Desde el 9 de enero de 2014 la Agencia Estatal de Seguridad Aérea española permite el uso de teléfonos móviles y otros dispositivos durante todo el vuelo. Decisión que, en último caso, dependerá de la compañía aérea con la que viajemos.
Si os habéis puesto contentos, como yo, olvidadlo. La única novedad por el momento, es que los dispositivos electrónicos podrán utilizarse también durante las fases críticas (despegue y aterrizaje) y en modo avión. No se podrán hacer llamadas ni utilizar la conexión a Internet. Algo que, por otra parte, resulta imposible a más de 10.000  pies de altura con los satélites que utilizan las compañías telefónicas y cuyos receptores se encuentran apuntando a la tierra. Esta opción sólo es posible en el caso de que la aeronave tenga incorporado un servicio de Internet para permitir la conexión vía wi-fi (y apuesto que previo pago, también). Algo que ya permiten algunas aerolíneas internacionales en las fases tranquilas del vuelo.
La prohibición del uso de los teléfonos móviles y otros dispositivos está fundamentada en el peligro -real- de que las señales de alta y baja frecuencia de estos aparatos interfieran en las comunicaciones con tierra del avión (especialmente de los aviones antiguos que no están tan protegidos para soportar estas frecuencias), pudiendo desviar su ruta e incluso, provocando que aterrice como un gallo sin cabeza.
 
Uno de los pasajeros puso Cantajuegos en youtube y así acabó la historia.
Como sufridora de la conocida enfermedad mental del “miedo a volar” este anuncio había creado en mí ciertas esperanzas: la posibilidad de ir hablando con mis seres queridos (o cualquier tipo de ser que quisiese escucharme) en cada despegue me tranquilizaba. Ya empezaba a hacerme la idea de poder contarle a mi madre qué tiempo hace en pista y por encima de las nubes antes de llegar a mi destino.
Lamentablemente, de momento, lo único que podré ir haciendo es poner la música a todo volumen desde que atraviese la puerta del cacharro. Es bastante complicado recordar las letras de las canciones mientras te tapas los oídos para no escuchar el rugido del motor y crees, fielmente, que morirás en los siguientes minutos.
Si ponéis en Google “cómo superar el miedo a volar” los consejos son de los más variopintos. Queda súper profesional recomendar que lo mejor es “tranquilizarse”, “pensar en un bonito paisaje”, “relajar los músculos” o “ser agradable con la tripulación y sonreír mucho” (éste último debe de ser por si te castigan con estrenar el tobogán hinchable en caso de emergencia).
Como la gran mayoría de los miedos, el miedo a volar es irracional. No se le puede pedir a una persona que se encuentra atravesando una fase ilógica de su ánimo que “sonría a la tripulación y sea amable” mientras imagina trozos de fuselaje rebanando las cabezas de las maquilladísimas azafatas. La máxima aspiración de cualquier persona en ese momento –y somos muchos, aunque lo disimuléis- es que le dejen el cerebro en stand-by hasta llegar al maldito destino.
Mi fórmula mágica para conseguir ese estado de desconexión consiste en una mezcla de alcohol y ansiolíticos en dosis lo suficientemente altas como para no ser yo la que arranque la cabeza de la azafata cuando pronuncia, con una enorme y blanquísima sonrisa, eso de “en caso de una pérdida de presión en cabina” o “en caso de aterrizaje en el agua”   En caso de que vayamos a morirnos empotrándonos contra el puto océano a mí me dará un infarto y no necesitaré seguir tus inútiles indicaciones de secta aviadora.
¿No sería más sincero, más bonito, y más rápido decir “en caso de que esto se joda tenéis una pistola debajo del asiento. Es importante que os aseguréis de matar primero a los niños, a los ancianos y a las señoras embarazadas. Si os quedáis sin balas tendréis que disfrutar del Apocalipsis en vuestras propias carnes.// In cause of this fluflu is crash  you have a gun over the seat. Is important you´re sure that kill first child, oldest, and pregnants. If you don´t have more bullets you are very f*****”

