Si bien es cierto que no quiero palmarla en un futuro próximo (ni lejano, qué cojones), tengo que estar ojo avizor, pues la muerte es como ese amigo impertinente que todos tenemos: aparece sin avisar, cuando le viene en gana y trastoca todos los planes. Y aún por encima, viene sin cervezas. Por eso, y aunque no me siento todavía preparada para abandonar mi tormentosa y ajetreada vida terrenal -y, de momento, la prueba de sujetar el boli por debajo del pliegue de las tetas sigue resultando negativa-, me puse repentinamente melancólica coincidiendo con una fecha señalada en el calendario: mi 27 cumpleaños.   

El día empezó como lo habían hecho los anteriores, un tanto nublado para mí –cosas de la vida, cosas de la edad- hasta que muchas personas me obligaron a sonreír, a desternillarme incluso, con sus malogradas felicitaciones, exprimiendo como cada año el poco ingenio que les queda y recordándome por qué el ahora es mejor que el recuerdo del ayer; y el mañana, aunque más viejunos, merece la pena ser vivido.
Y ya que la justicia es uno de mis principios (¿?), no sería justo palmarla y dejar a todos mis queridos amigos sumidos en la más profunda de las tristezas sin nada a que aferrarse para superar tan ingrato duelo. Hete aquí mi libro de condolencias y agradecimientos a todos los que me han querido por encima de mis posibilidades en este viaje de amor, dolor y humor, llamado vida.

Empecemos por el principio.
Gracias a los que compartieron conmigo los primeros años de vida, especialmente en el cole, cuando mi síndrome de hiperactividad no estaba todavía reconocido como trastorno mental por la OMS, y me pasaba el día gritando, corriendo y torturando a mis compañeros. Gracias a los que, como yo, creyeron en la amistad eterna e infinita con sólo seis años y firmaron tratados con sangre para sellar tamaña relación. Los amigos del cole son como los hermanos: no los eliges, muchas veces ni los soportas, pero al final, no puedes vivir sin ellos. Las primeras amistades marcan a una persona para siempre, pues se cimentan sobre el edificio de la sinceridad del que sabe que la amistad no es gratuita y requiere de una compensación: yo te doy porque espero que tú me des, y si no eres capaz de dejarme copiar de tu examen no mereces mi compañía, y mucho menos el último bocado de mi Phoskito.  Los adultos tienen la manía de endosarles a los niños virtudes que de las que carecen, como la bondad, la generosidad o la tolerancia. Los niños son unos pequeños cabroncetes sin sentimientos que simplemente se juntan con quién les conviene, cuándo les conviene y para lo que les conviene. No tienen dobleces y por eso, sus relaciones de amistad son auténticas.
Gracias a los compañeros de pupitre y botellón del instituto, porque supieron ver algo (sigo preguntándome el qué) detrás aquella ropa de colores fosforitos, el pelo rosa y la colección de alhajas de mercadillo. Gracias por las notitas del tipo “tía qué fuerte, la Vane se ha enrollado con tu ex, quedamos a la salida para pegarle”, las cartas de amor y los corazones dibujados en la parte de atrás de las libretas. ¿Cuántas amistades que pudieron haber sido se han quedado por el camino sólo porque el de Cuarto te pidió salir a ti antes que a ella? ¿Cuántos insultos habrás propinado al que te rompió el corazón en aquella excursión para 10 años después, sentir lástima al verlo arrastrando el carrito del niño, gordo, sin pelo y casi sin dignidad? Son años de grandes convulsiones, de idas y venidas, enfados y reconciliaciones. Un adolescente vendería a su madre para comprarse 5 gramos de hachís, así que hay que tener en cuenta a aquellos que nunca te han traicionado, porque de ellos deberá de ser el reino de tu amistad. Las madres de mis amigos han sido devueltas en prefectas condiciones. Y muchos de nosotros seguimos juntándonos para reírnos del jefe de estudios, el de Reli o aquella repipi que daba clases de francés y venía vestida como en una comedia de época.


Gracias a los que me acompañaron en mis primeros años de “independencia”, cuando llegué a Santiago con el firme propósito de estudiar y acabé recibiendo los primeros suspensos de mi vida vía SMS en un bar de mala muerte a las 8 de la mañana. Gracias por ayudarme a conocerme, a superar mis miedos, a vivir con pasión, a crecer, a cuidarme, a enfrentarme a todo lo que se me vino encima (que no fue poco) y sobre todo, a tomar decisiones que cambiaron mi vida. Gracias por salir de los exámenes y venir a la de Suso a tomarse la cerveza en el jardín en pleno junio, mientras contábamos los que nos quedaban para acabar y salir de nuevo. A los que plagiaron trabajos conmigo y sintieron un sudor frío al pensar que nos cogerían, mientras planeábamos destinos de intercambio, a los que me sujetaron la cabeza mientras entrenaba para conocer mi tolerancia al alcohol, a los que cerraron el Ruta y se fueron al Furacán a tomar la última y a los que me apoyaron cuando tuve que deshacerme de personas tóxicas, con baja autoestima y mucha mala hostia.
A los compartieron mis primeras experiencias laborales, me apoyaron y me enseñaron tantas cosas. A los que confiaron en mí y me dieron una oportunidad. Y a los que sufrieron conmigo las largas horas, fines de semana y festivos encerrados en un periódico y me echaron un cable cuando estaba completamente desbordada, presa de un ataque de rencor indiscriminado. A los que se rieron de nuestro desgraciado destino e imaginaron que algún día saldríamos de la precariedad (si antes éramos ilusos, ahora ni os cuento).
Gracias a mis amigos de Madrid que me hicieron sentirme como en casa y me quitaron toda la morriña a base de momentos inolvidables. A los que “guionizaron”, “grabaron” y “editaron” conmigo “reportajes de investigación”, acuñando falsas identidades y luchando contra todo tipo de enemigos (tarados, ladrones, falsificadores y estafadores, entre otros) y en condiciones climáticas extremas. Que si ahora nieva, que si mañana estamos a 45 grados, que si en mi habitación a 68 y medio… Y a los que compartieron la experiencia de vivir en un piso patera con compañeros dignos de una peli mala de Almodóvar (estáis pensando en la buena, pillines). A los que disfrutaron los sábados de Malasaña y Chueca y vinieron a curar la resaca el domingo a La Latina a base de cervezas y mojitos.

A todos, los que, en definitiva, conocí en cualquier situación y se han convertido en imprescindibles. A las personas que me han querido y me han enseñado tantas cosas en la vida y disfrutan compartiendo su tiempo a mi lado tanto como yo. A los que, a pesar de la distancia y el tiempo, están ahí y te sorprenden con una llamada o un mensaje el día menos esperado.

Mucho peor que la muerte es una vida sin amigos. Dónde va a parar.