Voy a hablar de ese gran placer del verano y que tantos meses llevamos deseando disfrutar, sobre todo, por el Norte: la playa. Los días de sol, toalla, arena y relax absoluto con el runrún del mar como única melodía de fondo.
No es por presumir, pero los gallegos sabemos que aquí están las mejores playas (y no quiero citar ese ranking del diario The Guardian  que colocaba a la playa de Rodas, en las Illas Cíes, como la number one de los arenales del mundo); pero aún así, la playa, nuestras maravillosas y apacibles playas, tienen sus inconvenientes.
Saltándonos los pasos previos básicos antes de salir –luego volveré a ello- nos toca meternos en el coche y enfilar la carretera rumbo a nuestro ansiado día de bronceado. Desgraciadamente, no somos los únicos. Ese primer domingo de la temporada estival tú, tu prima, el vecino de arriba, el de abajo, la del videoclub de enfrente, la panadera, el del gimnasio y tu ex están haciendo exactamente lo mismo: coger el coche para ir a la puta playa.
Treinta grados. Calor infernal para un gallego de pro. Coche. Y caravana kilométrica rumbo a Sanxenxo, The Paradise. Tú, que eres muy listo y ya lo habías previsto, sales a eso de la 1, por no coger a los que fueron a la mañana, ni a los de la tarde. Pero de nuevo, metido en ese maldito atasco, te das cuenta de que la originalidad no es uno de tus fuertes. Tardas 40 minutos en hacer un recorrido de 15 kilómetros, mientras observas como algunos de los conductores se amilanan y dan vuelta a medio camino. Pero tú no. Tú has salido para ir a la playa. Y a la playa irás. Cueste lo que cueste.
Llegas a Areas, la playa más abarrotada de Sanxenxo –junto con la propia Silgar- que, sinceramente, no sé por qué seguimos yendo a Areas, pero siempre pasa lo mismo, TODOS VAN. Tú hubieses tirado para otra más tranquila, como Paxariñas, pero resulta que tu amiga tiene que ir a allí a ver si se encuentra al maromo con el que estuvo el sábado, y el amigo de tu novio sólo va a Areas porque el viento sopla en la dirección adecuada para sacar la cometa a volar.
Observas con gran impotencia como 3000 vehículos giran en el cruce al que te diriges y piensas “no voy a encontrar sitio” mientras discutes con tu pareja por haber elegido ESA playa. Y no te equivocas: no vas a encontrar sitio. Ni ahora, ni dentro de media hora. Y mientras sigues dando vueltas y más vueltas alrededor de ese minúsculo parking que parece un insulto a la calidad turística del las Rías Baixas, empiezas a explorar angostos caminos. Te vas alejando, cada vez más, hasta que el mar se convierte en una fina línea azul en el horizonte y por fin, aparcas. Tienes que hacer malabares para introducir las dos ruedas izquierdas en una zanja –evitando volcar- mientras la otra mitad del coche se queda, inevitablemente, en medio de la carretera. Sólo deseas que éste no sea el domingo en que a la Guardia Civil de Tráfico le toque trabajar.
Son las 3 menos cuarto. Ya te has perdido casi dos horas de sol, más la media hora que te falta para llegar andando al arenal.
Citarse en una playa es de las cosas más estúpidas que se pueden hacer. “Estamos al lado de una torre de socorrismo, justo enfrente”. “Gracias”. Cuatro torres a lo largo de 400 metros de playa y 30.000 bañistas entorpeciendo tu búsqueda. Después de dar vueltas como un pobre perro sin dueño, por fin encuentras a tus amigos, y te tiras tranquilamente a disfrutar, ahora sí, de tu merecido descanso.
