Mes: diciembre 2013

Bienvenido, Siete

No me gusta Fin de Año. Me parece uno de los días más absurdos del año. Junto con Año Nuevo y, quizá, Nochebuena. Son días en los que se apodera de mí la desazón, la melancolía y todos los sentimientos que me dejan noqueada, fuera de combate, como si el alma se me escapase por la cabeza para observarme: un poco más vieja, bastante más temerosa de la dirección que pueda tomar mi vida. Las campanadas sonando en Televisión Española para recordarme que lo único eterno es Anne Igartiburu.
Aborrezco los grandes menús navideños: el marisco, el cordero, los turrones y el vino empapando absurdas conversaciones entre personas que, a pesar de ser de la misma familia, cada año se conocen menos. Las sobremesas interminables. Los chupitos, el protocolo de no poder levantarse de la mesa para desconectar. “Son días para estar con la familia”. Aunque todo el mundo parezca desubicado, cansado, pensado en sus problemas. Los que no están. Los que nunca volverán.
Las horas perdidas en tiendas abarrotadas para escoger un vestido con el que congelarse la noche del 31, las carreras del día anterior para encontrar medias, las tapas de los tacones, la eterna espera en la peluquería para salir con los mismos rulos de muñeca de porcelana que las otras trescientas chicas de la fiesta. El maquillaje que disfraza, las pestañas postizas, la laca, el perfume intenso. Las corbatas rojas. Las bragas rojas. Los calzoncillos rojos.
Las fiestas repletas de gente que nunca sale, excepto en Fin de Año. El garrafón asqueroso, las copas que se caen, las fotos obligatorias con toda la gente que te encuentras, compartir en Facebook, los pisotones en tus dedos desnudos con sandalias, la purpurina, el tractor amarillo, Alaska.
El chocolate con churros. La cola para esperar un taxi. El taxista borde hasta las mismísimas narices de transportar borrachos. Meterse en cama con la ensaimada en la cabeza. Levantarse a las cinco de la tarde. La resaca. Ibuprofeno. La panadera que no viene. El periódico que no sale. Trabajar al día siguiente.
Así que este año no salgo. El primero desde que tengo 16. Después de once años he descubierto que en Fin de Año se puede no salir. Pensaba que era una aberración del calibre de asistir de blanco a la boda de tu mejor amiga. Pero ya no. Las buenas amigas tienen que comprender que el blanco te queda estupendo con el bronceado de agosto. Y que prefieres tomarte unas copas con ellas en el bar de siempre, un sábado cualquiera.
Me quedaré tranquilamente en casa acabando House of Cards, viendo películas que me evadan de este día tan absurdo en el que me siento más absurda que nunca. Escribiendo, pensado en los días que vendrán. La vida de verdad, la que empieza el 2 de enero.
Hace un rato un buen amigo me felicitó el año nuevo y me prometió que tomaría la séptima uva a mi salud ya que la suma de 2014 da siete. Obvio, pero la verdad es que no lo había pensado. Da la casualidad de que el siete es mi número preferido desde pequeña. Y de que se trata del número de Pecados Capitales. Y de que Seven es una de mis películas preferidas. Si el siete fuese una persona, la amaría. ¿Qué será el 2014?
Bienvenido, Siete.
7 Siete Seven Sedm Syv Zeven Seitse Sept Sieben Hét Tujuh Sette Septini Sete Sedem Sju Yedi
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CON DOS COJONES

