Cada vez es más frecuente ver en los medios de comunicación relatos de personas jóvenes y no tan jóvenes que se ven obligadas a compartir piso debido a su bajo salario, o, peor, a la inexistencia de él. Comparten vivienda no sólo las personas solas, sino también parejas, matrimonios o familias enteras que abren las puertas de su casa para alquilar un cuarto a un completo desconocido. Para sacarle hierro al drama que esta cuestión puede encerrar a veces, quiero advertir a todo el mundo que se embarque en esta empresa tan peculiar -la de tener que repartir el mismo vaso para los cepillos de dientes- que no todo el mundo higieniza dicho instrumento después de cepillarse. Y que cuando el wc aparece misteriosamente manchado alguien fue antes a hacer caca. Se pongan como se pongan, la caca no viene de los zombies mutantes ni de las estrellas fugaces. Y los fantasmas, que yo sepa, no tienen aparato digestivo. Por tanto, la precaución debe ser el leiv motiv para una armoniosa  convivencia.


Hay dos versiones básicas en esto de compartir techo: hacerlo con completos desconocidos o bien, elegir irse a vivir con gente conocida: amigos, pseudoamigos, o colegas de colegas que conocimos una noche de fiesta y nos parecieron “majisisisimos”. Lo mejor es compartir piso con desconocidos, a poder ser, cambiando cada año de compañeros, o, si no, con buenos amigos con los que puedas discutir abiertamente si hay problemas –los habrá, queridos-, sin medias tintas.
Como otros muchos jóvenes que un día vivieron en este nuestro país llamado España, tuve la oportunidad –o el vicio, a veces, era vicio- de compartir apartamento con, al menos, veinte personas en los últimos 9 años. Una experiencia inolvidable en todos sus extremos.
La primera vez, cómo no, recién llegada a la Universidad. Corría el año 2004 y el traqueteo de maletas e ilusiones invadía Santiago de Compostela, ciudad universitaria por excelencia en Galicia. Yo había cumplido 18 hacía tres meses y lo único que quería era que mis progenitores me dejasen vivir fuera para poder llegar a la hora que me diese la gana, beber cuando fuese necesario, fumar agobiada entre montañas de apuntes y retozar con hombres interesantes entre sábanas arrugadas que luego no tuviese que lavar mi madre. Muy peliculero todo.
Me fui a compartir piso con cuatro chicas en una especie de residencia universitaria donde, a falta de madre, teníamos a la Puri, una terrateniente compostelana que alquilaba habitaciones de pisos putrefactos a casi 500 euros la cama con la gran ventaja de que cuidaba a sus “niñas” como si de hijas propias se tratase. A mi madre la idea de que me pusieran dos platos de comida caliente al día y me vigilasen todo y cuanto fuese necesario le pareció que bien valía su precio. Así que allí me dejó, en un séptimo de la calle Santiago de Chile en la lluviosa Compostela un triste día de septiembre. El primer día del resto de mi vida.
Santiago de Compostela en sus tiempos gloriosos.
El reparto de compañeras era más o menos así: dos amigas que no habían salido de casa en la vida, una argentina que había salido demasiado y una tercera que supuestamente vivía allí, porque agachaba los chorizos dentro del armario de la habitación (hay gente así) y de vez en cuando el piso olía a ahumado que tiraba para atrás. Aquel primer año la casera vivía en el mismo edificio, tres pisos por debajo, y aunque hacíamos casi lo que nos daba la gana, al año siguiente la obligamos a cambiarnos de edificio para otro donde no pudiese timbrar en bata y zapatillas cada vez que nos echase de menos.

