(…) Y entonces fue cuando caí en la cuenta de que me faltaba el café.
Ocho de la tarde de un lunes cualquiera. Después de un agotador día de trabajo y con la maldita resaca del sábado todavía coleando, bajé al súper a comprar algo de comida. Por supuesto, la compra incluía café: mi droga, mi fiel compañero, mi amante tostado. Amo al café sobre todas las cosas.
En la cinta del súper todo muy normal: sonaba el ruidito del lector de código de barras al pasar cada artículo, mientras la dependienta mascaba chicle y movía la cabeza al ritmo de Paulina Rubio pinchada en estéreo en los altavoces del híper. Yo pensaba en su puto chicle y en que se me había olvidado comprarlos, lo cual significaba que probablemente fumase al llegar a casa. “No tengo chicles. Voy a fumar. Mierda. Comeré chocolate”.
Después de pagar tarareando el hit vintage “Y yo sigo aquí” me puse a guardar las cosas en las bolsas al tiempo que la estampida de artículos del cliente siguiente empezaba a aplastar mi compra. Qué coraje.
Ese mismo día, cuando llegué a casa, y aún con las bolsas desparramadas sobre el suelo de la cocina, decidí que era un buen momento para recoger la ingente cantidad de mierda que colapsaba mi apartamento después de un fin de semana de fiesta. Me puse a tirar cosas que había por la cocina dentro de las bolsas vacías del súper y me quedé satisfecha al cabo de una hora cuando ya aquello tenía otra pinta y había sitio suficiente en las estanterías para guardar lo que acababa de comprar.
El martes llegó pronto –me levanto a las 5.30- y me dispuse a hacerme un café para empezar el día con alegría. Desgraciadamente, no encontré el café. Por más vueltas que di, y pese a que estaba segura de haberlo comprado el día anterior, el café no estaba allí. “Iré sin tomar café, mierda de karma”. Cuando ya iba a salir por la puerta, descafeinada y malhumorada, busqué la cartera para guardarla en el bolso. La cartera, ésa que el día anterior había metido en la bolsa del súper. Esas bolsas –supuestamente vacías- que más tarde había utilizado para tirar la mierda que encontraba por la cocina. Las mismas bolsas que cuando llegó la noche mandé bajar al contenedor sin ningún tipo de miramiento, y que a esas horas ya estarían trituradas en el vertedero más cercano. Ni cartera, ni nada. Me quedé sin DNI, carnet de conducir, tarjetas de crédito, tarjeta sanitaria, dinero y hasta las malditas fotos de gente de la que apenas me acordaba ya, pero que yo guardaba con mucho cariño. TODO.
Evidentemente, mi primera reacción fue llamar al supermercado como una histérica, anular todas las tarjetas e ir a denunciar el ROBO de mi cartera por parte del desgraciado que tiraba la compra encima de la mía. Después de unos días, tuve que aceptar y reconocer públicamente que había tirado mi propia cartera.
En la Policía me dijeron que estaba fichada y que ya había perdido 3  DNIs en los últimos años. “¿Yo?” y la señora funcionaria me echó una bronca como si se tratase de mi propia madre después de haber incendiado el horno de la cocina. Había dos mocosos al lado que se reían de mi suerte mientras les hacían su primer carnet. Ya lo perderéis, y no estará mamá para renovároslo, listillos.
Como me enfadé con el mundo decidí renovar el DNI por pura necesidad, pedir las tarjetas y nada más. Han pasado tres semanas y a estas alturas sigo viviendo de mantenida con una tarjeta que sólo sirve para pagar en tiendas pero no para sacar dinero –se ve que el pin llega un mes después-, conduzco sin carnet y he tenido que ir al centro médico a que me hagan un justificante para coger unas pastillas porque el sistema sanitario no se queda atrás en pedir pasta y ahora cobran 10 euros por darte tu nueva tarjeta sanitaria. Y eso son dos copas. Renovaré mi justificante hasta el fin de los días. 
Después de este desafortunado incidente del que todavía me lamento cada día, mi madre tuvo a bien darme el típico sermón sobre mis pequeños despistes y concluyó que de tener un hijo acabaría perdiéndolo, tirándolo al container o cambiándolo por un muñeco en la tienda de juguetes más cercana.
Qué barbaridad por dios. Sólo lo cambaría por una mascota bonita y peluda.
Lo cierto es que la funcionaria de la Policía no estaba demasiado errada cuando dijo que lo perder DNIs se me estaba yendo de las manos. Un par de años antes, me había quedado sin monedero en un cine de Madrid –en realidad lo dejé apoyado sobre una mesa de un bar y cuando volví, no estaba- y tuve que renovarlo de urgencia un domingo, en una comisaría que puso a funcionar la máquina de hacer carnets de identidad exclusivamente para mí, para que pudiese coger un vuelo a Galicia en plenas Navidades. Una tiene sus contactos. 
