde comprábamos las golosinas. Algo así, deben de pensar la pandilla de intrépidos que estos días se dedican a meterse en los paseos marítimos y en los puertos de las localidades costeras azotadas por el temporal para conseguir la foto más impactante de una ola con la que sorprender al personal en Facebook “Yo estuve ahí, justo al lado, la ola despeinó mi tupé, lo juro”. Críos aparte –repito, yo también tuve 15 años- me pregunto qué clase de deficiencia afecta a los gilipollas que se meten a propósito en medio de una zona rodeada de olas de hasta 20 metros –o se van a surfear, sí, surfear- para acabar siendo barridos por ellas con la misma facilidad con la que mi aspiradora se traga las bolas de pelusa de debajo de la cama. Con la consecuencia, casi siempre, de muerte, o peor, de muerte de los que tienen que ir a rescatarlos.
“Voy a buscar la réflex , ahora vuelvo”
Lo siento un montón por las familias, porque el dolor de la pérdida de alguien es incuestionable, pero un poco de sentido común debería de ser obligatorio para salir a la calle. Y más en el Cantábrico, con vientos huracanados de hasta 140 km/h y decreto de alerta máxima por temporal en varias localidades costeras. Precaución, amigo conductor.
Y algunos conductores son otros que tienen esa manía de ¿demostrar? que molan más que tú cuando deciden adelantarte por la derecha y se empotran contra el poste de la luz, van a 150 en carreteras secundarias -y atropellan a un pobre inocente que pasaba por allí- o cogen el coche con una borrachera similar a la que llevaba yo aquella noche de mi primera intoxicación etílica. Hacen cosas sorprendentes, la verdad, porque son más valientes que nadie, ya que es evidente que nadie sabe pisar el acelerador e incumplir cada una de las normas de circulación. Sólo ellos. Los OSADOS.
¿Y qué me decís de esos intrépidos que cada verano se dedican a tirarse desde los balcones de los hoteles de España a una piscina inventando un nuevo deporte que, comos muchos neologismos, consiste en unir la palabra patria al sufijo –ing, es decir, “balconing”? Cuando se parten todos los huesos del cuerpo me dan, más o menos, la misma pena que los toreros que se quedan sin pelotas durante una faena. Los toreros y los que encuentran alguna gracia en correr delante del animal de enormes pitones, vestidos con discretos complementos rojos, con un calimocho en la mano a las 7 de la mañana. Llamadme cobarde, lo reconozco.
También están los que aprovechan cualquier evento multitudinario –generalmente, partidos de fútbol- para lanzar bengalas, botellas, arrancar vallas, partirse la cara con otros trogloditas, y demás menesteres propios de los seres primitivos. Siempre me pregunto por qué le pegan al aficionado del equipo contrario cuando el que falló los penaltis fue el delantero de su puto equipo. Ése, que cobra más en un día, que el héroe que se acaba de dejar los dientes por él, en toda su santa vida.
Aficionados practicando break dance en un partido de fúltbol en Brasil.
Sin embargo, a día de hoy ser osado no sirve de nada si no puedes compartir tu hazaña con el resto de los mortales gracias a la magia de las redes sociales: están los que practican deportes extremos, los que vuelan con Ryan Air con una maleta de 11 kilos y una bolsa del Bershka en la mano, los que salen tres días seguidos de fiesta –a veces en ciudades diferentes-, los que leen libros en inglés, los que fuman tabaco de liar sin hachís y los que beben puto whisky maltés con cola del Dia para protestar por el ERE de Coca Cola. Pero, mis preferidos, son los trolls, haters u odiadores, que se dedican a insultar a través de las redes sociales (twitter es su favorita, por la posibilidad de acceder a los perfiles de muchos desconocidos) con una facilidad pasmosa, haciendo, incluso, apología de la violencia machista, el fascismo y de votar al PP. Así, sin complejos.

Luego están los poetas y filósofos, que son osados en el momento mismo en el que deciden compartir alguna “reflexión” intelectual con el gran público. Se dividen entre los recopiladores de citas de Mario Benedetti -que debió de haber producido más en un vida que todos los presocráticos juntos-; y, los originales, que sueltan perlas de cosecha propia del tipo de “si algo te hace llorar más de lo que te hace sonreír, entonces no merece la pena” o “deberíamos imitar a esos peces que no recuerdan nada y vivir sólo el presente”. Esa gente tiene tanta osadía, tanta valentía, tantas agallas, que estoy segura de que hasta el mismísimo toro Ratón abandonaría, cabizbajo, la plaza en un recital de versos tuiteros.
  • http://www.blogger.com/profile/03032828951085760859 Juan Carlos

    Muy bueno. Te ha faltado poner en el grupo de intrépidos a los gil…llas que en las playas se menten en el mar con bandera roja (lo que en el noroeste me produce cierto asombro) para que se vea qué gran nadadores son, o los cre…os que hacen lo mismo pero de noche después de salir de cualquier garito para que se vea qué gran… no se me ocurre epíteto que poner.
    Por cierto, yo soy de los que hacen esas fotos, pero tengo un teleobjetivo de 300 mm. ¡No veas lo lejos que te puedes poner con él!
    Salu2

  • http://www.blogger.com/profile/05559812306295338142 juan jesus Rch

    Los intrépidos son lo que ganan, pues son los que arriesgan y son los que buscan un cambio.
    Distinguir entre osado y gilipollas solo dependerá del acto en cuestión,
    Tú has sido intrépida al publicar artículos como “Mi coño” o “Tu coño” en un país como España, (al que aplaudo aunque no este de acuerdo contigo)
    Y yo soy osado también por publicar respuestas en un blog de una periodista simplemente porque me encanta como escribe aunque le importe una mierda lo que le responda…
    Un atrevido saludo.