El segundo año, después de algunos pequeños cambios de personal -las que eran mejores amigas ya no se hablaban, la de los chorizos había terminado la carrera y la otra se había largado de España-, me fui a otro piso de la Puri. La cosa fue relativamente bien porque había algo que era un elemento vertebrador de la convivencia: la limpieza estaba incluida en el precio. Externalizar los servicios de limpieza es de las mejores decisiones que podéis tomar, creedme. Cuando cohabitan más de dos personas en un mismo espacio lo de repartirse las tareas de la limpieza empieza a ser una fuente de conflictos: está el que limpia siempre, el que nunca lo hace (por mucho que se lo digas), el que rara vez limpia pero discute con el que lo hace porque considera que lo ha hecho mal, e, incluso, el que parece hacerlo mal a propósito para que no vuelvan a pedírselo. En fin, dejadlo en manos de profesionales, entre varios apenas se nota a fin de mes y os aseguro que cunde más de lo que cuesta.
Volvamos a mi segundo año de universidad: todo iba muy bien hasta que las vecinas de abajo empezaron a considerar que el ruido que llegaba de nuestra vivienda era demasiado alto en época de estudio. Una compañera mía, en lugar de disculparse o pasar de ellas, decidió tirarles huevos por la ventana llegando uno a introducirse dentro de su casa –en el escritorio de una, concretamente encima de sus apuntes- por lo que nuestras amigables vecinas subieron arriba a darnos de hostias. No me preguntéis por qué, pero tuve que ir yo a mediar en aquel enredo porque la que había tirado los huevos me debía de considerar una persona extremadamente resolutiva.

La de los huevos volvió a vivir conmigo al siguiente año y otra de ellas, también. Fue el año en que cortamos el cordón que nos unía a nuestra entrañable casera y alquilamos un piso independiente. Y aquí es donde empieza el problema: la de los huevos no era mi amiga, nunca lo había sido, aunque, evidentemente, teníamos una relación cordial. De no haber compartido piso lo más probable es que nunca nos hubiésemos llevado bien, de hecho, teníamos tan poco en común que dudo bastante que nos hubiésemos llegado a conocer. Mucha gente se va a vivir con personas que no conoce de nada (como es mi caso) y aunque siempre he creído que es lo mejor, hay que saber parar los pies a determinadas personas que, por el mero hecho de vivir contigo, se sienten en posesión de parte de tu intimidad y la reclaman hasta el punto de enfadarse/enajenarse si no se la das. En mi caso, más que reclamármela a mí directamente, llegaron a chequearme el ordenador con conversaciones abiertas mientras iba al baño o a mirarme los mensajes de teléfono móvil si desaparecía un segundo sin llevármelo encima y, atención, a vigilarme desde la ventana del piso cuando salía de casa para ver con quién iba. Todo esto, porque sospechaba -muy certeramente- que yo no le contaba mis aventuras y desventuras y eso, para una persona con un trastorno mental como el suyo, era un drama difícil de digerir. Briconsejo de hoy: huid de las personas cotillas y sin vida propia, suponen un peligro potencial para vuestro equilibrio emocional y pueden amargaros la convivencia. De hecho, las vidas ajenas son su droga y sabéis lo peligrosos que pueden llegar a ser los yonkis cuando no tienen de lo suyo.

Además, el tercer año de convivencia apareció un nuevo factor de conflicto: el reparto de habitaciones. Los edificios son antiguos, están construidos por arquitectos que pensaron que la gente que compartía techo iba a estar siempre distribuida de esta manera: papá, mamá, la parejita y el de penalti, o la abuela, también de penalti. Por eso hay una habitación grande, dos más pequeñas y un cuarto de zapatos. En mi caso, me tocó disfrutar de la caja de zapatos. Nadie quería quedarse con la minúscula habitación claustrofóbica que daba al patio de luces. Así que yo, que tampoco quería, decidí que lo justo sería echarlo a suertes. Como la suerte no suele acompañarme, tras dos minutos de tensión me vi metiendo mi maleta en el zulo, ante los aplausos de alegría de mis afortunadas compañeras. No todo era tan malo, yo pagaba 80 euros menos al mes que la que más pagaba y ese ahorro que utilizaría en divertimento nocturno me parecía un regalo. Otro briconsejo: pagad según lo que tengáis. He ido a un montón de apartamentos compartidos donde el que tiene que poner el colchón de canto paga lo mismo que el que disfruta de una habitación con cama grande y baño propio. Entiendo que no os quejéis si os toca la grande, pero de lo contrario no sé a qué estáis esperando.

