La generación Campillo es aquella que vivió la época dorada del botellón pontevedrés, el incomparable, genuino, e inmejorable botellón del Campillo de Santa María. Una fiesta popular que durante las Peñas de agosto alcanzaba el nivel de Fiesta de Interés Turístico Nacional, Internacional e incluso, según el pedo, Espacial.
El Campillo proporcionaba a todos los jóvenes del momento un marco incomparable para la ingesta etílica. Su descampado de arena, piedras, cristales rotos y jeringas usadas te hacía sentir en el mismo Baltimore, sin salir de Pontevedra. Al mismo tiempo, era un sitio familiar, agradable, por eso el Concello, sabedor del incremento descontrolado de la maternidad juvenil en la ESO, había dispuesto unos columpios oxidados para poder pasar el sábado noche con los niños sin por ello, tener que renunciar al ocio en su modalidad más insana.

  
Antiguo Campillo de Pontevedra.
Foto del Blog “Beber para Olvidar”
El Campillo en reformas. Foto: El Mundo.
                                
Una de las mejores cosas del Campillo era aquella fuente turbia que se llenaba de meadas y calimocho durante Peñas y que servía como piscina municipal para practicar la conocida disciplina olímpica de lanzamiento de pringado al agua.
El Campillo tenía muchas cosas buenas, como sus soportales. Los soportales, pese a la aberración en que se ha convertido ahora la zona, siguen existiendo. Hay sólo tres arcos en los que, en teoría, no cabrían más de 100 personas apretadas, aunque los pontevedreses siempre hemos sido de retos difíciles, como nuestro presi, Louzán, por eso, si la lluvia hacía acto de presencia, éramos capaces de meter allí debajo hasta al mismísimo Ravachol con todo su séquito fúnebre.

Soportales del Campillo
                            
La zona del Campillo fue pionera en lo que a distribución parcelaria se refiere dentro de toda la comarca, eso sí, fue imposible acabar con el tradicional minifundismo gallego. Cada parte del Campillo pertenecía a una pandilla que, según el rango de malotismo de sus miembros, tenía que ser respetada por el resto de la comunidad. Había que tener claro, sobre todo, a quiénes pertenecían las parcelas de: Monte Porreiro, Marín, Campañó, Campelo y A Seca. Que estaban, más o menos, todas por la parte central que se encontraba frente a los soportales y bastante juntas, por aquello de no tener que desplazarse para darse de hostias.
Los raperos estaban en la zona del parque, junto a los columpios, con sus loros mazo grandes y sus improvisadas canciones de protesta social.
Luego estaban los porreros y otra casta de raperos, abajo de todo, pegados a los contenedores “a su puta bola” con sus enormes canutos que disimulaban el olor que emanaba de la mierda de los containers. Se encontraban al lado de las escaleras que bajaban hacia el Parador que eran lo más parecido a los aseos municipales. Era tal el caudal, que en su época gloriosa se decía que el río de meada que bajaba por las escaleras del Campillo podía atravesar la ría y llegar hasta  Lérez.
También había que respetar las zonas de los diferentes institutos de la ciudad, aunque algunos ya no estuviesen en edad de estar en él. Los de la Junquera II, que era el mío, solían estar por la parte de atrás, pegados al muro de contención desde el que se podía observar el estercolero de botellas y cartones que, en una batalla ganada contra la gravedad, no hacían más que enredarse en la maleza aumentando su volumen y dando color y olor al Campillo.
En las zonas próximas a las entradas/salidas estaba el resto de la gente de Pontevedra, porque era el lugar más seguro en caso de que a los de Campañó se les ocurriese pegarle a un tontito que resultaba ser primo del gitano más conflictivo realojado en Monte Porreiro.
 
GENERACIÓN CAMPILLO
Animado botellón en el Campillo.
Foto: La Voz de Galicia
                                          
Aunque las malotas eran especie nómada, recuerdo que durante una época intentaba evitar cruzarme con ellas porque eran personas bastante susceptibles que justificaban, con un amplio léxico, las ganas que tenían de abrirte la cabeza contra la fuente del Campillo: “puta”, “hija de” “guarra” y su derivación animalística como “cerda” y mi, preferida “zorra”. Me temo que no llegaron a pillar lo de que las zorras me parecía un halago, teniendo en cuenta que hablamos de mamíferos muy astutos, inteligentes, grandes cazadores e independientes y que yo soy una gran amante de los animales en general.
El Campillo, al igual que Carabás, forma parte de una generación, los que crecimos creyendo que podíamos cambiar el mundo discutiendo con Calitrón sobre política a las 3 de la mañana mientras intentaba racanearte el último sorbo de tu botella de Negrita . Una generación llena de ilusiones que probó las mieles del triunfo cuando el Pontevedra C.F. ascendió a segunda y que se dio de bruces con la cruel realidad cuando la vieja de la zona cerró y hubo que empezar a cargar con las bolsas desde el Hiperfroiz.
Una generación de gilipollas adolescentes que, para cuando se hicieron adultos, fueron exiliados a Mugartegui hasta verse obligados a sacar la cartera en los bares cuando ya aquello del botellón había sido prohibido en nuestra hermosa zona monumental y era necesario cruzar un puente para ver cómo se emborrachaban otros gilipollas adolescentes. 
 
Esto es lo que han hecho. Bonito, sí. Pero triste.
Foto: Roi Alonso