Cada día, millones de humanos en el planeta Tierra malgastamos nuestro preciado y precioso tiempo vital en ocupaciones poco prolíficas. Asuntos que consumen nuestras energías; una fuerza que dejamos de emplear para otras labores más necesarias que la de asesinar a esa impertinente mosca que se pasea por nuestro territorio disfrutando, mientras puede, de su fugaz existencia.
Según un artículo que publicaba hace unos días el diario inglés The Guardian la vida media de una persona se compone de 701.844 horas. Es decir, algo más de 80 años. Eso, si no la jiñas antes en un desgraciado accidente, eres víctima de una enfermedad mortal, te casas con un psicópata, el Gobierno te deja en la fría y peligrosa calle con 0 euros al mes o decides probar suerte volando a lo Bultó. Eso, descontando las horas que ya hemos vivido, que para una persona de 30 años serían 262.800. De las que, sin estar de resaca, habría que descontar una media de 2 días a la semana durante 15 años, es decir, 34560 horas perdidas, así, a lo tonto. Según mis cálculos, y si somos muy afortunados, nos quedarían otras (701.844 menos 262.800) 439.044 horas de vida. A las que hay que restar las horas de dormir y otras funciones fisiológicas (en el caso de que seas estreñido o insomne, estás de suerte).


Cuando uno hace la operación de contar el tiempo vital en horas cae en la cuenta de la levedad del tiempo, de su fugacidad, de las horas que gastamos en el trabajo, las que perdemos esperando un vuelo o un triste bus urbano -para qué engañarse si sólo vuelas una vez al año-, las muchas que perdemos inventando una paralela vida virtual, las tantas que pasamos tirados en el sofá mirando la caja tonta, las que ocupamos discutiendo sobre quién pone la lavadora y las otras que utilizamos poniéndola y tendiendo la ropa para luego no plancharla, para así ganarle unas horitas al día. Pero la muerte se acerca inexorablemente… ¿y qué haces tú?
Bien, yo hago tantas cosas estúpidas que me he propuesto compartirlas con vosotros, para juntos, dar un cambio radical a nuestras vidas. Vivir el ahora, aprovechar cada momento de una manera más espiritual y enriquecedora.
Cuando me aburro quemo mi tiempo de las más variadas e inverosímiles formas, como si la vida fuese un bien eterno, un contrato a la perpetuidad. Pero a veces, cuando me doy cuenta de mi sacrilegio, me siento como Woody Allen en Annie Hall: “La vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa”. Yo creo que se le olvidó añadir que, sobre todo, “la vida está llena de cosas que nos hacen perder el tiempo”.

Una de las cosas que hago y que muchos de vosotros también haréis es perder horas delante del ordenador sin hacer nada. NADA. NOTHING. Encender el aparatito, ver el Facebook, el correo, Instagram, Twitter, periódicos online o tiendas virtuales. No actualizar nada, no hablar con nadie. No comprar, no comentar. Sólo estar allí. Ir de un lado a otro como buscando algo que nunca se encuentra. Empezar a las 5 de la tarde y acabar a las 7 mientras la lavadora sigue sin ponerse. Ya te acordarás el lunes cuando abras el cajón y sólo tengas los calzoncillos de la Primera Comunión.
Tirarme en el sofá con un libro que no me gusta en la mano. Yo ya sé que no me gusta, pero es un libro que hay que leer. Un clásico, vamos. Pasar una página y empezar a bostezar, pasar la otra y coger en móvil en la mano. Volver a Internet. Repetir la operación durante siete meses.

Otra forma típica de perder el tiempo es ir al baño a hacer pis y quedarse delante del espejo, inmóvil, como redescubriéndose. Ver un punto negro que ayer no estaba y convertir tu cara en un mapamundi físico: con ríos, golfos, cabos, volcanes y cráteres. Y si es un sábado antes de salir, mejor que mejor. Y como el tiempo, queridos, no pasa gratuitamente, cada vez veo más claras esas arruguitas alrededor de los ojos, en el ceño, en la boca…esas mal llamadas marcas de expresión que las vendedoras de cosméticos te dicen que tienes para vender sus milagrosos productos que “de mujer a mujer, las arrugas no las quitan pero esas marcas de expresión en un plis plas”. Esta diferencia entre las marcas de expresión y las arrugas (¿qué son al fin y al cabo las arrugas?) da para un capítulo aparte, porque he oído y visto como a mujeres que me llevan 30 años les venden la misma moto de las “marcas de expresión”. Claro, de expresarse sesenta años.