El cuarto año las cosas siguieron más o menos de la misma manera: yo felizmente instalada en mi loft de medio metro cuadrado. Sin embargo, el quinto año, y después de mucho insistir, le cambié la habitación a mi compañera porque no dejaba de quejarse sobre lo mucho que pagaba.
Una noche de fiesta la de los huevos decidió celebrar el cumpleaños de su novio en el piso. Decidió, también, invitar a todos los amigos que tenía el muchacho y llenar el piso de fiesta y jolgorio. La fiesta fue subiendo más y más de volumen –sin que ella hiciese nada para remediarlo- y el desmadre llegó a tal punto que apareció la policía. He aquí la cuestión que mi siempre valiente compañera me instó a que abriese yo la puerta y facilitase mi documentación a los agentes como responsable de la juerga, a lo que, obviamente, me negué. Ella se enfadó un montón, reprochándome mi falta de solidaridad porque, atención, ELLA QUERÍA ESTUDIAR OPOSICIONES y, como todo el mundo sabe, cuando te pillan bebiendo en un piso de universitarios, inmediatamente, te abren un expediente policial que te impide tener ningún puesto en la administración pública.
Ante mi reiterada negativa y tras un cruce de improperios, entregó el DNI un amigo común que, sospechosamente, no superó dos oposiciones.

Días después, recogí mis cosas, tiré el microondas al contenedor para que la de los huevos no pudiese calentarse el café y me mudé al piso de una amiga a compartir no techo, sino cama, los siguientes meses. Como sólo disponíamos de una habitación teníamos que turnarnos cuando una de las dos llegaba acompañada, momento en que la otra tenía que dormir en el sofá o con otra compañera. Guardo grandes recuerdos de aquella cama y de las misas matutinas del colegio de curas que acompañaban nuestros despertares poco religiosos.

Santiago se acabó. Encontré trabajo y regresé a casa.
Cinco meses después, dejé mi trabajó y me fui a Madrid.

Empecé a compartir piso en una especie de Gran Hermano internacional con siete personas más, ubicado en la calle Cartagena, número 64 de Madrid. Por suerte, la limpieza de zonas comunes formaba parte del contrato, aunque no fuese demasiado exquisita. Por lo que pude deducir, la eliminación de los pelos púbicos enredados en el desagüe de la bañera no estaba incluida en el precio.
Compartir piso con tanta gente, fue, aunque parezca exagerado, una estupenda elección. Aunque reconozco que no vale para todo el mundo. Hay que ser abierto y extrovertido y, sobre todo, no demasiado pudoroso: cuando solo dispones una bañera, salir totalmente vestido y arreglado del aseo por la mañana es una quimera. 
Mis compañeros eran casi todos profesionales y creo que ese fue uno de los acicates para que la convivencia fuese tan bien. Todo el mundo tenía su vida y estaba muy claro que cada habitación era un espacio privado en el que cada uno podía hacer lo que le viniese en gana. Evidentemente, a nadie le importaba lo que hiciesen los demás siempre y cuando no afectase a la convivencia común.
Había tantas habitaciones y gente con proyectos tan distintos que cada cierto tiempo alguna se vaciaba para volver a ser ocupada en el tiempo máximo de una semana por un nuevo inquilino, casi siempre, de fuera. Por suerte, tuve una compañera de batallas desde el principio y un tiempo después, llegó un chico con el que formamos el triunvirato de los juerguistas del piso. Hubo un momento en que eran tantos los compañeros y tantos los amigos y amantes que venían a aquel piso que llegué a preguntarle a más de uno si vivía allí o estaba de paso.

