Mes: septiembre 2013

A pelo

A pelo es una actitud, una forma de vida, es un talante propiamente español que forma parte de nuestra idiosincrasia como pueblo y que nos distingue, vaya si nos distingue, de otras formas de vida más cautas y sensatas como las de los países nórdicos, a cuyos habitantes nunca verás salir en chanclas a la calle en el mes de octubre.
A pelo es una forma de vivir la vida sin miedo, con dos cojones, sin pensar en las consecuencias de nuestros actos por nefastas que estas pudieran llegar a ser. 
Vivir a pelo es vivir al límite. Es rock&roll.
Y a pelo hacemos tantas cosas que merece la pena repasarlas, preguntarse el por qué, buscar en nuestro fuero interno ese instinto animal que nos empuja a actuar de una manera tan irreflexiva en situaciones potencialmente letales.
Quien no ha follado a pelo, por ejemplo, es quien nunca ha follado. Miles de personas follan a pelo tan alegremente cada día en el planeta tierra, como animales, como sucias alimañas que sólo piensan en encajar las peras con las manzanas, las manzanas con las manzanas, las peras con las peras o hacer una macedonia completa. Y yo me pregunto, ¿sois conscientes de que Mariano Rajoy Brey es obra de un polvo echado a pelo? ¿Os imagináis a esos padres opusinos copulando como conejos con la fatal consecuencia del nacimiento de nuestro presidente? ¿Qué culpa tenemos el resto de los mortales de la imprudencia de una pareja que no supo poner barreras a sus ansias de cópula sin protección? ¿Quién nos paga a nosotros el daño generado? ¿Gallardón?
Y lo siento, chicos, pero la culpa es casi siempre de los hombres. Con la puñetera excusa de “sólo la puntita” hemos nacido más de la mitad de los que estamos aquí y las clínicas de Londres se hicieron famosas en el mundo entero. Di no a la puntita. Póntelo, pónselo.

Mariano Rajoy, producto de un polvo echado a pelo.

Otra cosa que se hace mucho a pelo es beber alcohol. Del duro. Del que resucitaría al mismísimo Papuchi y lo pondría a follar a pelo. Porque una cosa lleva a la otra, uno está borracho y piensa que meterse en un carrito de la compra y dejarse tirar por la cuesta de las Cinco Calles es algo súper lógico. Y luego vienen los llantos. Y las ambulancias. Y los funerales. Y los llantos de nuevo. Y para el año el amigo del difunto se tira por él, para recordarlo.
La costumbre tan manida de tomarse veintiocho chupitos de tequila a pelo casi nunca sale bien. El tequila ya de por sí, es una bebida altamente alcohólica que, en Pontevedra, además, nos gusta combinar con ron, vodka y ginebra (el famoso chupito RTVG). Cualquier persona medianamente prudente abortaría la idea de tomar semejante veneno, pero aquí no, aquí te tomas uno de esos, luego tequila solo, después uno de los que sirven con fuego, y a pedir otra ronda que aquí todo dios paga así nos salga el alcohol por las orejas. También se bebe mucho a pelo el licor café, que es a los gallegos lo que el aceite de oliva a los andaluces. Se usa para aderezarlo todo: una comida familiar, una boda, una despedida de soltero, una despedida de casado, una jubilación y la comunión del niño (es importante que el niño también beba para “hacerlo hombre”). Recuerdo que un día alguien me vio mezclando licor café con cola y casi me retira el saludo. “El licor café, se bebe a pelo o no se bebe”, me dijo, mirándome con odio.
Aparte de consumir alcohol y tener sexo, cosas que llevan el apellido “a pelo” en el propio DNI, se hacen muchas más cosas sin protección, cotidianamente, en las que apenas reparamos. Por ejemplo, salir a la calle sin paraguas. En Galicia. Un sábado por la noche. Es una cosa que yo, particularmente, hago siempre. Y no llevo paraguas porque me parece un incordio, una barrera artificial que me impide disfrutar de la noche y que me genera una preocupación constante ante la inminente pérdida/robo del  mismo. Pero sobre todo, porque aquí, el hecho de que empiece a chispear es un claro aviso de los astros para ponerse a resguardo y dejarse de estúpidos paragüitas que usan los habitantes de fuera de la cornisa cantábrica. Porque aquí no llueve, aquí hay temporal, día sí y día también. Y cualquier día de tempestad es frecuente observar a las señoras que salen de la plaza luchando contra la lluvia y los vientos huracanados mientras intentan proteger sus bolsas y su permanente bajo un endeble paraguas. Cuando amaina, los cadáveres de lona y aluminio pueden observarse abandonados en papeleras y jardines de toda la ciudad. Por eso, es mejor mojarse, despeinarse o desmaquillarse a tener que librar una batalla cuerpo a cuerpo entre tu paraguas de los chinos como escudo y un temporal gallego.