Te sacas la ropa apresuradamente y estiras tu toalla. Pasas de la crema, total, por un ratito… Y entonces tu novio coge, y te suelta “Cariño, ¿y mi toalla?” “SÑFJNFÒISHFGIOWNRFGÍHFIRHGífdnIÇFHWRIFKNSDKFNAFDSFYDF???????????????????” JODER, joder, WTF. “No cogiste tu maldita toalla?” “Ésa que, específicamente, te puse encima de la mesa de la sala antes de salir para que la vieras mientras te recordaba que la cogieras? ¿Acaso eres ciego, sordo, o sólo me puteas?”
Los chicos, amigas, nunca prepararán nada para la playa. No cuentes con ellos, les importa una mierda la playa. Si eso, se acuerdan de las palas, el balón, o algún otro juguete con el que entretenerse. No les pidas más. Sencillamente, no lo harán.
Con todo el rencor que albergas en tu pequeño cuerpo, le haces sitio para que se ponga contigo. Olvídate de estirar los brazos. Olvídate de todo, porque el muy desagradecido te dirá que qué mierda de toalla es ésa, tan pequeña que ni siquiera caben dos personas cómodamente. (dkjhgghasfhgusfgsfgsiugsiugs).
No se está tan mal. El contacto con el cuerpo de tu compañero te dejará un lado más blanco, pero es cuestión de ponerse de canto de vez en cuando, para compensar.
Como no encuentras la postura, te incorporas un poco para charlar con tu amiga. En ese preciso momento te miras las piernas por primera vez desde que saliste de casa, después de rasurarte rápidamente en la ducha porque no habías tenido tiempo de hacerte la cera. Entonces, lo ves: esa perfecta figura geométrica –un triángulo escaleno, concretamente- que tus pelos forman en tu pierna derecha. Esa mata de oscuro pelo negro en tus blancas piernas que por primera vez en el año ven el sol. Y te acuerdas del sabio proverbio: las prisas nunca fueron buenas.
Qué se le va a hacer. “No creo que me encuentre a nadie, maloserá”. Pero como la Ley de Murphy rige nuestras vidas, al cabo de cinco minutos exactos, ves cómo se acerca corriendo tu compañera de pupitre en el colegio. Gritando “Dianaaaaaa, cómo me alegrooooooooooo”. Y tú, con la velocidad de reacción máxima jamás registrada, enroscas tus piernas una sobre la otra –posición Buda- y finges un entusiasmo que en absoluto se merece. La muy plasta, que no tiene pensado irse, se sienta al lado y se pone a contarte su vida desde los 10 años en adelante. Llegado un momento, cuando las piernas están completamente dormidas y ya el riego no te llega a la cabeza, decides estirar las piernas y te justificas con el típico “ay tía, no tenía pensado venir y justo a última hora me llamaron estos y me depilé a toda prisa”. Y ella, observando el horror ante sus ojos, con esa educación fingida que todos hemos utilizado, te dice “nos pasa a todas, somos mujeres, no te preocupes”. Ése es el momento en que la zorra de Teresita llama a su marido para presentártelo. Y luego decía que no te guardaba rencor por pegarle los mocos en el pupitre.
Al cabo de dos horas, cuando ya el calor se hace insoportable, no te queda otra que ir a darte un chapuzón en las gélidas aguas del océano Atlántico. Llegas a la orilla, y metes un pie aterrada, luego el otro, y dejas pasar un rato para familiarizarte con el clima siberiano. Los niños corren alegremente por la orilla. Los niños son seres despojados de alma. Con una sonrisa más falsa que el pelo de Hilario Pino les dices: “niños, no me mojéis eh”, y entonces, una pandilla de psicópatas con dientes de leche pasan en estampida a tu lado y te empapan entera. Les dabas una hostia, pero la Ley del Menor te lo impide. Así que te vas metiendo muy poco a poco, hasta que arriba el amigo gracioso de turno que decide empujarte de bruces al agua. Tras la inmersión, el cerebro se te congela, los pezones se te quedan como para cortan diamante bruto y las piernas no responden. Pero él, divertido, te suelta “es un ratito y ya te acostumbras”. A ver, que entiendo que los pingüinos del Ártico se puedan llegar a acostumbrar pero os juro que yo, más de diez minutos con esa temperatura, corro grave riesgo de sufrir un fallo multiorgánico.
