El envejecimiento actual es un proceso sin parangón en la historia de la humanidad, es generalizado –ya afecta a casi todos los países del mundo- y es permanente. Desde 1950, la proporción de personas mayores ha aumentado constantemente, pasando del 8% en 1950 al 11% en 2009, y se espera que alcance el 22% en 2050. Mientras la mortalidad en la vejez siga disminuyendo y la fertilidad siga siendo baja, la proporción de personas de la tercera edad seguirá aumentando. Con ello, nos encontramos a las puertas de un mundo que será dominado por los viejos: cada vez serán más, estarán más sanos gracias a los avances médicos y habrá menos jóvenes que puedan decidir debido al descenso generalizado de la natalidad.
Ahora bien, si observamos un poco a los viejos que tenemos a nuestro alrededor cada día podemos ver claramente la cantidad de ventajas de las que gozan sólo por ser mayores.
Típicas señoras disfrutando de la espera en el Centro Médico
Por ejemplo, ser viejo implica tener preferencia para pasar delante en cualquier situación. Y aquí me voy a referir a uno de los servicios que ya tienen enteramente ganado: la Sanidad. Siempre que vayáis al centro médico tendréis delante a 50 viejos. Eso no quiere decir que les haya tocado antes la cita, sino que están allí desde antes, probablemente desde antes del amanecer. Para los viejos ir al médico es como para los adolescentes ir a un concierto de One Direction: quieren ser los primeros en entrar. Por tanto, tú puedes tener cita para las 9 de la mañana y llegar a las 8.55 que siempre tendrás a varios viejos a los que les toque antes. En cuanto entres en la sala de espera la pregunta te fulminará: “¿Joven, para qué hora tiene usted?”, y tú, inocente, confesarás que “para dentro de cinco minutos”. Entonces –sin decirte nunca jamás para que hora tienen ellos- organizarán tu cita: “le toca detrás de Fulanito, Menganito, Juanita y de mí”. Cuando por fin te va a tocar entrar –son mayores, te das cuenta de que te la están jugando, pero los dejas pasar antes porque eres una persona educada- llegará una señora que te “obligará” a dejarla pasar antes porque sólo va a hacer una receta y tiene mucha prisa ya tiene que hacer la comida para sus nietos. Son las 10 de la mañana.
La dejas pasar –la receta han debido de hacérsela en piedra grabada a cincel- y, por fin, entras. El médico te despacha en un minuto –eres joven, tu pulmonía no importa al sistema- y cuando sales, te encuentras a la señora de las recetas charlando tranquilamente (ya se ha sentado) con toda la sala de espera sobre su colesterol.
La cola del súper es otro de los lugares donde cualquier viejo que se precie tiene preferencia. Quién no deja pasar a una persona mayor delante, no tiene corazón. Todo el mundo lo sabe. Ahora bien, que el viejo en cuestión te deje pasar delante para pagar tu barra de pan cuando te está llevando el coche la grúa que has aparcado en doble fila delante del súper, es otra historia. Después del súper, toca cargar con la compra: ya se la llevo yo señora, ya le abro yo el portal amigo, pase usted. Repito: ser viejo no es sinónimo de ser enfermo, ni estar lisiado: la mayoría de esos viejos no beben tres veces por semana, no fuman, y aprovechan la jubilación para hacer deporte con regularidad.
Hay un señor en mi gimnasio de unos 70 años que coge más peso que cualquier chico joven, de hecho, coge el peso máximo que da la máquina. Podría cargar con su compra, conmigo y con todos los que entrenamos allí a la espalda.
Los viejos son antiguos para lo que quieren. Seis euros para invitar a tus amigos son mil pelas de las de antes (de las de antes de Cristo) pero el aspirador/abrillantador macanudo de 60 euros de la teletienda es un regalo. La Teletienda, el Internet de los viejos.
La indiscreción es otra de las ventajas de la edad. Cualquier viejo puede preguntar lo que le venga en gana cuando le apetezca no porque sea cotilla, pobrecito, porque está mayor. “E ti de quen ves sendo?” (“¿y tú de quién eres/quién es tu familia?”) es la típica pregunta que cualquier abuela gallega que se precie te hará que si decides darte una vuelta por la aldea un domingo por la tarde.