Típicas señoras gallegas luchando contra el típico temporal gallego.

Y ya que me pongo a hablar de fenómenos climatológicos, otra operación que hacemos con demasiada frecuencia a pelo es tomar el sol. Llegas a la playa, sientes la brisa, esa brisa puta de A Lanzada que tan bien conoces y que sabes que te va a dejar seco en cuanto te despistes, pero lo primero que haces es tirarte en la toalla y cerrar los ojos. A lo bonzo. Echarse crema es un coñazo, cansa mogollón, es una tortura por la que los pobres sin asistente o pareja complaciente tenemos que pasar. Y mientras te acomodas en la toalla te repites “ya me echaré crema, está bastante nublado, puedo esperar, puedo esperar…”  te quedas, como era de esperar, frito, bajo un sol de justicia, sin ninguna protección entre tu epidermis y el suave sol de las Rías Baixas. Te quedas tan frito que para cuando te despiertas (dos hora después) ya notas el ligero picor, esa tenue sensación de fuego en tu piel y el que no quiso echarte crema antes te dice “¡dios mío cómo estás, te has quemado muchísisisisisimo!”. Con el miedo y la culpa en el cuerpo te aplicas de manera totalmente irracional dos litros de la crema cuya única función ahora es cocer la piel abrasada. El daño ya está hecho. Otro año más, hasta que no puedas quejarte del melanoma que te has ido ganando a pulso.
Guiri quemado después de quedarse dormido en A Lanzada.
Acudir a exámenes es otra de las cosas que nos encanta practicar sin tener el más mínimo conocimiento, por si caen las cinco primeras líneas de la primera y única clase a la que fuiste de esa asignatura cuyo nombre tan largo eres incapaz de  reproducir y de la que además, no te dignaste, tan siquiera, a pedir los apuntes. Y te sientas allí, confiado, pensando en grandes gestas de la humanidad que fueron obra de un golpe de suerte o de un buen compañero muy listo con letra grande y codo giratorio. Y entonces te sientan en primera fila con dos puestos libres a cada lado y lees las preguntas del examen que te suenan a chino o, peor, a inglés de la alcaldesa de Madrid. Pero te quedas porque tienes dignidad y crees que si las lees mucho; mucho, mucho, algo se te ocurrirá. Porque todos sabemos que la física cuántica tiene grandes aplicaciones en la vida cotidiana y teniendo en cuenta que los presocráticos aprendieron y trasmitieron tanto conocimiento simplemente observando el entorno, te quedas dos horas mirando el papel en blanco, pensando eso sí, en que todo sería más fácil de haber nacido en la Grecia Clásica.
Para cuando dejes de acudir a exámenes te habrás convertido en un adulto experto en realizar todo tipo de chapuzas en el hogar y en el trabajo. Cortar cables sin tener ni puñetera idea para empalmar el enchufe de la cocina con la nevera o para robar un poco de electricidad del poste de enfrente, colocar lámparas con puntiagudas bases subiéndose a una silla coja, taladrar tabiques sin saber por dónde pasan las tuberías del agua, podar árboles en cualquier época del año o provocar hogueras en el horno intentado cocinar un churrasco a la brasa. Y muchas veces, justo después de haberte tomando dos chupitos de licor café. A pelo.

