Mes: agosto 2013

POESÍA URBANA. Poesía PTV.

Cuánto se está perdiendo con las redes sociales, con la posibilidad de compartir todo lo que se nos pasa por la mente en 140 caracteres o en un triste mensaje en el muro de Facebook. La poesía no puede ser eso. La poesía tiene que ser reflexión, belleza, arte. Riesgo, protesta social.
Por eso, hoy rompo una lanza a favor de los poetas urbanos, aquellos que siguen usando las paredes y muros de nuestras ciudades para pintar mensajes de amor, reivindicativos, o simplemente estúpidos, con una hermosura heterodoxa que sólo los auténticos amantes de la poesía como yo, somos capaces de apreciar. En la poesía urbana no hay marcha atrás, no hay opción de limitar la audiencia, tampoco de promocionar tu mensaje compartiéndolo en el muro de tus amigos, ni de borrarlo si por fin has aprobado las oposiciones a Guardia Civil después de haber pintado “PUTA POLICÍA, Fdo: Luis Gómez, instituto Sánchez Cantón, 3ºA” en la pared de la biblioteca municipal. Tu mensaje quedará ahí reflejado hasta que el ayuntamiento disponga de una partida presupuestaria para borrar las pintadas. Es decir, nunca. Y si utilizas una calle que no forme parte del centro urbano, probablemente tu reflexión intelectual iluminará las mentes de, al menos, las cinco o seis generaciones venideras. Cuando lleves una temporadita criando malvas, como les pasa a los grandes literatos.
Mi ciudad, Pontevedra, es cuna de grandes artistas: Valle Inclán vivió aquí, y seguro que pasaron otras grandes gestas en el mundo de la cultura pero es que  yo soy de la ESO.
 De lo que entiendo es de arte contemporáneo: y para apreciarlo en todo su esplendor no hace falta más que darse un rodeo por el campus de A Xunqueira, las canchas de Campolongo, los callejones un poco apartados de las miradas inquisitorias de los ancianos que pasean bastón de madera maciza en mano y los portales de garajes malolientes.
He aquí una pequeña muestra de todo el arte y la belleza que esconde Pontevedra y no encontrarás en la guía turística de las Rías Baixas que regalan en el Punto de Información de la Alameda. 
1) Temática reivindicativa

“Aborto libre y gratuito”
“Fuego al capital”
“Mata nazis y fachas”
“Americanos fuera, bushkaros la vida”
2) Temática barriobajismo
“Listo, rumano, sólo pido,pido no trabajo”. Éste es un gitano español, sin lugar a dudas.
“Cómemela”
“Viva la Rasa, Tito MC”. Si no conocéis al gran Tito Mc, ya estáis buscando su canción de la rasa en Youtube.
“K T Follen”

3) Filosofía, reflexión, misticismo.

“Somos la bella durmiente, seguimos esperando el beso”. 

“Una cosa que usted debería saber, consiste en que tengo un amigo que vive allí, sé que rechaza poner algunos colores a mis problemas y lo llaman el blues de adulador” Es lo que he podido sacar, no tiene sentido, pero no le pidáis peras al traductor de El Mundo.
“Se alquila conciencia cósmica”. Me encanta, me lo voy a tatuar un día de estos.
4) Propaganda turística de la costa en la ciudad
“Cambados”; “O Grove”. En los dos extremos de la misma pared: esto huele a pique por conseguir la salida de la Vuelta Ciclista a España.
5) Infantil
“KittyPollas”, o cómo convertir los personajes preferidos de tu hija en street art.
6) Arburdos
“Rap de Cespón: soy Cespón, el cabrón, el maricón. Evolución. ” Cágate 50 Cent.
“He pintado en la pared, Jódete sociedad!” Hace falta más gente así.
“Mi              Te -ní-as si-ti-o pa-ra es-cri-bir- en -una- lí-ne-a
Terre
No”
7) Apología del consumo de drogas
“Consume drogas y vivirás menos años pero feliz” A lo que añade, en un alarde de sensatez “Jako no”
“Tanques sí, pero de cerveza”. El típico mensaje antibélico.
8) Parejita feliz
“Gene Hidalgo y Javi Fontán- 25 de marzo de 2013 (me confundí -de fecha-)”.  Gene, Javi, uno de los dos la ha cagado, pero mucho. A ver si se acuerda del aniversario de boda.
9) HAMOR

“Feliz día de San Valentín My Rubia. Te kero Mor”

“Te amo Pitufa”

“Ola ke ase, k no me besa”

….

