El sexo, ese arma del que la naturaleza nos ha dotado para disfrutar un poco más de nuestro breve paso por la existencia, supone para muchas parejas y personas solas un quebradero de cabeza, e incluso, una molestia o una fuente constante de decepción, frustración e insatisfacción. La falta de deseo o el deseo no satisfecho se esconde bajo estas decepciones.
Hay gente que opina que le damos demasiada importancia al sexo, ya que no es sino, una parte, como otra más, de nuestras relaciones de pareja. Añado yo, que también es una parte de nuestra relación con nosotros mismos.
Empecemos por el principio, que nos lleva, como casi todo, a la religión. La maldita religión que enturbia nuestra moral desde hace miles de años y que no deja de ser la creación de unas cuantas personas ignorantes que tenían que dar explicación a los fenómenos naturales antes de la existencia de las ciencias para manipular a otros más ignorantes que ellos. La mayoría de las confesiones del mundo legislan alegremente sobre los impulsos sexuales y promueven el miedo al sexo y su prohibición. Proclaman que la única finalidad del acto sexual debe de ser la reproducción y la perpetuación de la especie. La católica, es un buen ejemplo de ello. El espantoso castigo que recibieron los inmorales habitantes de Sodoma y Gomorra (que disfrutaban del sexo libre y las relaciones homosexuales) deja claro la postura de la Iglesia Católica en cuanto a la libertad sexual: “Entonces el Señor hizo que cayera del cielo una lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra. Así destruyó a esas ciudades y a todos sus habitantes, junto con toda la llanura y la vegetación del suelo”. (Génesis 19:24-25)
En su libro “Dios no es bueno” Christopher Hitchens analiza la relación entre el sexo y la religión: “El sexo manual, el sexo oral, el sexo anal, el sexo en una postura diferente a la del misionero: nombrarlo es describir una aterradora proscripción sobre él”. Hitchens, en su maravilloso y altamente recomendable alegato contra la religión, se plantea entonces, cómo Dios, el ser supremo y bondadoso, que nos ha creado a su imagen y semejanza, ha podido fallar tan estrepitosamente en el “diseño” de los seres humanos. ¿Qué sentido tiene que la deidad nos cree con órganos sexuales con gran capacidad para recibir y proporcionar placer si, al mismo tiempo, nos prohíbe su uso con el castigo y la amenaza del infierno? Efectivamente, Dios no existe, pero de hacerlo, sería un cabronazo sádico que pretende que suframos por ser, simplemente, como él nos ha hecho. Hitchens tenía razón: Dios no es bueno.
Si conseguís desprenderos de los complejos y prohibiciones de la religión -seamos francos, 2000 años de sometimiento no se curan de un día para otro por mucho que nos consideremos ateos- entonces estáis preparados para disfrutar del pecado en su forma más placentera: el sexo. Si os cuesta desprenderos de vuestros tabúes y laberintos mentales, la solución más recomendable es el acercamiento a la cultura y a la ciencia. Y si seguís sin conseguirlo, yo me plantearía la posibilidad de arder eternamente en el infierno antes de subir a un cielo donde el sexo, simplemente, no existe. Menudo paraíso.
Dicaprio se da unos baños tremendos de sexo en su última pelicula “The Wolf of Wall Street”
Además de la religión, el disfrute sexual encuentra otros grandes enemigos en la rutina, la dejadez, la vagancia o el machismo. Y la falta de educación sexual.
Uno no puede disfrutar en su relación de pareja si no empieza conociéndose a si mismo y descubriendo qué es lo que le gusta. Éste es uno de los problemas de muchas mujeres insatisfechas que no contemplan la masturbación propia dentro de sus prácticas sexuales. Es imposible decirle a alguien qué es lo que te gusta (y te pone) si tú misma no lo sabes. Podéis tener un amante aplicado y generoso que si no sois capaces de abrir la boca y pedir lo que os funciona vuestras posibilidades de satisfacción son infinitamente inferiores a lo que lo serían de haber disfrutado de las bondades del sexo a solas.
