Cuando una amiga (o amigo) me dice que se ha enrollado con una persona que besa mal -los amigos no decís eso, la verdad, sé que os conformáis con pillar- siempre la disuado de no seguir conociendo al varón en cuestión con la misma premisa: si besa mal, follará mal. Mejor, no lo intentes.
Puede que yo sea algo radical en este asunto y que haya excepciones, pero, en general, es así. Y con ello no quiero decir que si besa bien va a ser el amante más satisfactorio del mundo. Pero, al menos, algo lleva aprendido.
The Kiss
Mi teoría es la siguiente: si un hombre no sabe coordinar lengua, labios y respiración, qué hará cuando tenga que colaborar activamente en la consecución de un orgasmo de su compañera de cama. El orgasmo femenino no es cosa de principiantes, hay que saber usarla (la cabeza, se entiende). Claro que, los hay inocentes que se conforman con un “Ahhh! Oh, sí, sí!” para autoconvencerse de que lo han conseguido. Qué poco favor nos han hecho las mujeres fingidoras de orgasmos a las demás. “Pues a mí ex se la metía así dos minutitos y acababa como una fiera.” Como una fiera de desesperada la pobre.
No puedo hablar  de cómo besan las mujeres porque las pocas a las que he besado eran mis amigas y además estaban muy borrachas. No las juzgaré, pues estoy segura de que pueden dar mucho más de ellas mismas.
Los tipos de hombres que besan mal son los siguientes:
         Boa constrictor: Es el que te aprieta contra él con tal fuerza que podría partirte todos y cada uno de los huesos del cuerpo si en un arrebato de valentía decides llenar los pulmones de oxígeno. Te sujeta por la cabeza para dirigir tus movimientos y te empuja contra una pared para evitar que salgas huyendo. Suelen meter la lengua modo “taladro” llegando incluso, a arrancar de un bocado la campanilla de la chica.
         Los descoordinados: El tipo de personas que se empeñan en ir en sentido contrario al que vas tú, como rehuyéndote. Que pasas la lengua para la izquierda, se te escapa para la derecha, que la subes, él la baja, que giras la cabeza para un lado, él hace lo mismo y te das un golpe con su cabezón. No estamos jugando al pilla pilla, por favor.
         Fast and Furious: Esos que te meten la lengua con tal velocidad y fuerza que es difícil seguirles el ritmo. Convierten el morreo en una especie de lucha de lenguas cuyo objetivo es conseguir el K.O del adversario. Si presentas agujetas en la mandíbula al día siguiente plantéate el sexo como un excelente deporte quemacalorías.
         Cocodrilo. Es el que abre la boca más de la cuenta para proceder al acto besatorio y consigue que te sientas como un bebé intentando succionar con tu boquita un enorme pezón para poder alimentarte. Sientes que en cualquier momento su boca te va a absorber y vas a desaparecer entre sus entrañas.
         Besugo. Es el contrario al cocodrilo. No abre la boca lo suficiente y te dedicas a chupar parte de su cara intentando acertar con su boquita de piñón. Es frecuente acabar chupando bigote o barba y tragarse algún que otro pelo. Si se te presenta alguno de estos casos, quizá tengas que admitir que existe una diferencia física infranqueable para que vuestro amor triunfe.
         El perrillo lamedor. El que te suelta una lametada de vez en cuando en toda la puta cara. Y además sonríe, como si acabase de hacer algo súper gracioso. ¿De verdad, a alguien le pone eso?
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          El tatuador. Ése que se toma la confianza de dejarte un enorme chupón el primer día que te enrollas con él y te jode el resto del fin de semana. Marcan a su presa para demostrar que es suya. Son posesivos, empiezan así y acaban dejando su cepillo de dientes en el vaso de tu baño.
          El explorador: El que se dedica a pasear su lengua por todos y cada uno de los rincones de tu boca inspeccionando cada elemento: por ejemplo, les encanta pasar la lengua por el filo de los dientes para comprobar que no te falta ninguna pieza. Resulta bastante desagradable, pero sí se empeña puedes pedirle que revise que tienes todos los empastes en su sitio.
         Mordisquitos: Tiene un trauma adolescente.  Ha leído en alguna Súper Pop que pegar un bocado de vez en cuando nos pone mogollón. Es su truco estrella y lo repite hasta la saciedad: mordisquito en cuello, mordisquito en la punta de la nariz, mordisquito en la mejilla, mordisquito en la oreja, mordisquito en el labio de abajo. Si algún día le practicas sexo oral es el momento perfecto para tu venganza.
          Están los que usan demasiado la lengua y luego están los que no la usan en absoluto. Son los socorristas: no te besan, te hacen el boca a boca. Lo bueno que tiene la lengua –aparte de que es un poderoso órgano sexual, una especie de apéndice del pene o el clítoris- es que sirve para ir recogiendo las babas antes de que se empiecen a escurrir por la comisura de los labios. Si el muchacho no usa la lengua y convierte el beso en un ejercicio de reanimación respiratoria, plantéate que padece algún disfunción eréctil.
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–    El pajarillo. El que da picos. Sólo picos. Llamadme loca pero que te besen como lo hacen tus abuelos a mí no me da morbo ninguno.
        Los sobones. Son los que por estar besándote contigo se creen en el derecho de meterte mano hasta por debajo de la ropa (interior). Está bien que acaricies y toques a la chica en cuestión, pero de ahí a meterle la mano por debajo de las bragas en medio de un pub hay un trecho. Los sobones son el ejemplo perfecto de “pan para hoy, hambre para mañana”. Intentan abarcar tanto el primer día que ahuyentan a la mujer que puede llegar a sentirse mancillada por el degenerado ése. Lo más probable es que no haya polvo.
–     El tímido. Una cosa es respetar y otra mantener un radio de seguridad excesivo. Vale que no le desabrochéis el sujetador a la chica en público, pero, agarrar un poco y arrimar -discretamente- cebolleta es básico para coger confianza. Las manos en los bolsillos sólo para sacar la cartera.
        Los halitósicos. Lo siento mucho por si alguien padece halitosis de verdad, pero un hombre al que le huele mal el aliento o no tiene la boca limpia espanta más que todos los anteriores grupos juntos. Que alguien saque a pasear su lengua dentro de tu boca y que puedas reconocer que el cocido que comió ayer estaba necesitado de sal es como para abofetearlo hasta la muerte. Por suerte, es fácil comprobar que a una persona le huele el aliento sin tener que llegar a un intercambio de fluidos –aunque es verdad que los efluvios etílicos de la noche pueden disimularlo bastante-. Lo mismo pasa si no tiene los dientes perfectamente limpios. Fijaos muy bien en esos pequeños detalles que pueden convertir la alegría por tu conquista en uno de los momentos más desagradables de tu vida. Si no se lava la boca, qué no hará con lo que esconde debajo del calzoncillo.
Mis amigas son gente buena, comprensiva, que incluso en circunstancias difíciles se han ofrecido para colaborar con el muchacho en cuestión e intentar enseñarlo a mejorar su técnica. Puede que la primera vez fuese mal debido a los nervios, a la borrachera o a la acumulación de sangre en la entrepierna, pero si la segunda vez vuelve a cagarla y decidís seguir intentándolo, a mí no me llaméis para contarme que lo habéis pillado chupando vuestros tacones, le gusta que le azotéis en el culo o se lo pasa bien con el sexo tántrico.
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