Jamás podré olvidar esta sensación de euforia y satisfacción que me invade desde hace varios días, tras la publicación de mis dos artículos en contra de la nueva “Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada” que nos quiere colar, como si se tratase de la panacea de los derechos humanos, el Ministro de Justicia, ahora convertido en policía de la moral de las españolas y sus cuerpos.
Ser un fenómeno viral no ocurre todos los días. De hecho, es harto complicado que esto vuelva a repetirse. Evidentemente, si yo fuese Miley Cyrus y optase por balancearme desnuda sacando la lengua encima de una enorme bola de acero, todo sería más fácil. Pero lo mío es escribir. Aunque sea de coños. Y no me preocupa que esto no se repita (qué voy a deciros, tengo que mantener la dignidad); lo que realmente me importa –y aprovechad, que ahora me pongo romántica- es perderos. Me habéis removido las entrañas hasta el punto de devolverme la confianza en la humanidad. Los lectores, sois la constatación de la inteligencia y la sensatez que nos quieren negar a golpe de decreto y que tuve la fortuna de reunir en torno a mi blog, en donde se ha generado un auténtico tsunami de reacciones de personas de medio mundo que se manifiestan en contra de esta nueva tomadura de pelo nacional. Y ya van demasiadas. Evidentemente, me han salido “haters”, pero quiero pensar que estos no se han leído el Anteproyecto de Ley y que la cuestión es que, como toda diva, no puedo evitar ser el blanco de algunas críticas malignas. Miley, ayúdame.
Me han llegado cientos y cientos de opiniones e historias -y seguiré leyendo, por supuesto-  de mujeres y hombres que defienden, como yo, el derecho a la vida: a la vida de los que ya estamos aquí, existimos, pensamos y tenemos que tomar decisiones por nosotros y por hipotéticos seres (que NO LO SON) y que sólo tendrían sentido si salen del amor incondicional que cualquier hijo merece despertar en sus padres. Porque es responsabilidad de los padres (biológicos o adoptivos) traer hijos deseados al mundo.
No os voy a bombardear más con esta maldita Ley. Hay un estupendo especial colgado en la web de El País (y en muchos más periódicos que no dedican esquelas a los “niños” abortados) en donde tenéis toda la información necesaria para echaros a llorar un rato y que os entren ganas de ir buscando nueva nacionalidad. Avisadme si encontráis algo cerca de la playa y a buen precio.
El aparato genital femenino fue la excusa y el hilo conductor que movió mis anteriores relatos como el símbolo de feminidad más guerrero, y salió de la necesidad de manifestar mi cabreo e indignación, lo que comúnmente se viene llamando“estar al coño”, por las medidas promovidas por el aparato más fascista que asoma, cada vez con más frecuencia, por las filas de este nuestro querido Gobierno.
Pues bien, ahora tengo que agradecer a los hombres su implicación e interés en este debate que, de primeras, dirigí más hacia el género femenino pensando, incorrectamente, que serían las más interesadas. Los hombres habéis actuado como no se esperaban muchos: con dos cojones. (Cojones figurados, señores moralistas, que ya sabemos que los angelitos y los santos no tienen sexo y, mucho menos, COÑOS y COJONES).
Me habéis emocionado sobremanera. Vuestras historias llevan ocupándome grandes y deliciosos ratos desde hace varios días. Desde vuestra preocupación por qué hacer con el semen desperdiciado en cientos de masturbaciones (arderéis en el infierno, pervertidos), al apoyo total a la mujer como última responsable en la decisión de llevar a cabo un aborto,  pasando por vuestra preocupación a que esto se acabe convirtiendo –como casi todo últimamente- en un tema de clases: quedará libre de pecado el que pueda pagarlo.
Éstas son algunas de las reflexiones masculinas que he podido leer en el blog:
“No concibo otra forma de defender el aborto que defendiendo la libertad de las mujeres a hacerlo si así lo desean”. 
“El embrión, simplemente, no puede desarrollarse sin la madre. En su autonomía, ella debe decidir si se presta o no, y la sociedad no tiene derecho a violentarla, máxime cuando las consecuencias de su decisión en uno u otro sentido, las soportará ella”.
“Un embrión no tiene personalidad jurídica y, por tanto, sería un absurdo y una agresión a los derechos de los ya nacidos (que pesasen más sus derechos que el de la mujer)”.
“Nosotros, los hombres, también tenemos derecho a mostrar nuestra repulsa hacia esta ley (…) pues también somos parte del futuro, deseado o no”.
“Creo que el aborto hace bien a mujeres, como a hombres, como a niños. Porque, seamos sinceros, yo no querría haber nacido si mis padres no me hubiesen podido cuidar, y no quiero que las mujeres tengan que ver sus vidas arruinadas por un solo error, ni quiero sufrirlo yo como padre accidental”.
“Vivan las mujeres que, con sus coños, tantas alegrías nos dan”.
Una de las teorías más absurdas y repetidas de los defensores de esta Ley y que han usado como ataque personal es que si nuestras madres nos hubiesen abortado a mí, y a todos las que defendemos la libertad de la mujer, entonces no estaríamos aquí y, traslado palabras textuales “fijo que te hubieses enfadado un montón si te enterases”. Pero, vamos a ver ¿enfadar de qué? y, lo más complicado ¿cómo? ¿Cómo demonios se enfada un ser que no existe? ¿Por telekinesis, ouija, llamando a Sandro Rey o contactando con Doraemon?. Si yo no hubiese nacido, no me habría enterado, porque, simplemente NO EXISTIRÍA. No naces, no existes, no te enfadas. Dos más dos igual a cuatro. Si Pepito sale de Madrid en dirección Coruña a 100 kilómetros por hora y lo pilla una ciclogénesis explosiva a la altura de Benavente…bueno, vale, éste lo dejamos.
Y hasta aquí la lección de hoy de Barrio Sésamo. No sé cómo pretendéis convencer a nadie inteligente llevando la discusión a un terreno ya no espiritual, sino estúpido y ridículo. Me abrumáis con vuestros razonamientos.
Para enredarlo más, queridos defensores del no nacido, os contaré la historia de un chico que me escribió en el blog. Este hombre me relató cómo su pareja tuvo que ir a abortar a Londres porque aquí no podía hacerlo. Casualidades de la vida/karma/destino, fue allí dónde se conocieron, cuando ella estaba pasando por ese delicado momento. A día de hoy, son un feliz matrimonio y han traído un hijo deseado al mundo. ¿Y ahora qué hacemos?
Si esta chica no hubiese ido a abortar a Londres, no hubiese conocido a su pareja y, por tanto, no habría tenido el niño que ya tiene, con lo que claramente podemos concluir que sería una asesina en diferido. Una asesina de niños que desean nacer. Sí, se lo piden a la cigüena desde el ciberespacio y se vengan de nosotros con ciclogénesis explosivas que te hacen parar el coche en Benavente durante cuatro horas comiendo bocadillos de chorizo a cinco euros la unidad en el maldito bar del área de servicio.
No nacidos del mundo, bajad los precios, que hay crisis.

