Ahora que llega San Valentín, y antes de que os gastéis el poco dinero que os queda de la prestación por desempleo y pronunciéis conmovedores y fanfarrones discursos hacia vuestro objeto de deseo, os propongo un análisis sintáctico de dos oraciones:
– Oración A
Estoy loco.
– Oración B
Estoy loco por ti.
En la oración A tenemos un sujeto (Yo) un verbo o cópula “estoy” y un atributo “loco”. 
En la oración B, añadimos un complemento circunstancial de causa (aunque actualmente, creo que sería un complemento de régimen –disculpad que me haya quedado en los 90-) que cambia totalmente el significado de la oración: “por ti”.
Sintácticamente, un loco es un loco, aunque su atributo (la locura) tenga una causa: su relación con respecto a alguien o incluso, con respecto a algo tan intangible como el sentimiento del amor.
Socialmente, el significado varía mucho más. Estar loco (de amor) por alguien se considera bonito, especial e incluso admirable. Que alguien esté loco por ti es lo mejor a lo podemos aspirar dentro de nuestras relaciones. El súmmun de la felicidad llega cuando nuestro ser amado pierde la cordura y actúa por y para nosotros. Pero ¿qué pasaría si la locura amorosa saliese del plano de ensoñación sentimental y se trasladase al de la realidad?
La prueba viviente es Lorena Gallego, la joven vallisoletana de 25 años que, per se, no era una loca. No la habían visto hablando sola, ni persiguiendo gatitos abandonados, no estaba en tratamiento psiquiátrico (da igual que la mitad de la población lo esté, siempre es una manera de justificar los actos violentos) y ni siquiera iba al psicólogo. Como bien sabréis, los locos asesinos son muy de ir a hacérselo mirar.

Un buen día, esta chica normal -que viajaba hasta 100 veces al año a Madrid para ir a los estudios de la Cope a ver a su amor platónico- asestó varias puñaladas a la mujer y a la hija del periodista Paco González porque “estaba enamorada de él hasta la médula” según contó a los medios el propio padre de la joven. Lorena, una aficionada a acosar a futbolistas y gentes del deporte desde niña, se pasó los últimos cinco años de su vida persiguiendo a Paco González e intentando conseguir su amor por las buenas. Pero claro, Lore se cansó. Y ni corta ni perezosa, urdió un plan criminal que incluía la participación de dos sicarios rusos para acabar con la vida de Maite, la mujer de Paco. Tras llevarse un adelanto de lo prometido -10.000 euros- los presuntos sicarios desaparecieron y Lorena decidió seguir personalmente con su macabro plan para lo que contó, ojo, con la colaboración de su novio Iván. Todo muy sensato: Lorena quería matar a la mujer de Paco González para que él, roto de dolor, encontrase consuelo en sus brazos; e Iván iba a ayudarla porque, a su vez, estaba enamorado de ella.
En 2011, Lorena, como tantos otros enamorados, pensaba locamente en ÉL.
El amor puede servir, también, para encubrir delitos fiscales. La Infanta Cristina de Borbón, declaró el sábado pasado que se hizo socia de Aizoon “porque Iñaki me lo pidió y confiaba en él”. La buena de Cristina, trabajadora de una gran entidad financiera desde hacía años, no tenía ni idea de economía doméstica. No conocía dónde se cargaban los gastos que ella misma generaba, ni los realizados con tarjeta de crédito ni los que pagaban con efectivo. Y mucho menos, que esa cuenta perteneciese a una empresa dedicada a blanquear capitales en la que aparecía como socia y cuyas cuentas tenía que firmar. Cristina simplemente actuaba por amor, y esto es razón suficiente para que el fiscal pida su absolución por todos los cargos que se le imputan. Faltaría más. Culpar a una mujer enamorada.
Fuera de España, tenemos multitud de ejemplos de locuras por amor. El presidente de Francia, François Hollande, se dedicaba a pasear por las noches en moto desde la residencia presidencial hasta donde se encontraba con su amada, la actriz Julie Goyel. No seré yo quien critique la vida personal de Hollande ni de nadie –que se apañe él con su pareja- ya que no creo que afecte de modo alguno al buen desempeño su trabajo. Eso sí, cuando uno es el presidente de la República de Francia y sale en medio de la noche a visitar a su amante, corre el riesgo de que le peguen un tiro y desestabilizar al gobierno entero de un país. Llévatela al Elíseo, hombre. Hollande es tan entrañable, que mandaba a sus escoltas a comprarle croissants para compartir con Julie, en lugar de vigilarles las espaldas.
Después de que la revista Closer publicara un reportaje a seis páginas del escándalo, la pareja oficial del presidente – Valerie Trierweiler- tuvo que ser internada en un hospital parisino por una “crisis” nerviosa. Días más tarde, Hollande, anunció la separación, que según varios medios no pilló tan de sorpresa a la primera dama. Pero para Hollande, de 59 años, las locuras de amor no son una novedad: antes de Valerie, había compartido su vida con Ségolène Royal, madre de sus cuatro hijos y encargada de presentar a Hollande y a Goyel en 2011, cuando ésta última participaba en una una campaña de apoyo al Partido Socialista francés.

Lo cierto es que los ciudadanos galos parecen bastante indiferentes a los líos de faldas de sus mandatarios. De lo contrario, no se entiende que Mitterrand hubiese mantenido una relación secreta con su amante durante más de 30 años, fruto de la cual tiene una hija, también secreta de 38, a la que acompañaba secretamente al teatro de pequeña.
El que no tuvo tanta suerte fue David Petraeus, el ya ex director de la CIA. El general mantuvo un romance extramatrimonial con su biógrafa, la periodista Paula Broadwell, la cual tuvo la brillante idea de enviar un email desde la cuenta de Gmail de éste a una tercera mujer, para amenazarla. El amor que sentía por él, provocó la caída de Petraeus, que tuvo que presentar su dimisión cuando el affaire saltó a los medios de comunicación. Apenas un año antes, el admirado general había jurado su cargo en el gobierno de Obama sobre una Biblia sostenida por su esposa Holly con la llevaba casado 37 años. Lo de Bill Clinton, era sólo sexo. Y Hillary supo comprenderlo.
David Petraeus con Paula Broadwell, disimulando su amistad “especial”.
Cuando leo todas estas noticias me siento un poco mal porque considero que yo no he hecho ninguna locura por amor. Nunca me he tatuado el nombre ni la cara de nadie, no he amenazado a sus ex, no los he perseguido durante la noche escondida entre los coches, no me cortado las venas –ni siquiera he amenazado con ello-, no he me quedado embarazada por joder –ni sin joder- y no he intentado cortarle el miembro ante un descubrimiento de infidelidad. Lo máximo que hice fue dejarle una carta a un niño del colegio cuando tenía 12 años, por debajo de la puerta de su casa y timbrar justo antes de salir corriendo. El cabrón nunca me respondió. Y yo jamás volví a arriesgarme.

Creo que no estoy hecha para el amor. Cupido, llévame.