Tote King “Poesía Urbana”

LA MALA HOSTIA

Mi mala hostia –mal humor, para los burgueses- proviene de muy antaño. Es una de esas cualidades heredadas, al igual que el color del pelo, los ojos o la estatura, y os aseguro que, de todas, es la que mejor me define. No me avergüenzo de ella, al contrario, mi mala hostia, es el ying de mi yang, el contrapunto a mi buen humor, el elemento necesario para reequilibrar mi fuero interno y mantenerme protegida de los abusos y amenazas del exterior.
La mala hostia es un rasgo del carácter que todos tenemos –o deberíamos de tener-, incluso aquellos seres más sosegados. Amar, es conocer y aguantar a las personas importantes de tu vida en algún momento de cruce de cables. Quién no ha dicho alguna vez aquello de “de que mala hostia me estás poniendo, cansino” o “no me hables, que hoy vengo de muy mala hostia” y también “cuando mi mujer saca la mala hostia, se caga la perra”.
Yo reivindico la mala hostia como elemento solucionador de conflictos. Una casa sin personas que usen “constructivamente” su mala hostia es como un jardín sin flores. Me opongo totalmente a las nuevas tendencias educativas que pusieron de moda ZP y la Supernanny y que consideran que a los niños hay que decirles las cosas siempre con una sonrisa en la boca. Esos pequeños déspotas que escupen la comida a la cara de sus padres, que se van a la cama únicamente arrastrándolos por el pasillo, que chillan día y noche cuando no consiguen lo que quieren, que dan patadas y bofetadas a sus progenitores…esos cabroncetes lo que necesitan, es una dosis de mala hostia. Pedagogía old school, de la de casa de toda la vida, como la pizza. ¿Qué no quieren comer? ya les llevo a mi padre cinco minutitos y cuando esté bajando el cuarto santo del cielo se han acabado hasta la última lenteja.
Yo he me criado así, entre gente con mala hostia y gente con muy mala hostia. Mala hostia, porque sí, “para que discutir, si puedes pelear”, que decía Loquillo. En mi casa los problemas nunca se resuelven de manera diplomática porque somos conscientes de a dónde nos ha llevado la diplomacia. Cuando te tocan las narices, te rebotas. Porque es tu derecho, de los pocos que todavía nos quedan. Lo importante es ir subiendo el tono paulatinamente más que el contrario, para llegar a una lucha dialéctica insoportable que puede incluir insultos, portazos, y violencia física menor, como el típico escobazo en el lomo.
A mí, como a la mayoría de la gente, me ponen de mala hostia muchas cosas, pero intento disimularlas por una cuestión de dignidad, querencia propia y cultura. La gente, en general, está de mucho peor humor ahora que cinco años atrás y ese clima tenso es el caldo de cultivo perfecto para que los problemas cotidianos, esos que aparecen “cuando llego a mi puta casa” se conviertan en auténticos genocidios de la buena educación.
Escribo esto porque llevo varios días de mala hostia, en una especie de impasse que va de la sorpresa a la decepción. Y la escritura me vale como sustituto a los improperios que me rondan la cabeza. Uso las palabras como el chocolate ante la falta de sexo, no es lo mismo, pero desahoga. Normalmente, el hecho de escribir me hace ver las cosas con meridiana claridad y aunque haya comportamientos inexplicables siempre me quedará la satisfacción de saber que, hasta de lo malo, se aprende. Me guardaré mi ira en la carpeta de tareas pendientes por si alguien la demanda,  para explicarle que, en mala hostia, no me gana nadie.

“Añorar el pasado es correr tras el viento”