TU COÑO

Es Nochebuena de 2013 y mientras escribo esto más de 76.000 personas han leído el artículo que escribí hace dos días donde, simplemente, daba voz a MI coño, como afectado figurado de la nueva ley del aborto propuesta por el señor Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Pero todos sabemos que los afectados no son sólo los coños. Nuestro coños, amigos, tienen dueña: NOSOTRAS.
He recibido cientos de mensajes a través del blog y de las redes sociales. Si pudiese hacer una estadística matemática os aseguro que más de 90 por ciento de los comentarios están a favor de mi opinión. Muchas personas, y os lo agradezco, han escrito incluso sus historias personales. Y aunque yo sea una mujer muy cachonda –siempre he creído que el humor es un arma- lo que se cuenta en los comentarios (mucho más interesantes que mi artículo) son testimonios de hombres y mujeres con miedos y preocupaciones y que no se toman, desde luego, esto del aborto como un “paseo por el parque” como señaló, muy acertadamente, una de mis lectoras.
Parto de la inteligencia de las personas adultas. Sé que hay personas que, por su edad, su situación social o económica, sus presiones –familiares, laborales, sociales- o su religión o creencias no pueden permitirse pensar libre y sensatamente. Entonces, hablemos de educación, que es un tema que tenemos bastante olvidado en este país. Educación sexual, educación cívica y educación moral. Y de protección. Protejamos a las mujeres que se encuentran en una situación de desamparo o que, y esto no es broma, tienen alguna discapacidad que les impide tomar decisiones de manera autónoma. Hagámoslo, señores del Gobierno, pero legislen -con excepciones- para una mayoría de ciudadanos adultos y responsables que tienen derecho a decidir sobre sus cuerpos y, lo más importante, sobre el destino de sus vidas y de las de sus hijos.
Hablaré del 10 por ciento de personas que creen que lo que sale de mi coño y del vuestro es un tema que merece ser discutido en los pasillos del Congreso y legislado dictatorialmente por señores que ni nos conocen ni les importamos una mierda. Una mierda. Una puta mierda. Y esto, llevan años demostrándolo. Las sotanas mueven más influencias que todos nuestros coños gimiendo al unísono. Qué pena.
Coño
Para vosotras –y vosotros- os diré que, a diferencia de lo que opináis, a mí no me preocupa ni me molesta si parís o dejáis de parir. Si abortáis o no. Si tenéis un hijo o dieciocho. Si disfrutáis con el sexo u os da asco –lo siento por vosotras, de veras-. Si creéis que a la Virgen la embarazó una paloma o el Espíritu Santo. Si estáis convencidas de que vuestra hija de 25 años es pura y casta. No me importa y no me molesta. De hecho, si de mí dependiese jamás dejaría que una mujer –y, subsidiariamente un hombre- no pudiese elegir si quiere reproducirse o no. Y lo puntualizo porque alguien comentaba que mi hipotético aborto sería pagado por la Seguridad Social y, eso, era inadmisible.
Mujer, yo pago mis impuestos y mi Seguridad Social, hasta tal punto, que soy autónoma. Y mi tolerancia llega a tal extremo que cuando tus ocho hijos cojan la varicela, sean hospitalizados o peguen una paliza a un vagabundo en un cajero –y tengan que intervenir un fiscal y un juez- parte de mi dinero se utilizará para movilizar los recursos y al personal humano que sean necesarios. Entonces, ¿qué coño me estás contado? Tu parto cuesta dinero. Tu hijo no cotizará hasta pasados los 20 y será atendido –espero- por la Seguridad Social aunque tú estés en el paro o no hayas pegado palo al agua en tu santa y divina vida.
¿Pero qué tenéis en la cabeza? ¿Vais a cuidar a mi hijo? ¿Si sale con una grave discapacidad correréis con sus gastos y os ocuparéis de que mi vida no se convierta en una peregrinación de hospitales, pesadillas y colectas públicas? ¿Me queréis vacilar, verdad?
Haced lo que queráis con vuestros coños. Y sí, diré coño hasta que me muera. Y las que me dicen que soy “una niñata maleducada” y que escribo “como una barriobajera” os diré que soy Licenciada en Periodismo, tengo dos másteres y un léxico lo suficientemente amplio como para utilizar palabras asépticas que no dañen vuestra moral católica. Pero es que a mí me encanta la palabra coño. Refleja todo lo que quiero transmitir: la cruda realidad. Mucho más que “vagina” o “aparato genital femenino”. Es algo con fuerza, que todos entendemos.
El día que descubráis que vuestros coños no sirven sólo para parir quizá, empecemos a entendernos. Os deseo suerte.
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