También soy una asidua lectora de los ingredientes de los botes de champú. De los botes de champú y casi de cualquier cosa que cae en mis manos mientras me encuentro sentada en mi trono cual princesa. Como soy una persona curiosa, suelo buscar dichos ingredientes en internet (móvil en una mano, bote en la otra) para ver de qué demonios están compuestos los productos que utilizamos para nuestra higiene personal –geles, cremas, pastas de dientes y desodorantes incluidos-. La conclusión a la que he llegado es clara y aterradora: todo produce cáncer y enfermedades mortales. Por tanto, lo más sensato es dejar de ducharse con asiduidad para disponer de más tiempo, a la vez que disminuimos nuestras posibilidades de padecer una terrible enfermedad por saturación química.

Ir convencido a ordenar el armario, vaciarlo entero a brazadas, disponer la ropa encima de la cama como si estuvieses en el mercado del sábado. Pero, en lugar de ponerse a colocarlo inmediatamente después, decides revisar cada prenda, repasar su historia y probártelo todo para ver si te entra. Perder tiempo delante del espejo y luego no colocar nada. Volver a meter todo al montón y cerrar la puerta autoconvenciéndose de que “aquí no ha pasado nada”. A decir verdad hay que excluir de este grupo a las blogueras de moda que siempre encuentran auténticos tesoros en el armario de su abuela. Yo es que no soy nada de refajo.

Perder tiempo comiendo, sin hambre y sin necesidad. Comer porque sí, porque no tengo nada que hacer. Estoy convencida de que Falete y King África empezaron siendo personas con un montón de tiempo libre.

Pero luego hay formas más personales de perder el tiempo. Por ejemplo, yo he descubierto una súper entretenida: quitarse los pelos de las piernas con una pinza de depilar (de depilar las cejas, se entiende). Sí, lo reconozco, he llegado a depilarme la mitad de una pierna y una parcela de la salvaje selva negra con pinza. Se me dio por ahí un día que no tenía muy claro en qué invertir el tiempo y fue mi gran descubrimiento. He perdido horas y horas así, simplemente por no calentar un poco de cera, por aburrimiento, porque no tenía cosa mejor que hacer que convertirme al masoquismo depilatorio.

Si nos fijamos, la expresión que utilizamos la mayoría de las veces para referirnos a este tipo de ocupaciones absurdas es “matar el tiempo”. Una manifestación verbal de la imperiosa necesidad que sentimos los humanos de asesinarnos poco a poco, como si el tiempo, que no es más ni menos que nuestra vida, nos fuese un estorbo.
Dejemos claro que entretenerse no es lo mismo que perder el tiempo. Jugar al Candy Crush Saga sí. Y si además sois de los que mandáis invitaciones os merecéis la muerte química por champú.

