Nos pasamos la vida tejiendo cicatrices con las que nos presentamos ante el espejo para que nos devuelva, aunque no nos guste, el recuerdo albergado en cada una de ellas. En cada batalla, en cada derrota. Todos deberíamos de tener en cuenta nuestras cicatrices cuando nos preguntamos a nosotros mismos cómo diseñar mejor la próxima jugada. Pero en realidad, las miramos poco, nos parecen feas, y preferimos ignorarlas a examinar las causas que nos llevaron a hacernos esas heridas algún día. ¿Insensatez, premura, orgullo desmedido, exceso de confianza o un poco de masoquismo?
Los adultos de mi generación, los nacidos en los 80, todavía tenemos la suerte (sí, suerte) de tener en nuestro cuerpo las marcas de guerra de aquellos parques infantiles más bien poco seguros en los que nuestros padres nos entretenían como bestias salvajes mientras ellos fumaban Ducados negro a escasos metros de nuestros pequeños e incorruptos pulmones.
El último columpio libre era el reclamo preferido de todos los niños. Ése, que siempre tenía varios clavos hacia arriba con los que rajarte una pierna y renovar tu vacuna anual del tétanos. Ése, cuyas tablas astilladas te exfoliaban el culo y cuyas cadenas oxidadas te pintaban las manos de un degradado marrón anaranjado que luego limpiabas a tus vaqueros con parches. Los parches de Spiderman, Súper Mario y las Tortugas Ninja con los que mi madre customizaba de igual modo mi ropa y la de mis hermanos chicos. Ella fue pionera en introducir la tendencia “boyfriend” en el mercado textil español con vaqueros revestidos de personajes de ficción. Y yo fui de las primeras en vestir como un chico. Que lo sepas, Bimba Bosé.
Las señales del cuerpo se distinguen de las del alma en que las primeras pueden verse sin necesidad de psicoanalizarse en el diván de algún psiquiatra atormentado que relacione tus heridas emocionales con algún problema (=abuso sexual) ocurrido en la infancia. Freud ha hecho más daño a la salud mental de la humanidad que todos los médicos de cabecera que recetan psicofármacos a doquier con la misma facilidad con que diagnostican, concluyentemente, “es un virus”.
Cuando decidí taparme mi primer tatuaje (que me hice a los 15 años) con otro más acorde a mis gustos, me dolió horrores soportar el raspado de la aguja introduciéndome tinta nueva sobre mi antiguo tatuaje con forma de gnomo alelado. Creo que fue la sensación más parecida a que te quemen con un soplete la mitad de la espalda. Cuando le pregunté al experto tatuador que cómo podía dolerme tanto (yo ya tenía unos cuantos) me dijo que era porque durante la realización de un “cover” (término técnico para definir la ocultación de un tattoo con otro) se abría una herida encima de una vieja cicatriz.
Si extrapolamos el símil físico de los tatuajes al plano emocional no podría estar más de acuerdo con ese tipo que vestía la piel del color más heterogéneo que he visto en mi vida. Las cicatrices son el son resultado de las heridas que vinieron primero y es necesario dejarlas curar para que dejen de sangrar y no duelan. Las marcas de la piel no duelen si no hacemos una herida encima de ellas, y herir una cicatriz emocional es como meter la cabeza en un volcán escupiendo lava ardiente. Te quema vivo.
Tengo la sensación de que somos demasiados los que vamos por la vida dispuestos a quemarnos una y otra vez y a exponer las cicatrices del pasado a un acuchillamiento perpetuo sin anestesia. Lo de ser “emocionalmente fuerte” es un embuste del tamaño de la Cidade da Cultura de Santiago. Simplemente, hay quien oculta mejor las cicatrices, del mismo modo en que hay quien negará eternamente usar push-up mientras sujeta el gin-tonic con las tetas. Pues bien cómodo que es.
No soy partidaria de enseñar mis cicatrices al primero que pasa, pero cuando alguien las encuentra es difícil ocultarlas bajo kilos cinismo y risas enlatadas como en una reposición eterna de Aída. Además, creo que tengo cierta facilidad para encontrar las cicatrices ajenas. 
Lo cierto es que las cicatrices contienen la información más valiosa de nuestras vidas y deberíamos de examinarlas con esmero antes de dar palos de ciego alrededor de un volcán hirviente: nos dicen de dónde venimos, nos recuerdan quiénes somos (y quiénes hemos sido) y –deberían- ayudarnos a conseguir aquello que queremos ser.
Las marcas de las rodillas, la de apendicitis, la quemadura hecha cuando probaste a inventar cócteles molotov en tu época pandillera y los tatuajes estúpidos se tapan con ropa y maquillaje, pero las heridas emocionales no pueden ocultarse de modo alguno cuando alguien o algo escarba tan profundo que las deja al descubierto. La puñetera vida es así. Sí salís por la puerta dispuestos a vivir, preparaos para destapar vuestras marcas.

Que las heridas os cicatricen. Que las cicatrices os permitan vivir.