Pero hay muchas más: el otro día me crucé con mi vecino en el ascensor y no se le ocurrió otra cosa que preguntarme que cuándo tenía pensado tener hijos. “Hombre señor, yo que sé, cuando Dios los mande, bienvenidos serán”. El DIU y la píldora abortiva no tienen nada que ver con que tan magnánimo evento no se haya producido todavía.
La conducción temeraria es una de sus pasiones. Conozco a señores que los pones al lado de Carlos Sainz y les da la risa, ellos hacen lo mismo con su Mercedes Benz del año 82. Y los conozco porque me cruzo con ellos cada día de camino al trabajo. En el mismo día hasta tres conductores experimentados se cruzaron sin previo aviso en mi camino saltándose un stop o dando marcha atrás en pleno cambio de rasante. No discutas con ellos, les importa una mierda y, además, consideran que los que están obligados a ir atentos son los demás. Ellos son VIEJOS.
Tampoco están obligados a tener vergüenza. “¿Vergüenza de qué si soy viejo?” Admito que le tengo mucha envidia a un señor que se pasa el verano en la Alameda de Pontevedra sin camiseta y en calzoncillos y que tiene el broceado más espectacular de todas las Rías Baixas.
Por fortuna, cada día se ve a más señoras y señores de edad respetable que, lejos de dar alas a la senectud viven la vida de manera plena, sin complejos, sin contarse cada día las arrugas con miedo y con tristeza. Son los viejos que conocen su poder, sabedores de su importancia y peso en la sociedad, son los viejos que nos llevan directos a una nueva organización política y social: la VIEJOCRACIA.
Los viejos están en todas partes, cada vez son más, y en España no faltan ejemplos (pasados y presentes) de su influencia desmedida.
Querido y odiado a la vez –aunque sospecho que más lo segundo- fue Manuel Fraga Iribarne, quien, como sabéis, ocupó importantes cargos durante la dictadura franquista, además de ser el fundador de AP y luego del Partido Popular y presidente de la Xunta de Galicia durante más de 15 años. Fraga vivió 89 largos años llenos de momentos memorables para la historia de España. Pero yo me acuerdo, sobre todo, de su última etapa, cuando ya era un hombre viejo. Recuerdo cuando reconoció sin problemas que durante la tragedia del Prestige había estado de cacería, aquellos autobuses llenos de abuelos que iban de excursión de mitin en mitin porque les daban la merienda o la foto con la que se presentó a las elecciones de 2005 ligeramente pasada por el PhotoShop en la que fue acusado, incluso, de querer presentarse a Mister Galicia 2006.
Aún así, lo más memorable era ese carácter tan displicente, arrogante y machista, esa mala baba de la que hacía gala en cada una de sus apariciones públicas, porque, directamente, le importaba poco (o nada)  lo que la gente pensara de él.
Don Manuel posaba así de lozano en un cartel electoral a la Xunta de Galicia.
En el lado opuesto, estaba Santiago Carrillo. Más longevo todavía (murió con 97 años), mostraba siempre una cara afable –no seré yo quién le ponga las alas de ángel, pero no negaréis que tenía cara de abuelo entrañable-. De lo que no cabe duda es de que gozaba de una inteligencia tremenda y una memoria envidiable. Al igual que Fraga, Carrillo fue un actor político indiscutible de la historia de España: padre del comunismo español y Secretario General del PCE, pude acercarme a él en mis tardes de oficina, gracias a sus numerosas intervenciones en radio, ya que era colaborador habitual del Hoy por Hoy de la Cadena Ser.
Ni Fraga ni Carrillo, por viejos, renunciaron a sus principios. Defendieron las mismas ideas de mayores que de jóvenes: nos gustasen o no. Fueron, con todas las consecuencias, un claro ejemplo de que las personas mayores tienen ideas propias –mucho menos manipulables de lo que creemos-, contraídas a lo largo de toda una vida e inviolables.
