La salida de Carabás forma parte del patrimonio histórico y cultural de Pontevedra, al igual que las Ruinas de Santo Domingo, la Iglesia de la Virgen de La Peregrina o el Campillo de Santa María. Si los metros de calle que ocupa el portal número 6 de Cobian Roffignac hablasen, muchos pontevedreses tendrían que rehacer sus vidas lejos de la villa del Lérez.
Carabás fue, es, y seguirá siendo, un icono de la movida pontevedresa, el único lugar al que no importa que no te dejen entrar (si llevas zapatillas de deporte, camisa a cuadros, el eyeliner corrido o les parezca que puedes contagiar el virus del papiloma humano) porque, lo realmente importante, siempre ocurre afuera.
Hace mucho tiempo que no voy a Carabás, y la última vez que entré hacía varios años que no iba a gastar tarima con sensuales bailes etílicos. Sin embargo, fui el tiempo suficiente para atesorar en mi recuerdo momentos épicos de la historia de Carabás y de nuestras vidas, recuerdos que forman parte del imaginario colectivo pontevedrés. Porque, mal que nos pese, hemos crecido con Carabás, con sus peleas, su aforo dudosamente controlado, sus amigables porteros que se veían obligados a darte las hostias que tus padres no te daban en casa, y, su salida, el lugar y el momento donde tantos amores y odios se fraguaron.
Carabás
Fachada de la discoteca Carabás.
El entorno de Carabás no siempre fue tal como hoy lo conocemos. En mis tiempos mozos -hace más de una década, queridos- el bazar Asia Europa no existía, y todavía se estaba construyendo el edificio de Benigno Esperón donde hoy se encuentra alojado este bonito centro comercial chino. Recuerdo pasar horas bajo aquellos andamios cobijándome de la lluvia con un algún amor de la juventud deseando que la noche no acabase nunca. Las aceras tampoco tenían la anchura que tienen a día de hoy, y la carretera, era de doble sentido. Cuando nuestro alcalde decidió muy acertadamente humanizar la zona y ampliar las aceras protegiendo a los peatones con grandes esferas de piedra, hubo algún despistado que, en un desesperado intento de quemar rueda delante de Carabás, se empotró contra unas cuantas bolas y las arrancó de cuajo junto con gran parte de su Golf tunero. Después de aquello, las enormes piedras fueron sustituidas por unas elegantes barras de acero.
Por supuesto, esto ocurrió hace algunos años, un sábado noche a la salida de Carabás, el momento perfecto  para hacerte notar, para aparecer por allí como quien no quiere la cosa, aunque acabases de salir de la cama con 40 de fiebre solamente para acudir a semejante reunión social. Porque no ir a la salida de Carabás te relegaba al último puesto en la escala social de Pontevedra, al lugar de los friquis, los no-populares, pasto del odio de los amantes del bullying escolar.
De hecho, el entorno de la discoteca era la zona perfecta para saldar cuentas con los enemigos del instituto, en una sucesión de reyertas que, muchas veces, empezaban dentro de la sala al ritmo chumba chumba del pincha carabasiano. Cuando los porteros conseguían echar a los implicados con varios dientes partidos, la trifulca continuaba en la calle animando a los viandantes que simplemente pasaban por allí para ir a Barcelos a recoger su coche. Una pelea en Pontevedra difícilmente se queda como un asunto personal entre dos individuos, porque aquí, cual reino de taifas, la gente se agrupa para pelearse por aldeas, e incluso, por parroquias. En Carabás, el hecho de que un chico te tocase el trasero podía provocar que una masa enfurecida, amiga del muchacho al que supuestamente gustabas –y por tanto, pertenecías, aún sin saberlo-, se fuese hasta la salida a partirle las piernas. En mi caso, no debía gustarle tanto al malote que me pretendía, porque sólo le partieron algunas costillas al chaval que me había hablado. La ambulancia vino, como muchos fines de semana, a recoger varios cadáveres a la salida de Carabás.
En sus buenos tiempos, la parte alta de Cobian Roffignac era un sitio donde la gente se esperaba para darse de hostias. Literalmente. “¿Cari, vienes conmigo a pasear a la luz de la luna en esta hermosa noche de sábado?” “No puedo, que quedé a la salida de Carabás para partirme la cara con un tío que me saca dos cabezas”. Ha habido tantas peleas a la salida de Carabás que, cuando las generaciones del futuro envíen arqueólogos a la zona, podrán reconstruir perfectamente las facciones de los jóvenes de entre 16 y 20 años de Pontevedra, gracias a la recogida de incisivos amontonados en las inmediaciones de la sala.
También encontrarán muchos mechones de pelo y extensiones de mujeres cuasi alopécicas a día de hoy. Y navajas, gracias a las que se podrán descubrir qué tipo de aleación utilizaban los antiguos en la construcción de sus armas. En Pontevedra muchas navajas vienen de Marín, que son los que más manejan y para algo tienen puerto por donde realizar el tráfico ilegal de armas blancas.
Yo, que era más caguica que Mario Vaquerizo, también llegué a temer por mi integridad física. Con 15 años, me acongojaba bastante la idea de que alguna de aquellas macarras cumpliese su amenaza de clavarme un pincho sólo por haberme dado unos cuantos besos de tornillo con el ex de la amiga de la prima de una supercolega. De Marín, para más inri. Y claro, una que era inocente y no podía atender a todo, se morreaba delante de Carabás, el error que provocaba que tu vida pendiese de un hilo.
Si conseguías que no hubiese nadie que te quisiese ver muerto por estar con el/la chico/chica que te gustaba, entonces la salida de Carabás era un lugar idílico para dar rienda suelta a la pasión adolescente. Lo más habitual era sentarse en las escaleras de San Francisco, y magrearse con el animal en cuestión, entre restos de orines, vomitonas, y otras parejas haciendo lo mismo. Sé que ahora puede resultar desagradable, porque de hecho lo era, pero entre que no había casa, ni coche, y tenías Carabás ahí al lado por si pasaba algo interesante, no os quepa duda que era la mejor opción posible.
Carabás

 

Carabás

Escaleras del Convento de San Francisco

Las inmediaciones del convento también servían para fumar porros, llorar desconsoladamente porque habías visto al chico que te gustaba dándose el lote con una zorra en el puente de Carabás y para romper relaciones mientras tus amigas te esperaban abajo para irse a tomar unas jarras radioactivas al bar de abajo.
Si eras un pobre desgraciado de la periferia –como yo- eran tus padres los que te esperaban puntualmente a la salida de Carabás. Justo a la hora de cierre de la “sesión light”, las 12 de la noche (posteriormente, creo que se pasó a la 1), aquello se llenaba de coches con padres que iban a recoger a sus pequeños delincuentes, con la misma confianza y tranquilidad depositada en Carabás que en los institutos públicos de la ciudad.
Siendo sinceros, lo peor de la salida de Carabás era que no podía ser eterna. Cuando aquella tremenda marabunta se dispersaba, sabías que, lo mejor, había acabado hasta el sábado siguiente.

Aunque ya no me guste el ambiente poligonero de ese tipo de discotecas, es bueno recordar y honrar aquello que a uno lo hizo feliz. Larga vida a Carabás.

Y esto es lo que sale en la buscador de imágenes, cuando pones “Carabás Pontevedra” en Google. Uno de los personajes número 1 de Pontevedra, el señor Carro, sosteniendo un condón. Que me lo explique.
La salida de Carabás forma parte del patrimonio histórico y cultural de Pontevedra, al igual que las Ruinas de Santo Domingo, la Iglesia de la Virgen de La Peregrina