GENERACIÓN CAMPILLO

La generación Campillo es aquella que vivió la época dorada del botellón pontevedrés, el incomparable, genuino, e inmejorable botellón del Campillo de Santa María. Una fiesta popular que durante las Peñas de agosto alcanzaba el nivel de Fiesta de Interés Turístico Nacional, Internacional e incluso, según el pedo, Espacial.
El Campillo proporcionaba a todos los jóvenes del momento un marco incomparable para la ingesta etílica. Su descampado de arena, piedras, cristales rotos y jeringas usadas te hacía sentir en el mismo Baltimore, sin salir de Pontevedra. Al mismo tiempo, era un sitio familiar, agradable, por eso el Concello, sabedor del incremento descontrolado de la maternidad juvenil en la ESO, había dispuesto unos columpios oxidados para poder pasar el sábado noche con los niños sin por ello, tener que renunciar al ocio en su modalidad más insana.

  
Antiguo Campillo de Pontevedra.
Foto del Blog “Beber para Olvidar”
El Campillo en reformas. Foto: El Mundo.
                                
Una de las mejores cosas del Campillo era aquella fuente turbia que se llenaba de meadas y calimocho durante Peñas y que servía como piscina municipal para practicar la conocida disciplina olímpica de lanzamiento de pringado al agua.
El Campillo tenía muchas cosas buenas, como sus soportales. Los soportales, pese a la aberración en que se ha convertido ahora la zona, siguen existiendo. Hay sólo tres arcos en los que, en teoría, no cabrían más de 100 personas apretadas, aunque los pontevedreses siempre hemos sido de retos difíciles, como nuestro presi, Louzán, por eso, si la lluvia hacía acto de presencia, éramos capaces de meter allí debajo hasta al mismísimo Ravachol con todo su séquito fúnebre.

Soportales del Campillo
                            
La zona del Campillo fue pionera en lo que a distribución parcelaria se refiere dentro de toda la comarca, eso sí, fue imposible acabar con el tradicional minifundismo gallego. Cada parte del Campillo pertenecía a una pandilla que, según el rango de malotismo de sus miembros, tenía que ser respetada por el resto de la comunidad. Había que tener claro, sobre todo, a quiénes pertenecían las parcelas de: Monte Porreiro, Marín, Campañó, Campelo y A Seca. Que estaban, más o menos, todas por la parte central que se encontraba frente a los soportales y bastante juntas, por aquello de no tener que desplazarse para darse de hostias.
Los raperos estaban en la zona del parque, junto a los columpios, con sus loros mazo grandes y sus improvisadas canciones de protesta social.
Luego estaban los porreros y otra casta de raperos, abajo de todo, pegados a los contenedores “a su puta bola” con sus enormes canutos que disimulaban el olor que emanaba de la mierda de los containers. Se encontraban al lado de las escaleras que bajaban hacia el Parador que eran lo más parecido a los aseos municipales. Era tal el caudal, que en su época gloriosa se decía que el río de meada que bajaba por las escaleras del Campillo podía atravesar la ría y llegar hasta  Lérez.
También había que respetar las zonas de los diferentes institutos de la ciudad, aunque algunos ya no estuviesen en edad de estar en él. Los de la Junquera II, que era el mío, solían estar por la parte de atrás, pegados al muro de contención desde el que se podía observar el estercolero de botellas y cartones que, en una batalla ganada contra la gravedad, no hacían más que enredarse en la maleza aumentando su volumen y dando color y olor al Campillo.
En las zonas próximas a las entradas/salidas estaba el resto de la gente de Pontevedra, porque era el lugar más seguro en caso de que a los de Campañó se les ocurriese pegarle a un tontito que resultaba ser primo del gitano más conflictivo realojado en Monte Porreiro.
 
GENERACIÓN CAMPILLO
Animado botellón en el Campillo.
Foto: La Voz de Galicia
                                          
Aunque las malotas eran especie nómada, recuerdo que durante una época intentaba evitar cruzarme con ellas porque eran personas bastante susceptibles que justificaban, con un amplio léxico, las ganas que tenían de abrirte la cabeza contra la fuente del Campillo: “puta”, “hija de” “guarra” y su derivación animalística como “cerda” y mi, preferida “zorra”. Me temo que no llegaron a pillar lo de que las zorras me parecía un halago, teniendo en cuenta que hablamos de mamíferos muy astutos, inteligentes, grandes cazadores e independientes y que yo soy una gran amante de los animales en general.
El Campillo, al igual que Carabás, forma parte de una generación, los que crecimos creyendo que podíamos cambiar el mundo discutiendo con Calitrón sobre política a las 3 de la mañana mientras intentaba racanearte el último sorbo de tu botella de Negrita . Una generación llena de ilusiones que probó las mieles del triunfo cuando el Pontevedra C.F. ascendió a segunda y que se dio de bruces con la cruel realidad cuando la vieja de la zona cerró y hubo que empezar a cargar con las bolsas desde el Hiperfroiz.
Una generación de gilipollas adolescentes que, para cuando se hicieron adultos, fueron exiliados a Mugartegui hasta verse obligados a sacar la cartera en los bares cuando ya aquello del botellón había sido prohibido en nuestra hermosa zona monumental y era necesario cruzar un puente para ver cómo se emborrachaban otros gilipollas adolescentes. 
 