Sin embargo, mi viejo preferido fue José Luis Sampedro. La Sonrisa Etrusca –libro publicado en 1985, cuando Sampedro tenía 68 años- es un homenaje en toda regla a la vejez. Otra de sus obras más conocidas, El Amante Lesbiano, la publicó en el 2000 (a la tierna edad de 83 años) y en 2011 vio la luz “Reacciona!”, el manifiesto en el que participó a raíz de su vinculación con el movimiento ciudadano de indignados y del 15-M. Sampedro fue, sin duda, un viejo singular. Sus entrevistas nos dejaban con la impresión de que éramos una sociedad sumisa y pringada mientras que aquel viejo era tan deslenguado, tan insurrecto, tan valientemente lúcido. Claro que, es más fácil ser valiente cuando uno no tiene nada que perder.
Luego está Amancio. Y la duquesa de Alba
Amancio Ortega, de 77 años, presidente y fundador de Inditex, posee la mayor fortuna de España, y la tercera del mundo. La duquesa de Alba, de 87, es la persona que más títulos nobiliarios ostenta en todo el mundo y una riqueza (en tierras y obras de arte) difícil de valorar. Carmen Cervera, de 70 años, viuda del Barón Thyssen, posee una de las colecciones de arte más importantes del mundo y dos museos llevan su apellido en España. Y luego está el Rey, quien, a pesar de su edad, es capaz de cazar elefantes.
Mi abuelo era un viejo cascarrabias: se comportaba como un viejo desde mucho antes de jubilarse y, sin embargo, no quería serlo. Era intransigente y autoritario (en su casa mandaba él por encima de todos), era de derechas de toda la vida (imposible hablarle mal de Franco),  católico –aunque fueron más las veces que lo oí cagarse en el de arriba que dedicarle una oración-, y opinaba que las mujeres se estaban desmadrando más de la cuenta. Sin embargo, cuanto más viejo se hacía más adorablemente tierno se volvía, no por agradecimiento a los cuidados que recibía –que él veía como la natural responsabilidad de su familia- sino más bien, porque estaba de vuelta de todo. Ya no necesitaba fingir, adoptar una pose de macho dominante-abastecedor, simplemente quería amar y ser amado: empezó a ser más humano, más tierno, más sensible, menos “hombre” y más persona. Sufrió una transformación parecida a la de Salvatore Roncone, el protagonista de la Sonrisa Etrusca. La vejez, paradójicamente, le dio vida. Aunque él no quisiese reconocerlo.
Tenía miedo a la muerte y eso era lo que lo apartaba de “Zío” Roncone y del propio autor de la obra, José Luis Sampedro. Creo que, como la mayoría de los mortales, no consiguió ver la muerte como la natural evolución de la vida, y no quería irse, aunque a veces manifestase lo contrario en un alarde de valentía “estoy harto de todo”, “la vida es una mierda, ya no me importa nada” “quiero volver con mi esposa”. La verdad es que cuando estaba ya bastante enfermo y aquella posibilidad se hizo más y más tangible le confesó a mi madre que, en realidad, tenía miedo. “Hija mía, nadie quiere morirse”. Los viejos tampoco.
La sociedad ha creado muchos mitos en torno a la vejez, como la improductividad, el gasto social, el aislamiento o la nula participación social. ¿Qué son los viejos más que la proyección de lo que seremos todos si no morimos antes? El envejecimiento es la consecuencia inevitable de la vida. Y sólo tiene una cura: la muerte.
El problema es determinar cuándo llega la vejez. Mi abuelo murió con 80 años, edad a la que a día de hoy, no se podría considerar demasiado viejo. De hecho, yo ya no sé qué es ser demasiado viejo, dado que cada vez que muere alguien mis vecinas consideran que Dios se lo llevó demasiado pronto ya que “sólo tenía 79 años”. Los medios de comunicación tratan de “jóvenes” a los protagonistas de las historias que superan los cuarenta años y el pobre Carlos de Inglaterra aún no ha podido reinar a la edad en que la gente normal se jubila. Supongo que uno nunca es demasiado viejo para palmarla. Ni demasiado viejo para ser viejo.
Confíemos en que nos protejan a todos, en que vuelvan a ser revolucionarios o lo sean por primera vez en sus vidas sin miedo a perder sus puestos de trabajo, que griten, bien alto, que a los viejos no los jode nadie. Ni siquiera el reuma.
La revolución será de los viejos o no será. Like a Rolling Stone.