Últimamente he estado reflexionando sobre la cantidad de tiempo que perdemos hablando del pasado, rememorando con infinita pasión los gloriosos momentos vividos y maquillando otros que no lo fueron tanto.
Aprovechamos cualquier reunión para perder nuestro valioso y escaso tiempo recordando, valga la redundancia, viejos tiempos de manera compulsiva (cuando no quedamos directamente para eso): “¿Te acuerdas de la Señorita Pepi en el cole?”; “¿Recuerdas el primer beso que le di a Jaimito en el recreo hace 20 años?” “¿Y el primer día de facultad?…Éramos tan jóvenes, tan ilusos, pensábamos que teníamos el mundo a nuestros pies”.
Carcas, más que carcas. Nos estamos viejunizando y lo sabemos. Es nuestra obligación moral seguir saliendo cada fin de semana y liarla sin miedo al qué dirán para no vivir una vida acabada en lo social. Una existencia anodina, aburrida, llena de un bonito pasado pero con un futuro en el que habrá poco que recordar. Cualquier momento es ideal para quemar los últimos cartuchos, porque desgraciadamente estamos aquí de paso, y la muerte no entiende de vidas desaprovechadas.
Según la siempre iluminadora Wikipedia, la palabra nostalgia proviene del griego clásico y significa “regreso” y “dolor”. Eso, de entrada, a mí me da mal rollo. Es la necesidad de anhelo por un momento. Implica el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. No es exactamente una enfermedad, pero puede conllevar síntomas. Es un echar de menos “lo que no somos”, aceptando, de esta manera, que estamos incompletos, que algo de nosotros ha quedado por el camino y la única manera de volver a ello es recordándolo constantemente.
Muchos pensadores y artistas han hablado de este sentimiento a lo largo de la historia, dejando frases tan sabias que parecen arrancadas de mi propia lengua:
“No hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió” (Joaquín Sabina).
Versión morriña, de la que se nutren los nacionalismos, por Homero: “No hay nada tan dulce como la patria y los padres propios, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana la mansión más opulenta”. Y en su forma práctico-paleta: “Mamá, se me han acabado el jamón serrano y los chorizos que me mandaste por Navidad, please come back.”
“No perdáis vuestro tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestras horas, vuestro minutos. Las alegrías son como flores que la lluvia mancha y el viento deshoja” (Edmond Gouncount).
“El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar o lo que pretendes recordar” (Harold Pinter).
Pero, sin duda, la que mejor representa lo que sucede con un abuso continuado del recuerdo es ésta de Enrique Múgica: “La añoranza es el camino previo a convertirse en estatua de sal”.
Junto con el proverbio ruso “Añorar el pasado es correr tras el viento” que da título a mi entrada.
La nostalgia, vivida de esta forma obsesiva, es un quiero y no puedo, es perderse en el laberinto del tiempo con la consecuencia de no poder salir de él sin sufrir, añorando un regreso imposible. Algunas personas descubren tal pasión que lo convierten en una forma de vivir, un refugio para su incomprensible vida, un exilio interior que llena los VACÍOS de su existencia.
Hay personas que padecen otro tipo de “nostalgia”, incluso peor, aquella que conlleva el miedo a que determinados momentos negativos del pasado puedan repetirse o simplemente no puedan superarse jamás. Se trata de personas que se recrean en el dolor y conducen su vida mediante la evitación de situaciones, limitando enormemente las posibilidades de cambiar sus rumbos.
Volver a las cosas que algún día te hicieron felices puede dar lugar a que te lleves una decepción. Hay cosas que, para no romperse, necesitan permanecer en el recuerdo. Como cuando recuerdas  lugares u objetos fascinantes a los que accediste de pequeño, y cometes el error de volver a ellos en un vano intento de sentir las mismas emociones. El resultado acostumbra a ser, casi siempre, decepcionante: ni Bragalandia era tan impresionante (risas), ni el futbolín que te regalaron en tu noveno cumpleaños –y has decido rescatar del trastero en un ataque de nostalgia- era mejor que el del chino de enfrente. Los buenos recuerdos son como los muertos: hay que dejarlos descansar en paz y no intentar revivirlos desesperadamente.  
Esto no significa, en absoluto, depreciar el pasado. Pero tenemos que permitirnos vivir el presente para en el futuro gozar de buenos recuerdos. Lo de vivir anclados en el pasado les pasa a los depresivos, a los franquistas y a Karina.
Estas personas tienen un miedo implícito a cambiar el orden de las cosas, a arriesgar. Es fácil añorar episodios de la niñez, de la adolescencia o de los estados de “ebriedad amorosa”, porque son momentos difusos de los que, más que un recuerdo, guardamos una especie de regusto a adrenalina de la primera vez que nos sucede algo… y cuanto más nos regodeamos en el pasado más se ancla en nosotros la angustiosa sensación de que eso ya no se nos está permitido. Y no nos damos cuenta de que, simplemente, ya no somos aquel adolescente de 15 años. Y tampoco queremos creer que éramos igual de repelentes que los que ahora se comen la boca cada noche en el portal de tu edificio, cuando llegas hasta los mismísimos de aguantar al respetable de tu jefe.
Lo que es de verdad, irrefutable, es que hasta que los acontecimientos han pasado y podemos reflexionar sobre ellos no sabemos cuán felices o desgraciados fueron. Por tanto, es estúpido estar analizándolo todo con la intención de compararlo con el pasado. Como un buen historiador, hay que saber distanciarse en el tiempo y el espacio. Si fueron malos, procura no darles más vueltas. Si fueron buenos y sientes anhelo, intenta tener otros nuevos tan buenos o incluso mejores, usando el pasado de manera constructiva. Siendo consciente de que la felicidad, al igual que la tristeza, siempre vuelve si nos esforzamos en conseguirla.
En “El Libro de las Ilusiones” Paul Auster, nos habla de un hombre que vive sumido en la más profunda de las tristezas después de una gran pérdida. Pasa mucho tiempo encerrado, alimentándose de recuerdos, hasta que un día, una película de un tal Hector Mann, lo saca de su ensoñación con una carcajada, y entonces empieza a vivir de ilusiones. Sus ilusiones y el pasado del ¿desaparecido? actor de cine mudo se conjugan para crear un presente apasionante. El final de la novela es una apología a la no nostalgia en toda regla. Representa de manera muy simbólica una ruptura con el pasado.

Woody Allen juega también con la nostalgia en “Midnight in Paris”. Cuanto más se adentra el protagonista en épocas anteriores y fascinantes desde el punto de vista histórico y artístico, más es consciente de que el presente a nadie conforma. Allen hace una perfecta fotografía de ese vicio tan humano que nos hace pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La perfección del presente es una quimera. Y los artistas gustan mucho de vivir del pasado, del dolor y de las metanfetaminas.
A los abueletes nostálgicos por Franco hay que recodarles que, aparte de la pensión, ahora tienen la libertad de hablar abiertamente de sus inclinaciones políticas por muy aberrantes que éstas sean (desgraciadamente), pero que no se le ocurriese a alguno susurrar siquiera ¡VIVA LA REPÚBLICA! en una comida familiar durante la posguerra.

Andad con ojo. Las cunetas están llenas de republicanos nostálgicos.