Esto es lo que han hecho. Bonito, sí. Pero triste.
Foto: Roi Alonso
                                     
    

LA SALIDA DE CARABÁS

La salida de Carabás forma parte del patrimonio histórico y cultural de Pontevedra, al igual que las Ruinas de Santo Domingo, la Iglesia de la Virgen de La Peregrina o el Campillo de Santa María. Si los metros de calle que ocupa el portal número 6 de Cobian Roffignac hablasen, muchos pontevedreses tendrían que rehacer sus vidas lejos de la villa del Lérez.
Carabás fue, es, y seguirá siendo, un icono de la movida pontevedresa, el único lugar al que no importa que no te dejen entrar (si llevas zapatillas de deporte, camisa a cuadros, el eyeliner corrido o les parezca que puedes contagiar el virus del papiloma humano) porque, lo realmente importante, siempre ocurre afuera.
Hace mucho tiempo que no voy a Carabás, y la última vez que entré hacía varios años que no iba a gastar tarima con sensuales bailes etílicos. Sin embargo, fui el tiempo suficiente para atesorar en mi recuerdo momentos épicos de la historia de Carabás y de nuestras vidas, recuerdos que forman parte del imaginario colectivo pontevedrés. Porque, mal que nos pese, hemos crecido con Carabás, con sus peleas, su aforo dudosamente controlado, sus amigables porteros que se veían obligados a darte las hostias que tus padres no te daban en casa, y, su salida, el lugar y el momento donde tantos amores y odios se fraguaron.
Carabás
Fachada de la discoteca Carabás.
El entorno de Carabás no siempre fue tal como hoy lo conocemos. En mis tiempos mozos -hace más de una década, queridos- el bazar Asia Europa no existía, y todavía se estaba construyendo el edificio de Benigno Esperón donde hoy se encuentra alojado este bonito centro comercial chino. Recuerdo pasar horas bajo aquellos andamios cobijándome de la lluvia con un algún amor de la juventud deseando que la noche no acabase nunca. Las aceras tampoco tenían la anchura que tienen a día de hoy, y la carretera, era de doble sentido. Cuando nuestro alcalde decidió muy acertadamente humanizar la zona y ampliar las aceras protegiendo a los peatones con grandes esferas de piedra, hubo algún despistado que, en un desesperado intento de quemar rueda delante de Carabás, se empotró contra unas cuantas bolas y las arrancó de cuajo junto con gran parte de su Golf tunero. Después de aquello, las enormes piedras fueron sustituidas por unas elegantes barras de acero.
Por supuesto, esto ocurrió hace algunos años, un sábado noche a la salida de Carabás, el momento perfecto  para hacerte notar, para aparecer por allí como quien no quiere la cosa, aunque acabases de salir de la cama con 40 de fiebre solamente para acudir a semejante reunión social. Porque no ir a la salida de Carabás te relegaba al último puesto en la escala social de Pontevedra, al lugar de los friquis, los no-populares, pasto del odio de los amantes del bullying escolar.
De hecho, el entorno de la discoteca era la zona perfecta para saldar cuentas con los enemigos del instituto, en una sucesión de reyertas que, muchas veces, empezaban dentro de la sala al ritmo chumba chumba del pincha carabasiano. Cuando los porteros conseguían echar a los implicados con varios dientes partidos, la trifulca continuaba en la calle animando a los viandantes que simplemente pasaban por allí para ir a Barcelos a recoger su coche. Una pelea en Pontevedra difícilmente se queda como un asunto personal entre dos individuos, porque aquí, cual reino de taifas, la gente se agrupa para pelearse por aldeas, e incluso, por parroquias. En Carabás, el hecho de que un chico te tocase el trasero podía provocar que una masa enfurecida, amiga del muchacho al que supuestamente gustabas –y por tanto, pertenecías, aún sin saberlo-, se fuese hasta la salida a partirle las piernas. En mi caso, no debía gustarle tanto al malote que me pretendía, porque sólo le partieron algunas costillas al chaval que me había hablado. La ambulancia vino, como muchos fines de semana, a recoger varios cadáveres a la salida de Carabás.
En sus buenos tiempos, la parte alta de Cobian Roffignac era un sitio donde la gente se esperaba para darse de hostias. Literalmente. “¿Cari, vienes conmigo a pasear a la luz de la luna en esta hermosa noche de sábado?” “No puedo, que quedé a la salida de Carabás para partirme la cara con un tío que me saca dos cabezas”. Ha habido tantas peleas a la salida de Carabás que, cuando las generaciones del futuro envíen arqueólogos a la zona, podrán reconstruir perfectamente las facciones de los jóvenes de entre 16 y 20 años de Pontevedra, gracias a la recogida de incisivos amontonados en las inmediaciones de la sala.
También encontrarán muchos mechones de pelo y extensiones de mujeres cuasi alopécicas a día de hoy. Y navajas, gracias a las que se podrán descubrir qué tipo de aleación utilizaban los antiguos en la construcción de sus armas. En Pontevedra muchas navajas vienen de Marín, que son los que más manejan y para algo tienen puerto por donde realizar el tráfico ilegal de armas blancas.
Yo, que era más caguica que Mario Vaquerizo, también llegué a temer por mi integridad física. Con 15 años, me acongojaba bastante la idea de que alguna de aquellas macarras cumpliese su amenaza de clavarme un pincho sólo por haberme dado unos cuantos besos de tornillo con el ex de la amiga de la prima de una supercolega. De Marín, para más inri. Y claro, una que era inocente y no podía atender a todo, se morreaba delante de Carabás, el error que provocaba que tu vida pendiese de un hilo.
Si conseguías que no hubiese nadie que te quisiese ver muerto por estar con el/la chico/chica que te gustaba, entonces la salida de Carabás era un lugar idílico para dar rienda suelta a la pasión adolescente. Lo más habitual era sentarse en las escaleras de San Francisco, y magrearse con el animal en cuestión, entre restos de orines, vomitonas, y otras parejas haciendo lo mismo. Sé que ahora puede resultar desagradable, porque de hecho lo era, pero entre que no había casa, ni coche, y tenías Carabás ahí al lado por si pasaba algo interesante, no os quepa duda que era la mejor opción posible.
Carabás

 

Carabás

Escaleras del Convento de San Francisco

Las inmediaciones del convento también servían para fumar porros, llorar desconsoladamente porque habías visto al chico que te gustaba dándose el lote con una zorra en el puente de Carabás y para romper relaciones mientras tus amigas te esperaban abajo para irse a tomar unas jarras radioactivas al bar de abajo.
Si eras un pobre desgraciado de la periferia –como yo- eran tus padres los que te esperaban puntualmente a la salida de Carabás. Justo a la hora de cierre de la “sesión light”, las 12 de la noche (posteriormente, creo que se pasó a la 1), aquello se llenaba de coches con padres que iban a recoger a sus pequeños delincuentes, con la misma confianza y tranquilidad depositada en Carabás que en los institutos públicos de la ciudad.
Siendo sinceros, lo peor de la salida de Carabás era que no podía ser eterna. Cuando aquella tremenda marabunta se dispersaba, sabías que, lo mejor, había acabado hasta el sábado siguiente.

Aunque ya no me guste el ambiente poligonero de ese tipo de discotecas, es bueno recordar y honrar aquello que a uno lo hizo feliz. Larga vida a Carabás.

Y esto es lo que sale en la buscador de imágenes, cuando pones “Carabás Pontevedra” en Google. Uno de los personajes número 1 de Pontevedra, el señor Carro, sosteniendo un condón. Que me lo explique.
La salida de Carabás forma parte del patrimonio histórico y cultural de Pontevedra, al igual que las Ruinas de Santo Domingo, la Iglesia de la Virgen de La Peregrina