Por si fuera poco, el día que me robaron esa cartera tenía dentro dos décimos de lotería de esas Navidades, las de 2010. Décimos que había adquirido después de haber hecho una cola de más de dos horas en la administración La Manolita a menos de tres grados. Décimos que siguiendo la maldita Ley de Murphy resultaron premiados con 16.000 euros cada uno. Sí, yo también lloré cuando lo comprobé a través de la foto que les había sacado con el teléfono móvil y que la policía me dijo que no servía absolutamente para nada. Desde entonces, vivo esperando a que llegue el golpe de suerte que me resarza de semejante desgracia. Aunque lo importante, ya sabéis, es la salud.
Tiempo atrás fui víctima de otro robo. El suceso tuvo lugar cuando me usurparon la cartera en un pub, después de haber dejado el bolso abierto y discretamente apoyado sobre una mesa mientras me dedicaba a pedir rondas de chupitos. Entonces, lo de menos había sido la cartera. Dentro del bolso llevaba también las llaves del coche con el que tenía que volver a casa. Mi coche. El destino quiso que algún espabilado dejase también las llaves de repuesto dentro de la guantera dando lugar a un grave problema. Tras escuchar los horrorosos gritos y blasfemias de mi padre, el hombre se fue al lugar donde permanecía mi vehículo y se dispuso a romper de un martillazo la ventanilla para meter –no él, que no cabe- a mi hermano por la misma y entrar en el habitáculo. He de decir que ningún vecino dijo “esta boca es mía” al ver a dos hombres a martillazos con un coche en el centro de la ciudad, cosa que debe de ser lo más normal del mundo.
Pero no solo pierdo cosas (que, por supuesto, incluyen llaves y teléfono móvil a diario). Mi despiste va mucho más allá.
Cuando iba al instituto desarrollé una auténtica obsesión por llegar a la hora, patología que comenzó justo después de que mi hermano empezase a conducir y fuese él el encargado de llevarme a clase. Como las sábanas tenían cierta tendencia a pegarse en su cuerpo y nunca llegábamos puntuales, me propuse la tarea de despertarlo cada día a voz en grito con la suficiente antelación para llegar con un retraso de no más de 10 minutos –ni menos, hacía lo imposible por joderme-.
Uno de esos días de examen, me desperté totalmente convencida de que llegábamos tarde y fui a la habitación a zarandearlo amablemente: “Levántate de una puta vez, que no llego”. Contra todo pronóstico, mi hermano obedeció a la primera y empezó a vestirse. Yo ya estaba lista, así que volví a la habitación a repasar mis apuntes. En un momento dado, decidí mirar el móvil, algo que todavía no se me había dado por hacer, y descubrí que eran las tres y media de la madrugada. Las TRES Y MEDIA y mi hermano vistiéndose. Así que volví a su habitación y después de varios insultos que incluían referencias a mi salud mental, se volvió a meter en cama hasta que lo desperté de nuevo, cuatro horas más tarde. 
Esta situación –la de levantarme convencida de que es la hora en medio de la noche- me ha pasado en más ocasiones a lo largo de mi vida, incluso con la intención de ir al trabajo un maldito domingo. Sin saber ni en qué día vivo. Sigo sin entender qué demonios es lo que activa ese circuito neuronal que me impide mirar la puta hora (o el día) cuando se me da por estar ociosa al tiempo que el resto del hemisferio duerme. Producto del despiste o del estrés, quizá. Vaya usted a saber por qué me quedo dormida cuando no debo. Como en medio de clase o de una conferencia.
Reconozco que, generalmente, no tengo la cabeza donde tengo que tenerla. Es decir, aunque su forma física está sobre mis hombros, mi mente se encuentra vagando por extraños mundos paralelos en una especie de evasión constante y pérdida de realidad. Es como estar fumada, pero sin marihuana.
Mis distracciones forman parte de mi ser y vienen conmigo a todas partes. Cuando voy en coche, por ejemplo, momento que aprovecho para pensar en cualquier cosa menos en la conducción como si fuese a descubrir la misma fórmula de la alquimia. La semana pasada volví a chocar contra la pared del garaje al sacar el coche. Van unas 450 desde que vivo en este edificio. De hecho, estoy consiguiendo cambiar el propio trazado de la subida para hacer más fácil la salida a mis vecinos.
Estoy harta de que me den consejos para dejar de ser despistada. A mí me gusta ser despistada. A decir verdad, mi problema es que tengo mil cosas en el cerebro al mismo tiempo, y me cuesta darle prioridad a unas sobre otras, así que dejo que la vida actúe por mí. Un psicoterapeuta me dijo un día que tenía “una vida interior muy rica”. Fue de lo más bonito que me dijeron en mi vida. Por supuesto, no me acuerdo de él, ni de su cara, ni de su nombre, porque estaba pensando en cualquier otra cosa más interesante. Me quedé con lo mejor. Soy despistada, pero no tonta.
Y como llevo unos días muy despistada y con un déficit de atención considerable he decidido alegrarme la vida con este artículo “¿científico?” que habla de las bondades de ser despistado:
Os recomiendo que perdáis de vista el mundo de vez en cuando, con la ropa interior puesta del revés y las llaves del garaje dentro del coche. Es un ejercicio sanísimo.
Ya habrá algún insensato que se encargue de devolveros a la realidad. 
  • http://www.blogger.com/profile/02314632256725797508 felisa maria