Últimamente he estado reflexionando sobre la cantidad de tiempo que perdemos hablando del pasado, rememorando con infinita pasión los gloriosos momentos vividos y maquillando otros que no lo fueron tanto.
Aprovechamos cualquier reunión para perder nuestro valioso y escaso tiempo recordando, valga la redundancia, viejos tiempos de manera compulsiva (cuando no quedamos directamente para eso): “¿Te acuerdas de la Señorita Pepi en el cole?”; “¿Recuerdas el primer beso que le di a Jaimito en el recreo hace 20 años?” “¿Y el primer día de facultad?…Éramos tan jóvenes, tan ilusos, pensábamos que teníamos el mundo a nuestros pies”.
Carcas, más que carcas. Nos estamos viejunizando y lo sabemos. Es nuestra obligación moral seguir saliendo cada fin de semana y liarla sin miedo al qué dirán para no vivir una vida acabada en lo social. Una existencia anodina, aburrida, llena de un bonito pasado pero con un futuro en el que habrá poco que recordar. Cualquier momento es ideal para quemar los últimos cartuchos, porque desgraciadamente estamos aquí de paso, y la muerte no entiende de vidas desaprovechadas.
Según la siempre iluminadora Wikipedia, la palabra nostalgia proviene del griego clásico y significa “regreso” y “dolor”. Eso, de entrada, a mí me da mal rollo. Es la necesidad de anhelo por un momento. Implica el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. No es exactamente una enfermedad, pero puede conllevar síntomas. Es un echar de menos “lo que no somos”, aceptando, de esta manera, que estamos incompletos, que algo de nosotros ha quedado por el camino y la única manera de volver a ello es recordándolo constantemente.
Muchos pensadores y artistas han hablado de este sentimiento a lo largo de la historia, dejando frases tan sabias que parecen arrancadas de mi propia lengua:
“No hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió” (Joaquín Sabina).
Versión morriña, de la que se nutren los nacionalismos, por Homero: “No hay nada tan dulce como la patria y los padres propios, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana la mansión más opulenta”. Y en su forma práctico-paleta: “Mamá, se me han acabado el jamón serrano y los chorizos que me mandaste por Navidad, please come back.”
“No perdáis vuestro tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestras horas, vuestro minutos. Las alegrías son como flores que la lluvia mancha y el viento deshoja” (Edmond Gouncount).
“El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar o lo que pretendes recordar” (Harold Pinter).
Pero, sin duda, la que mejor representa lo que sucede con un abuso continuado del recuerdo es ésta de Enrique Múgica: “La añoranza es el camino previo a convertirse en estatua de sal”.
Junto con el proverbio ruso “Añorar el pasado es correr tras el viento” que da título a mi entrada.
La nostalgia, vivida de esta forma obsesiva, es un quiero y no puedo, es perderse en el laberinto del tiempo con la consecuencia de no poder salir de él sin sufrir, añorando un regreso imposible. Algunas personas descubren tal pasión que lo convierten en una forma de vivir, un refugio para su incomprensible vida, un exilio interior que llena los VACÍOS de su existencia.
Hay personas que padecen otro tipo de “nostalgia”, incluso peor, aquella que conlleva el miedo a que determinados momentos negativos del pasado puedan repetirse o simplemente no puedan superarse jamás. Se trata de personas que se recrean en el dolor y conducen su vida mediante la evitación de situaciones, limitando enormemente las posibilidades de cambiar sus rumbos.
Volver a las cosas que algún día te hicieron felices puede dar lugar a que te lleves una decepción. Hay cosas que, para no romperse, necesitan permanecer en el recuerdo. Como cuando recuerdas  lugares u objetos fascinantes a los que accediste de pequeño, y cometes el error de volver a ellos en un vano intento de sentir las mismas emociones. El resultado acostumbra a ser, casi siempre, decepcionante: ni Bragalandia era tan impresionante (risas), ni el futbolín que te regalaron en tu noveno cumpleaños –y has decido rescatar del trastero en un ataque de nostalgia- era mejor que el del chino de enfrente. Los buenos recuerdos son como los muertos: hay que dejarlos descansar en paz y no intentar revivirlos desesperadamente.  
Esto no significa, en absoluto, depreciar el pasado. Pero tenemos que permitirnos vivir el presente para en el futuro gozar de buenos recuerdos. Lo de vivir anclados en el pasado les pasa a los depresivos, a los franquistas y a Karina.
Estas personas tienen un miedo implícito a cambiar el orden de las cosas, a arriesgar. Es fácil añorar episodios de la niñez, de la adolescencia o de los estados de “ebriedad amorosa”, porque son momentos difusos de los que, más que un recuerdo, guardamos una especie de regusto a adrenalina de la primera vez que nos sucede algo… y cuanto más nos regodeamos en el pasado más se ancla en nosotros la angustiosa sensación de que eso ya no se nos está permitido. Y no nos damos cuenta de que, simplemente, ya no somos aquel adolescente de 15 años. Y tampoco queremos creer que éramos igual de repelentes que los que ahora se comen la boca cada noche en el portal de tu edificio, cuando llegas hasta los mismísimos de aguantar al respetable de tu jefe.
Lo que es de verdad, irrefutable, es que hasta que los acontecimientos han pasado y podemos reflexionar sobre ellos no sabemos cuán felices o desgraciados fueron. Por tanto, es estúpido estar analizándolo todo con la intención de compararlo con el pasado. Como un buen historiador, hay que saber distanciarse en el tiempo y el espacio. Si fueron malos, procura no darles más vueltas. Si fueron buenos y sientes anhelo, intenta tener otros nuevos tan buenos o incluso mejores, usando el pasado de manera constructiva. Siendo consciente de que la felicidad, al igual que la tristeza, siempre vuelve si nos esforzamos en conseguirla.
En “El Libro de las Ilusiones” Paul Auster, nos habla de un hombre que vive sumido en la más profunda de las tristezas después de una gran pérdida. Pasa mucho tiempo encerrado, alimentándose de recuerdos, hasta que un día, una película de un tal Hector Mann, lo saca de su ensoñación con una carcajada, y entonces empieza a vivir de ilusiones. Sus ilusiones y el pasado del ¿desaparecido? actor de cine mudo se conjugan para crear un presente apasionante. El final de la novela es una apología a la no nostalgia en toda regla. Representa de manera muy simbólica una ruptura con el pasado.

Woody Allen juega también con la nostalgia en “Midnight in Paris”. Cuanto más se adentra el protagonista en épocas anteriores y fascinantes desde el punto de vista histórico y artístico, más es consciente de que el presente a nadie conforma. Allen hace una perfecta fotografía de ese vicio tan humano que nos hace pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La perfección del presente es una quimera. Y los artistas gustan mucho de vivir del pasado, del dolor y de las metanfetaminas.
A los abueletes nostálgicos por Franco hay que recodarles que, aparte de la pensión, ahora tienen la libertad de hablar abiertamente de sus inclinaciones políticas por muy aberrantes que éstas sean (desgraciadamente), pero que no se le ocurriese a alguno susurrar siquiera ¡VIVA LA REPÚBLICA! en una comida familiar durante la posguerra.

Andad con ojo. Las cunetas están llenas de republicanos nostálgicos.