Hace algunas semanas, un viernes de esos que se me dio por no salir (mal hecho), me tiré cómodamente en el sofá preparada para ingerir un poco de telemierder acompañada de uno de sus máximos exponentes en este país: Jorge Javier Vázquez. Todo trascurría con relativa normalidad –peleas, insultos, cotilleos, comentarios vulgares, palabras soeces…- hasta que el héroe de la telebasura espetó con gran vehemencia uno de sus comentarios pedantes para demostrar al personal cuán culto es. Una manía muy arraigada en este personaje y en otros de sus compañeros de circo, como la señora Mercedes Milá, que lo mismo habla de pajas a cuatro manos y orines en la ducha como te da una recomendación literaria o teatral al tiempo que chupa pezones ajenos. Vázquez, además, es un entusiasta de poner en evidencia a sus compañeros (cuanto más borregos, mejor), en particular a la pobre Belén Esteban, a la que más de una vez –y sin venir absolutamente al caso- preguntó cuestiones relativas a la vida política o cultural con la única intención de mofarse de ella y colgarse la medalla de tipo más culto del programa. Que, por otra parte, tampoco creo yo que el nivel sea, precisamente, inalcanzable.
Esto es lo que yo considero pedantismo elevado al cubo. Hacer alarde de erudición totalmente en vano, fuera de lugar, de contexto, con la intención evidente de quedar por encima del otro: sus compañeros de trabajo, sus invitados y la mayoría de la audiencia a la que se dirigen este tipo de espacios televisivos (lo mío es pura investigación sociológica). Más patético aún, si cabe, es que habrá gente que crea realmente que la telebasura está hecha por (y para)  mentes privilegiadas e instruidas y que lleguen a tomarse en serio algunos de sus comentarios.
El pedante es una persona con baja autoestima, que teme quedar en evidencia delante de los demás y que habla con gran arrogancia de asuntos en los que él se considera experto. Utiliza expresiones grandilocuentes para impresionar, saltándose lo que yo denomino “protocolo del bar”, con una falta de discreción que dice bastante poco a favor de sus intenciones de intercambiar información de forma sana y amigable.
Os pongo un ejemplo: 4 de la madrugada, sales a fumar a la puerta del pub con gran elegancia, después de haberte bebido hasta el agua de los floreros. Se te acerca un tipo (el ejemplo también es válido con mujeres). Te pide fuego, se pone a tu lado. Tú ya sabes que está intentando ligar, pero te haces la despistada. Te hace preguntas absurdas de las que mañana no se acordará: de dónde eres, a qué te dedicas y bla bla bla. ¿Para qué necesita saber que estás en el paro si lo único que quiere es llevarte a la cama? Pero piensas “qué mono, quizá le he gustado de verdad… quizá me invite a un cena romántica el finde que viene, quizá sea uno de esos hombres sensatos que valoran tu formación, tu profesión, que comprende tu precaria situación que en absoluto te mereces”…quizá, quizá, quizá. Ay, incauta, porque ahora él, sin esperar a que tú se lo preguntes, ya tiene la excusa perfecta para decirte que es cirujano cardiovascular especialista en tratamientos experimentales con células madre. “Él país, va mal, sí, pero tengo que reconocer que soy un hombre afortunado. Éramos pocos en mi especialidad. De hecho, después de mi interinidad en Cambridge, puedo decir que soy el único español capacitado para realizar una intervención no invasiva percutánea sin bypass en pacientes menores de 3 años.” Te quedas perpleja,, pensando en cómo ese tipo tan interesante pudo haberse fijado en una pordiosera como tú, mientras él te sigue soltando la chapa sobre sus investigaciones con el mono enano titi. Los cigarros se acaban pero él, ni corto ni perezoso, te pide otro porque se ha dejado la cartera en el ropero. “Ya ves, de todas formas, las cosas están fatal para todos, cada vez es más caro conseguir monos enanos titi y hemos tenido que empezar a investigar con ratas de laboratorio”. “Qué tragedia”, dirás tú, visiblemente angustiada, mientras piensas que lo mejor es irte a por otra copa y perderte entre la muchedumbre antes de que al pedante de turno se le de por hablar de sus notas en Primaria.
Si hay un grupo social especialmente propenso a la pedantería ése es el de los literatos, periodistas, guionistas y artistas en general, tales como diseñadores o músicos. Grupo al que, por cierto, tengo el honor de pertenecer.
La gente del mundo de las letras acostumbra a hablar demasiado, lanzar largas peroratas para decir algo insignificante y aburrir al personal con su pose pseudointelectual y sus expresiones ingeniosas aprendidas de muchos de los diálogos de las series de televisión de la HBO, a las que tantos polvos deben. Pueden sufrir el “Síndrome de las Citas” que consiste en emplear frases y referencias bibliográficas de escritores e intelectuales en cualquier conversación insustancial con una audacia que roza la imbecilidad profunda.
Supongo que no todo el mundo que padece de pedantería es consciente de esta tara. Por eso, hay que saber pararle los pies antes de llegar al hartazgo y odiar a esa persona para siempre. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo decirle a alguien que corte el rollo antes de que te mueras del aburrimiento allí mismo? ¿Cómo hacerle entender que en este preciso momento conocer las razones de Cervantes para escribir el Quijote te importa una puta mierda, sin que se sienta ofendido? Es complicado. Lo reconozco. Es como decirle a alguien que tiene un moco. Tú lo ves, no puedes pensar en otra cosa, por importante que sea lo que te está contando: el moco es más fuerte. Pues cuando el pedante se pasa de rosca pasa exactamente lo mismo: claro que puede ser muy interesante lo que te esté contando, pero ha sobrepasado los límites de la fanfarronería y la vanidad, y mientras te suelta el sermón como si fueras un escolar tú sólo piensas en partirle la boca de una patada voladora, huir despavorido o dejarlo en evidencia hasta hacerlo llorar. Esto último es muy recomendable. Es terapia de choque.
Que el pedante te sale con las últimas fluctuaciones bursátiles y la subida de la prima de riesgo, pues tú le hablas de tu película preferida procurando, eso sí, que esté fuera de los circuitos comerciales. Y sino te la inventas, que hasta es capaz de decir que la conoce. Que intenta impresionarte con su última visita al Thyssen, pues tú, muy digno, le dices que te parece un asco todo lo que se cuelga en el Museo de esa pija capitalista y que para ti el arte verdadero es el de los creadores callejeros que pintan en las paredes del metro de Londres. Que utiliza expresiones en latín cada dos por tres, pues le dices que el latín está muerto por algo, y que emplearlo en el siglo XXI demuestra una falta total de conexión con la vanguardia cultural y cierto tufillo eclesiástico que, por supuesto, te repele. Y aprovechas, de paso, para salirte por la tangente hablando de los comentarios machistas del Papa Francisco y la necesidad de modernizar la Iglesia.
Sobra decir que la diferencia entre ser pedante y ser interesante es abismal. A mí me encanta compartir charla con personas cultas, inteligentes, ingeniosas y de las que pueda aprender algo. De hecho, procuro hacerlo a menudo, pues albergo la esperanza de que se me pegue algo. Como todo en la vida, hay que conocer la mesura y el equilibrio. El que es inteligente no necesita demostrarlo. La inteligencia sin educación, es como la Duquesa de Alba sin photoshop. No resulta agradable.
Cayetana Fitz-James Stuart, la duchessa di Alba, era anche contessa di Modica

 

photo by: