Si algo he aprendido en los último meses,  es que los comerciales son los curas del sigo XXI. Con su pertinaz sermón se autoerigen expertos en las más variadas materias para alcanzar su propósito de venderte por encima de tus necesidades. Ahora me acuerdo de aquellos vendedores de enciclopedias que venían por mi casa cuando era pequeña y nunca consiguieron que mi madre le comprase una a la niña “para sus estudios”. Y aquí me tenéis, a mis labores.



Desde bastante antes de abrir las puertas del renovado negocio familiar, al que vine a parar hace más de dos años por aquello de que mi padre se hiciese cargo de mi Seguridad Social, mis honorarios,  y el seguro del coche mientras me salía algo digno de lo mío –pero este es otro tema- ha ido desfilando por mi oficina un goteo constante de hombrecillos bien vestidos y perfumados, que me han adulado hasta hacerme sentir la más guapa del baile. Y digo hombres, porque de no ser por una mujer que vino a ofrecerme impresoras –con una agresividad comercial bastante propia del género masculino- absolutamente, la totalidad del otro centenar eran varones.
Mi duda ahora, es si debería atribuir esta circunstancia a una impresionante estrategia de mercadotecnia empresarial en el caso de que alguien haya estudiado mi pasado como heterosexual nada reprimida, o es que a las mujeres no se nos da tan bien eso de vender humo.
Yo, muy borde cuando me hartan, he alcanzado una tolerancia inaudita a las diatribas ajenas que me haría sobrevivir a un discurso del mismísmo comandante Fidel Castro. De hecho, alguno de esos días en que pasaba las horas asintiendo con la cabeza de manera automática y pensaba en cómo coño a mi madre le quedan tan limpias las juntas de silicona de la bañera, casi se me escapa un ¡VIVA LA REVOLUSIÓN! puño alzado, cuando mi preciado interlocutor decidía levantar el culo y dejarme su tarjeta de visita para mi colección de cosas que nunca encuentro.
Por supuesto, aunque muchos de ellos aparecieron después de un contacto previo con una compañía a la que requerí sus servicios, previa negociación, se entiende, muchos otros vinieron por iniciativa propia, como esos Testigos de Jehová que intentan comprar tu fe con revistas y posters ilustrados con la foto de un Jesucristo hipermegacachondo que podría llegar a meterse en tu cama al grito de “Sálvame Mi Señor de esta falta de varón”.
Cualquier comercial que se precie tiene que tener una cualidad indispensable para poder realizar su trabajo: jeta, mucha jeta. Como un buen periodista, vamos. Pero entre echarle narices para intentar vender tu producto a caer en el hartazgo y la desesperación hay un límite que nunca se debería sobrepasar.  Esos que te llaman para recordarte, día tras día, que habéis quedado en reuniros para hablar de “eso que tenemos entre manos”, cuando tú lo único que le has dicho es algo tan típico, pero no por ello menos necesario, como eso de “ya te llamaré”. Y ahí, es donde yo encuentro el problema de que la mayor parte de los comerciales sean hombres. Porque un hombre nunca acepta un no por respuesta. Sois malos perdedores, os duele el ego, que lo sé yo. La comisión tendrá algo que ver, pero he leído en muchos ojos la frustración de que una chica joven diga “no te lo voy a comprar” o “llévatelo de vuelta”. Perdone, señorita, ¿y el jefe? El jefe soy yo, mamonazo, que para algo vivo dentro de la nave/mausoleo de mi padre, que, de seguir así, me voy a traer las bolas chinas para poder desconectar entre comercial y comercial.
Los hay chulos, también, que si te mosqueas porque has comprado algo aconsejada por su supuesta pericia en el asunto y luego te das cuenta que te han dado gato por liebre o, simplemente, que es una pérdida de dinero porque no va a repercutir en mejorar tu negocio, se rebotan. Y a mí, que se me rebote una persona a la que le estoy pagando o le voy a pagar por hacer bien su puto trabajo me levanta ciertas asperezas en los modales.
Aunque pueda parecer lo contrario, no todos me caen mal. De hecho, he hecho (y a lo hecho, pecho) un montón de nuevos amigos que me dan para irme de cañas cada día con alguien diferente y no repetir hasta el año que viene. Son tan amigos que espero que sigan ahí después de la correspondiente domiciliación/transferencia  bancaria, porque los amigos están para la bueno y lo malo, y a mí no me gusta tener que recordarle a mis colegas la mala hostia que puedo llegar a tener si no se portan bien conmigo después de haber sido yo tan maja y riquiña con ellos.