Mariano Rajoy, benefactor de la patria, a punto estuvo de perder la vida en un accidente aéreo.
El miedo a volar, como miedo irracional que es, debe de estar albergado en alguna parte primitiva de nuestro cerebro que impide a los que lo padecemos superarlo de modo alguno. Yo llevo unos cuantos vuelos encima y, aunque es verdad que ya no lloro ni me hago pis encima, el hecho de haber vivido un montón de situaciones “turbulentas” no me quita, precisamente, el pánico.
Defensores de la seguridad de la aviación comercial no pretendáis decirme que los aviones son “el medio de transporte más seguro” cuando se encuentran a seis malditos kilómetros de altura sobre la tierra y las posibilidades de palmarla si al pájaro se le da por estornudar son infinitas.
La tranquilizadora afirmación de que “hay muy pocos accidentes”, no es del todo correcta si tenemos en cuenta que hay muchos menos aviones en el aire que coches, trenes, autobuses, metros, tranvías, motocicletas y bicis en la tierra.
La cuestión aquí es: ¿cuántos sobreviven a un piñazo en avión? Además, en ese supuesto –supuestísimo- caso, si yo fuese una de las supervivientes del accidente de los Andes me abriría la cabeza con un bloque de hielo antes que comerme a un amigo. Un amigo sin cocinar. En crudo. Qué asco.
Y peor, incluso, que el propio vuelo son esas largas horas de espera en el aeropuerto en las que el sudor frío baja por tu espalda y empapa tu camiseta mientras imaginas que una huelga de controladores tampoco estaría tan mal. Y que los viajes de más de ocho horas en autobús pueden ser muy entretenidos si los compartes con señores gordos que roncan durante todo el trayecto mientras la china que tienes al lado se corta las uñas y te saltan astillas a las piernas (situación real vivida por mí en un Alsa Lugo-Madrid).
Odio volar y, sin embargo, hace unos años que lo hago con relativa frecuencia. Volar no me gusta, pero viajar sí. Mucho. Así que volar se ha convertido en mi pequeña condena para poder vivir la vida que me gusta. Es un mal menor dentro del gran mal que supondría tener que quedarse en tierra mirando el mundo desde el tranquilo sofá.
Eso sí, si os encontráis conmigo en un avión dejaos de soplapolleces e invitadme a una copa. Cargada. ¿Os imagináis al coronel Hannibal explicándole a M.A que debía alejarse de los pensamientos negativos mientras llenaba lentamente el diafragma y era amable con todos sus compañeros? No aceptamos bromas. Tened cuidado.
  • YosoyCris

    Tengo pánico a volar. Tal pánico que en un vuelo a Amsterdam me quede en tierra (luego me arrepenti, claro) y eso que iba puesta de ansiolíticos hasta atrás, que seguía activa como si hubiese tomado RedBull. Odio es despegue, para mi es lo peor, tengo la sensación de caer. Odio volar. Pero también me gusta viajar. El empático de mi marido, en un vuelo poniendo el cinturón, yo dije: “para que coño sirve un cinturón en un accidente aéreo, que nos pongan un paracaídas, no un cinturón” y él (repito, empático como no hay otro) contestó: “para que localicen los cadáveres”. Anda, no me jodas. Mi instinto de mujer de las cavernas me dice que volar no va en nuestra naturaleza

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  • http://www.blogger.com/profile/16593725958164188119 La Buhonera

    Me he descojonado porque la mitad de las cosas las he pensado tal cual mil veces. De hecho tengo pendiente escribir una entrada al respecto.

    A mí, además del mal rollo horrible que me da volar en sí, me salen sarpullidos con todo lo que rodea al viaje en avión: Maleta que pesa más de la cuenta, despelotamiento previo al control de seguridad, magreo en el control de seguridad… Si es que te queda una hora para despegar y ya te han quitado las ganas…

    En fin, un mal necesario.

  • http://www.blogger.com/profile/02440146959605845607 Daniel Díaz Peinado

    Yo vivo entre Cádiz y Las Palmas y suelo volar con frecuencia. Me gusta volar por las preciosas vistas de la costa oeste de Marruecos y la vista de pájaro de Lanzarote y Fuerteventura pero he de decir que sufro, al igual que tu, del “miedo a volar”. Me pasan por la cabeza accidentes aéreos y otros pensamientos que me hacen ponerme nervioso. Gracias a dios siempre viene conmigo mi novia, que es la que me tranquiliza.

  • http://www.blogger.com/profile/11395396095478932721 Sarah Vagha

    A mí después de diez horas en el avión lo que me vienen son instintos asesinos. Tanta gente alrededor durante tantas horas me provoca un subidón misantrópico agudo.
    http://spainisintheair.blogspot.de/

  • http://www.blogger.com/profile/03032828951085760859 Juan Carlos

    ¡Anda! una a la que le pasa lo que a mi. ¿Miedo a volar? pues si. Primero me corto la circulación de las piernas con el cinturón de seguridad y luego intento desconectar el cerebro. Entre medias, me agarro a los reposabrazos y soy yo el que levanta el avión tirando de ellos. Si, es irracional pero ¿qué se le va a hacer?
    Salu2

  • http://www.blogger.com/profile/03611475788214710921 Luis Prades Cabedo

    Se podría decir que la tasa de muerte en vuelos es la más baja porque hablamos en términos relativos, aunque como bien dices no hay argumento racional que valga ante este temor visceral. No lo comparto pero conozco gente que lo padece y tratar de convencerlos de las bondades de los vuelos comerciales es como toparte de bruces con un muro de hormigón. Me encanta abstraerme mirando el paisaje desde la ventanilla del avión, placer irracional que quizá no compartas; por otro lado me dan más miedo los vehículos que tocan el suelo, es uno de mis miedos irracionales. Es agradable volver a leerte, un saludo!