    No quiero preocuparte. Sí te despiertas creyendo que ya has dormido 6 ó 7 horas y si te duermes en cualquier sitio en el que tu cuerpo está en reposo puedes ser narcoleptica. Deberías visitar un neurólogo. Suerte. Ojalá no seas paciente de una enfermedad rara, como yo.

  • http://www.blogger.com/profile/01299079221732435742 lunalunera

    Tú no eres despistada,simplemente un absurdo mamarracho. Salud

  • http://quieneslucialourido.wordpress.com/ quieneslucialourido

    Jajajaja yo también pierdo la cartera, soy torpe, no sé en qué bolsillo he guardado las llaves del coche y loqueo pensando que he perdido el móvil por no recordar dónde lo dejé. Hoy en día atribuyo tanto despiste a ser “una mente creativa” ¡dicen que los genios solían ser así! Te envío un link a mi relato a ver si te identificas tú también jajaj http://quieneslucialourido.wordpress.com/desayunando-con-agapornis/10-minutos-de-induccion/

  • http://www.blogger.com/profile/10805969275388563811 Esther Vazquez

    Muy bueno, me he sentido tannnn identificada!!! jajajaja

  • http://www.blogger.com/profile/02005230662344549388 (*andrea-flauta*)

    Acabas de plasmar mi vida entera…

  • http://fullmyhenxu.wordpress.com/ fullmyhenxu

    “Cuando voy en coche, por ejemplo, momento que aprovecho para pensar en cualquier cosa menos en la conducción como si fuese a descubrir la misma fórmula de la alquimia”

    Qué gran frase. Mejor centrarse con cosas importantes y despistarse con aquellas que lo son menos (no digo que el dni, cartera, etc, no lo sean 😀 ) que lo contrario.