Evidentemente, ya que estás, aprovechas para hacer pis. Tan fría está el agua, que la vejiga está contraída y se niega a trabajar. Cuando parece que la cosa empieza a fluir llega el gañán de tu novio y grita desde la orilla “¿no estarás MEANDO? “Qué aproveche”. (AKASDKASDIAOJFIOJFOIDFSODFJHSDIFJ).
Una vez meada y refrescada, te vuelves a la toalla. Llena de arena. Hecha lo que vulgarmente se diría, una mierda. Y te pones a sacudirla. Sale la vieja de al lado “oye nena, sacude la toalla en la orilla que me molestas”. Y bajas por no escupirle a la vieja. Y te pones a sacudir la toalla en la orilla. Te encuentras al cachondo del instituto. Y te preguntas si no podrías haber coincidido en un pub, con tu maquillaje y tu push up puesto, como la gente normal. Y él te cuenta lo bien que le va, a pesar de ser más burro que un arado. Se hizo funcionario. Por qué lo habrás rechazado. Maldices tu suerte.
Llevas dos horas de playa y ahora sí, te apetece descansar. Los chicos se han ido a jugar al fútbol, es la hora de honguear. Escuchas gritos de un niño, luego de otro. Un balón se empotra contra tu bolsa de playa. Cinco veces. Pero sonríes, es un simpático niño. ¿Os dije ya que los niños en la playa son ETA?
Hora de la merienda de los niños. Alabado sea Vishnu. Te quedas frita, literalmente. Duermes, duermes y sueñas. Tal es tu nivel de abandono que los rayos ultravioletas penetran en tu piel con saña, hasta que te despiertas con un ligero picor en la espalda. Le dices a tu amiga, “oye, échame crema que creo que me estoy quemando”. Es demasiado tarde, y lo sabes. Tu piel, que tiene más memoria que toda la que conseguiste reunir tú para el último examen de carrera, te recordará al llegar a casa que te va a salir caro tu irresponsable baño de sol.
A eso de las ocho sacas los bocatas desintegrados que guardabas en tu mochila. Meterle un trago a la botella de agua te provocaría quemaduras internas. Así que te vas al chiringuito a comprar un refrigerio para acompañar a lo que queda de tu sándwich. Tres euros te cobran por una botella de agua –de las pequeñas-, que te dan ganas de pedirle la factura al paisano para desgravar el IVA.
Tienes tanta hambre que ese bocadillo te sabe al más exquisito de los manjares, disfrutas con cada bocado, con cada pequeño mordisco, con el sabor del queso derretido dando vueltas en tu lengua. Lo apoyas en la toalla para beber. Y en el momento en el que te giras allí están ellas al acecho: las gaviotas. La primera, arranca de un picotazo la tapa de tu bocadillo, mientras que la segunda, más avispada, coge lo de dentro sin que tengas tiempo para reaccionar. Triste y abatida te lamentas de tu suerte. Lo único que te consuela es que, por lo menos, tuvieron el detalle de cagarle a la vieja encima.
Las nueve. Hora de recoger los bártulos. Aún queda ir a por el coche. Es decir, encontrarlo.
Nueve y media. Abres la puerta del coche y un aire tórrido sale como una boca de fuego de su interior. Esperas diez minutos a que se enfríe. Te encuentras aliviada al sentarte en el coche. Tu espalda palpita al contacto con la tapicería de polipiel. Por lo menos ya casi no hay atasco.
Cinco de la mañana. Quemaduras de primer grado. Hora de visitar Urgencias.
  • http://www.blogger.com/profile/04989084045430137323 Edurne Martín

    Jajajajaj me he reído un montón, fantástico