Además, basta ya de fingir que a los hombres les gustan las buenas chicas y las mujeres sumisas que no se atreven a pedir lo que quieren y simplemente se abren de piernas cuando se lo piden. De ser así, es bastante probable que la prostitución no fuese un reclamo tan atractivo para muchos. A los hombres, en general, les gustan las mujeres que saben lo que quieren, que disfrutan del sexo (y reclaman su parte) y que son capaces de hacerlos disfrutar sin complejos ni tabúes.
En el libro “Tu sexo es aún más tuyo” Silvia de Béjar hace un fantástico recorrido por la sexualidad femenina con interesantes alusiones a todas las facetas de la vida sexual, empezando, cómo no, por el conocimiento del propio cuerpo y dedicando un capítulo a la masturbación. También incurre en el conocimiento del cuerpo del compañero –los hombres no sólo tienen pene-,  las posturas más recomendables dependiendo de nuestras áreas erógenas, la salud sexual, las fantasías, las necesidades sexuales según grupos de edades, los preliminares, e incluso, ejercicios para entrenar los genitales. Vamos, un básico en vuestras estanterías. Pero aunque el libro está escrito por una mujer y dedicado a las mujeres, se trata de un manual muy útil para los hombres que desean hacer disfrutar a las mujeres y que desean también, que sus mujeres los hagan disfrutar. Además, de Béjar, dedica partes específicamente a los hombres. Es un libro para compartir –después de leerlo yo, ha pasado por las manos de muchas de mis amigas- que sirve para conocer y entender mejor esta bendición que es la sexualidad humana desechando, ya de paso, cualquier posibilidad de sentimiento de culpa.
Cuando tengáis todo eso claro buscad el morbo: la unión perfecta de deseo, lascivia, curiosidad y sensualidad que sirve para encender el fuego de las pasiones más ocultas. El morbo  no es solamente parte del acto sexual físico, sino que es, y debe de ser, un juego psicológico y emocional que se puede encender en cualquier momento sin necesidad de encontrarse en plena faena.
El buen morbo empieza mucho antes de llegar a la cama. Una conversación que se va calentando por momentos en el que el sexo empieza siendo una anécdota para acabar convirtiéndose en el tema principal, mensajes “fuera de tono” o roces inocentes…son fundamentales para tantear el terreno y despertar el interés sexual del compañero. Un elemento que sólo necesita de la aceptación (verbal o tácita) de ambas partes.
Las personas morbosas disfrutan con el misterio, con el juego, la fantasía y saben desinhibirse sexualmente. Al morbo, se lo ha etiquetado tradicional e injustamente como el “deseo de lo prohibido” como algo malo o peor, enfermizo. Hay que tener en cuenta que hasta hace no demasiado tiempo el sexo oral era considerado casi una aberración y la educación religiosa decía a los niños que la masturbación los dejaría ciegos. Todo aderezado con la amenaza del infierno y el castigo eterno.
El cine, ha plasmado infinitas fantasías sexuales de muchos espectadores: desde el voyeurismo de observar a dos chicas jóvenes descubriendo el sexo (Ádele), al morbo de hacerlo con una mujer mayor y experimientada (The Reader).
A día de hoy, el morbo no es más –ni menos- que otro elemento que activa el deseo sexual y cuyo único límite debe ser el respeto a la otra persona y a uno mismo y el entendimiento del “no” a la primera. La comunicación dentro de la pareja es esencial para generar encuentros y situaciones morbosas que tanto alegra esta vida llena de penas, pérdidas, trabajos de mierda, impuestos y deudas impagables. Y aquí vuelvo al principio y a la gente que opina que “el sexo no es importante”. Evidentemente, hay muchas cosas importantes en pareja, pero no disfrutar ni hacer disfrutar a la persona a la que supuestamente amas debe de poneros sobre aviso de que algo va mal. El desinterés sexual es el homicida de muchas parejas. Es hora de reconocerlo.
Sin embargo, al igual que  Silvia de Béjar, opino que “el buen sexo no es algo que te sucede sino algo que tú haces que suceda. Haz que ocurra”. No es justo quejarse o echar constantemente la culpa al otro si mantenemos una postura de pasividad eterna (y esto es figurado, malpensados).
Recordad: lo ocurre en vuestra cama es sólo asunto vuestro. No dejéis que os lo prohíban.