Mi mala hostia –mal humor, para los burgueses- proviene de muy antaño. Es una de esas cualidades heredadas, al igual que el color del pelo, los ojos o la estatura, y os aseguro que, de todas, es la que mejor me define. No me avergüenzo de ella, al contrario, mi mala hostia, es el ying de mi yang, el contrapunto a mi buen humor, el elemento necesario para reequilibrar mi fuero interno y mantenerme protegida de los abusos y amenazas del exterior.
La mala hostia es un rasgo del carácter que todos tenemos –o deberíamos de tener-, incluso aquellos seres más sosegados. Amar, es conocer y aguantar a las personas importantes de tu vida en algún momento de cruce de cables. Quién no ha dicho alguna vez aquello de “de que mala hostia me estás poniendo, cansino” o “no me hables, que hoy vengo de muy mala hostia” y también “cuando mi mujer saca la mala hostia, se caga la perra”.
Yo reivindico la mala hostia como elemento solucionador de conflictos. Una casa sin personas que usen “constructivamente” su mala hostia es como un jardín sin flores. Me opongo totalmente a las nuevas tendencias educativas que pusieron de moda ZP y la Supernanny y que consideran que a los niños hay que decirles las cosas siempre con una sonrisa en la boca. Esos pequeños déspotas que escupen la comida a la cara de sus padres, que se van a la cama únicamente arrastrándolos por el pasillo, que chillan día y noche cuando no consiguen lo que quieren, que dan patadas y bofetadas a sus progenitores…esos cabroncetes lo que necesitan, es una dosis de mala hostia. Pedagogía old school, de la de casa de toda la vida, como la pizza. ¿Qué no quieren comer? ya les llevo a mi padre cinco minutitos y cuando esté bajando el cuarto santo del cielo se han acabado hasta la última lenteja.
Yo he me criado así, entre gente con mala hostia y gente con muy mala hostia. Mala hostia, porque sí, “para que discutir, si puedes pelear”, que decía Loquillo. En mi casa los problemas nunca se resuelven de manera diplomática porque somos conscientes de a dónde nos ha llevado la diplomacia. Cuando te tocan las narices, te rebotas. Porque es tu derecho, de los pocos que todavía nos quedan. Lo importante es ir subiendo el tono paulatinamente más que el contrario, para llegar a una lucha dialéctica insoportable que puede incluir insultos, portazos, y violencia física menor, como el típico escobazo en el lomo.
A mí, como a la mayoría de la gente, me ponen de mala hostia muchas cosas, pero intento disimularlas por una cuestión de dignidad, querencia propia y cultura. La gente, en general, está de mucho peor humor ahora que cinco años atrás y ese clima tenso es el caldo de cultivo perfecto para que los problemas cotidianos, esos que aparecen “cuando llego a mi puta casa” se conviertan en auténticos genocidios de la buena educación.
Escribo esto porque llevo varios días de mala hostia, en una especie de impasse que va de la sorpresa a la decepción. Y la escritura me vale como sustituto a los improperios que me rondan la cabeza. Uso las palabras como el chocolate ante la falta de sexo, no es lo mismo, pero desahoga. Normalmente, el hecho de escribir me hace ver las cosas con meridiana claridad y aunque haya comportamientos inexplicables siempre me quedará la satisfacción de saber que, hasta de lo malo, se aprende. Me guardaré mi ira en la carpeta de tareas pendientes por si alguien la demanda,  para explicarle que, en mala hostia, no me gana nadie.