Lo mejor para no tener que arrepentirse cuando ya no haya remedio es hacer una pequeña lista de cosas que haríamos si nos quedasen unos días de vida. Probablemente serían cosas menos complicadas, más sencillas y baratas de lo que nunca hemos pensado. Y sin embargo, las hacemos mucho menos de lo que deberíamos. Os paso algunas ideas:
          Besar. Da igual que sea a tu padre, tu madre o tu pareja. Besa y abraza a las personas que aprecias. La operación se puede acompañar de un “te quiero”. Lo que ocurre es que lo de decir te quiero en mi familia no se lleva mucho. Si mañana le digo a mi madre que la quiero no tarda cinco minutos en plantarse en el hospital para que le digan de qué enfermedad se trata.
          Hacer el amor. En este caso lo mejor es que sea con tu pareja. Si tu amante te pone mucho me vale. Pero que no se entere tu pareja.
          Acariciar: a tu mascota, tu padre, tu madre, tu pareja o a ti mismo. Acariciar es fantástico. Nunca nos paramos a pensar la cantidad de sensaciones positivas que experimentamos cuando acariciamos o somos acariciados.
          Leer. Leer de verdad, algo que te guste, es uno de los mayores placeres que nos da la vida. Leer te hace vivir situaciones y aventuras fantásticas, descubrir lugares, sentir el infinito amor, la desdicha y la alegría sin moverte de tu casa. Leer dianalopezvarela.blogspot.com.es te hace reír aunque se te haya muerto el canario. Y por supuesto,
          Reírse es una de las mayores ventajas de ser una persona y no un cactus. La risa es el mejor antídoto contra la depresión, el estrés o la ansiedad. Ríete del cabrón de tu jefe, de los ronquidos de tu padre, de la manera de hablar de tu vecina, de tu amigo borracho, pero sobre todo, ríete de ti mismo. Yo he aprendido a encontrarle el sentido del humor a mis innumerables desgracias. Y la verdad que contadas con gracia, son mucho menos dramáticas.
          Lo mismo pasa con el cine. A veces la inmensidad del mundo se reduce a una buena película o un buen libro.
          Pasa tiempo con tus amigos, llámalos y preocúpate. Nunca jamás dejes a tus amigos de lado por una pareja porque te arrepentirás. Y los amigos también se cansan de recogerte siempre en la estacada. Los buenos amigos son sagrados. Como el aborto.
          Hacer deporte. Sí, parece un coñazo, pero lo de que libera endorfinas es verdad. Hacer deporte no resta energía, todo lo contrario, te pone las pilas para todo el día. En este punto se pueden añadir otras tareas que te hagan sentir bien: ve a la peluquería, píntate las uñas, ponte guapo/a, ve a darte un masaje… haz cosas que te hagan sentir sexy y deseado. Quiérete y cuídate porque eres tu bien más preciado. Deja un bonito cadáver.
          Y, sobre todo, haz lo que te gusta. Deja de preocuparte por todo, de pensar en los demás y en el qué dirán. Deja de dar el coñazo con que no tienes dinero o no tienes tiempo. O una cosa o la otra. A más dinero menos tiempo, a no ser que seas un rico heredero. Invierte el dinero en disfrutar el poco tiempo libre que tengas o aprovecha el tiempo haciendo cosas que no necesitan de grandes inversiones de dinero.

Os dejo una reflexión de uno de mis libros preferidos La insporable Levedad del Ser de Milan Kundera. En un pasaje el autor nos explica cómo Tomás –el protagonista–  al no saber si proponerle a Teresa –su pareja- que se fuese a vivir con  él “se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería: El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto.”


Esmeraos en convertir vuestro boceto en una verdadera obra de arte. Dejad de perder el tiempo porque, como decían las Azúcar Moreno “sólo se vive una vez”.

  • http://www.blogger.com/profile/07464689969669345436 Gonzalo Monfort

    me ha agobiado un poco el tema de contar las horas… pero porque es cierto. Es muy difícil dejar de perder el tiempo. Pero coincido con parte de tu lista.

  • http://www.blogger.com/profile/02588604603112174783 bluepleasures

    Hola Diana! He llegado aquí como últimamente todos, a través de tu artículo a favor del aborto (muy bueno), y he seguido matando el tiempo leyéndote porque enganchas. Llegados a esta entrada ya me he visto en la obligación de comentar, me he sentido incluso muy identificada, extraño (hasta el punto de darme cuenta de que mis pasatiempos desarrollados hasta ahora coinciden, incluida la última que has confesado). Me encanta este libro de Kundera, y con la entrada de compartir piso (he compartido mucho, como tú), y con las notas de adolescencia, más de lo mismo. Aún así, si no me sintiera identificada, sea como sea, insisto en que enganchas.
    Y llevas mucha razón en tus reflexiones.
    Sigue escribiendo así para sacarnos alguna sonrisa, y algún recuerdo nostálgico, porque me voy a subscribir ahora mismo.

    Perdona el “tochaco”, pero acabo de sufrir uno de esos momentos de casualidades que me brinda el universo por encima de mi capacidad de comprensión.

    Curiosamente, de parte de otra Varela, saludos!

    PD. Como veo que eres una amante de las anécdotas, te añado también que hace un par de días conocí a una chica llamada Diana que había nacido a la misma hora del mismo día del mismo mes del mismo año que yo, y nuestra fecha es cap-i-cua encima. En fin…