Una de las más memorables anécdotas sucedió con un compañero brasileño que a la semana de haberse instalado desapareció sin decir nada a nadie. El chico había dejado la luz de la habitación encendida, la puerta cerrada con llave y ninguna manera de localizarlo. Curiosamente, esa semana el piso comenzó a oler fatal, un olor nauseabundo que cada día aumentaba de intensidad y que parecía venir de la habitación de nuestro compañero desaparecido. Otro de los compañeros interpretó, clarísimamente, este hedor como la prueba irrefutable de que nuestro nuevo inquilino había fallecido en extrañas circunstancias –un suicidio a lo Kurt Cobain, quizá- y que su cadáver yacía en la habitación, descomponiéndose poco a poco. Así que como somos gente honrada, y para no meter a los caseros en líos, decidimos llamarlos a ellos antes que a la policía para que tirasen la puerta abajo y se deshiciesen del cadáver. Tal fue así, que uno de ellos se presentó en la vivienda, guantes en mano, para proceder al levantamiento del cuerpo. Mientras esperábamos en el jardín, entre gritos y sollozos, el brasileño apareció por la puerta con los cascos en las orejas cantando algún tipo de animada melodía. El olor venía de una bolsa de pescado que otro compañero había olvidado debajo de unos rollos de papel en la cocina –que estaba pegada a la habitación del otro-, pero yo ya me había tomado mi ansiolítico.
No fue el único incidente. Nuestras reuniones eran lo más parecido a fiestas Erasmus, así que durante un cumpleaños otro compañero llenó la casa de amigos chinos. Los chinos bebieron como auténticos españoles y acabaron bastante perjudicados. Uno de ellos fue abandonado fuera de la puerta del piso y se quedó tirado en el suelo hasta que los vecinos lo vieron y avisaron a la policía para advertirles de que teníamos un chino muerto en el descansillo. Cuando llegaron los agentes, metimos al chino dentro, y les dijimos que no se trataba de un piso patera aunque lo pareciese, y que el chino no estaba exhausto de coser, sino borracho como una cuba. Ese día me quedé sola en el piso, con el chino etílico y sin batería en el teléfono. Así que como no sabía qué hacer con él, y ante la gravedad de la situación, cogí su teléfono móvil para llamar a alguien. El móvil, evidentemente, estaba en chino mandarín. Intenté convencer al chino para que me ayudase a llamar a alguien, pero nuestra comunicación no resultó fructífera. Como la embajada china estaba cerrada, decidí dejar al muchacho en la cama de mi compañero y me eché a dormir suplicando a los zombies mutantes que no se me quedase pajarito en la habitación de al lado.

También tuvimos un compañero muy macarra al que decidimos llamar “el Intenso” y que tenía un amigo muy duro que se hacía llamar “el Gusano”. El Intenso tenía cierta tendencia a consumir sustancias estupefacientes entre semana, y después de un incidente matinal con uno de mis compañeros decidió llenarnos el piso de Juanis y Jonathans con muchas ganas de canearnos a todos, por lo que tuvimos que evacuar antes de que sacasen las navajas.

En aquel piso viví tantas cosas que sería imposible recordarlas todas: el verano madrileño sin aire acondicionado, los enamoramientos (¿o era sólo sexo?) entre compañeros, las borracheras jugando al chatroulette con pervertidos de medio mundo y otras cosas raras que se nos daba por hacer para estar ociosos. El recuerdo principal es que fue algo magnífico, que recomiendo a todo el mundo. Os aseguro que uno aprende –o eso debería- a ser más tolerante y empático, también a hacerse respetar, y facilita mucho las cosas de cara a una futura convivencia con una pareja o animal de compañía.

Comparte piso, comparte vida. Aunque mamá no esté para recogerte la habitación.


  • http://www.blogger.com/profile/01254050782879397351 Marta

    entrada sublime!! me encanta tu humor jaja

  • http://www.blogger.com/profile/02394545658734879582 Joaquín Vera Mínguez

    Te he descubierto por tus otras entradas (ejem…) y creo que te leeré mucho más. Muy bueno. 🙂

  • http://www.blogger.com/profile/07464689969669345436 Gonzalo Monfort

    jajajjajaaj “olía a ahumado que tiraba para atrás” jajajajajj me he partido. Buenísimo!

  • http://www.blogger.com/profile/06259790177864679295 Diana López Varela

    Qué dices! Cómo nunca hemos hablado de eso! jajaja

  • http://www.blogger.com/profile/02101345103238565030 Noe Sanz

    JAJJAJA me ha encantado leerte, quizá porque viví todo eso, quizá porque aún lo vivo ahora en lugo, pero sobre todo porque estoy segura de haber vivido en el mismo piso de puri que tú!!!! 😀