Mes: mayo 2013

Por qué la playa no es el Paraíso

Voy a hablar de ese gran placer del verano y que tantos meses llevamos deseando disfrutar, sobre todo, por el Norte: la playa. Los días de sol, toalla, arena y relax absoluto con el runrún del mar como única melodía de fondo.
No es por presumir, pero los gallegos sabemos que aquí están las mejores playas (y no quiero citar ese ranking del diario The Guardian  que colocaba a la playa de Rodas, en las Illas Cíes, como la number one de los arenales del mundo); pero aún así, la playa, nuestras maravillosas y apacibles playas, tienen sus inconvenientes.
Saltándonos los pasos previos básicos antes de salir –luego volveré a ello- nos toca meternos en el coche y enfilar la carretera rumbo a nuestro ansiado día de bronceado. Desgraciadamente, no somos los únicos. Ese primer domingo de la temporada estival tú, tu prima, el vecino de arriba, el de abajo, la del videoclub de enfrente, la panadera, el del gimnasio y tu ex están haciendo exactamente lo mismo: coger el coche para ir a la puta playa.
Treinta grados. Calor infernal para un gallego de pro. Coche. Y caravana kilométrica rumbo a Sanxenxo, The Paradise. Tú, que eres muy listo y ya lo habías previsto, sales a eso de la 1, por no coger a los que fueron a la mañana, ni a los de la tarde. Pero de nuevo, metido en ese maldito atasco, te das cuenta de que la originalidad no es uno de tus fuertes. Tardas 40 minutos en hacer un recorrido de 15 kilómetros, mientras observas como algunos de los conductores se amilanan y dan vuelta a medio camino. Pero tú no. Tú has salido para ir a la playa. Y a la playa irás. Cueste lo que cueste.
Llegas a Areas, la playa más abarrotada de Sanxenxo –junto con la propia Silgar- que, sinceramente, no sé por qué seguimos yendo a Areas, pero siempre pasa lo mismo, TODOS VAN. Tú hubieses tirado para otra más tranquila, como Paxariñas, pero resulta que tu amiga tiene que ir a allí a ver si se encuentra al maromo con el que estuvo el sábado, y el amigo de tu novio sólo va a Areas porque el viento sopla en la dirección adecuada para sacar la cometa a volar.
Observas con gran impotencia como 3000 vehículos giran en el cruce al que te diriges y piensas “no voy a encontrar sitio” mientras discutes con tu pareja por haber elegido ESA playa. Y no te equivocas: no vas a encontrar sitio. Ni ahora, ni dentro de media hora. Y mientras sigues dando vueltas y más vueltas alrededor de ese minúsculo parking que parece un insulto a la calidad turística del las Rías Baixas, empiezas a explorar angostos caminos. Te vas alejando, cada vez más, hasta que el mar se convierte en una fina línea azul en el horizonte y por fin, aparcas. Tienes que hacer malabares para introducir las dos ruedas izquierdas en una zanja –evitando volcar- mientras la otra mitad del coche se queda, inevitablemente, en medio de la carretera. Sólo deseas que éste no sea el domingo en que a la Guardia Civil de Tráfico le toque trabajar.
Son las 3 menos cuarto. Ya te has perdido casi dos horas de sol, más la media hora que te falta para llegar andando al arenal.
Citarse en una playa es de las cosas más estúpidas que se pueden hacer. “Estamos al lado de una torre de socorrismo, justo enfrente”. “Gracias”. Cuatro torres a lo largo de 400 metros de playa y 30.000 bañistas entorpeciendo tu búsqueda. Después de dar vueltas como un pobre perro sin dueño, por fin encuentras a tus amigos, y te tiras tranquilamente a disfrutar, ahora sí, de tu merecido descanso.
Te sacas la ropa apresuradamente y estiras tu toalla. Pasas de la crema, total, por un ratito… Y entonces tu novio coge, y te suelta “Cariño, ¿y mi toalla?” “SÑFJNFÒISHFGIOWNRFGÍHFIRHGífdnIÇFHWRIFKNSDKFNAFDSFYDF???????????????????” JODER, joder, WTF. “No cogiste tu maldita toalla?” “Ésa que, específicamente, te puse encima de la mesa de la sala antes de salir para que la vieras mientras te recordaba que la cogieras? ¿Acaso eres ciego, sordo, o sólo me puteas?”
Los chicos, amigas, nunca prepararán nada para la playa. No cuentes con ellos, les importa una mierda la playa. Si eso, se acuerdan de las palas, el balón, o algún otro juguete con el que entretenerse. No les pidas más. Sencillamente, no lo harán.
Con todo el rencor que albergas en tu pequeño cuerpo, le haces sitio para que se ponga contigo. Olvídate de estirar los brazos. Olvídate de todo, porque el muy desagradecido te dirá que qué mierda de toalla es ésa, tan pequeña que ni siquiera caben dos personas cómodamente. (dkjhgghasfhgusfgsfgsiugsiugs).
No se está tan mal. El contacto con el cuerpo de tu compañero te dejará un lado más blanco, pero es cuestión de ponerse de canto de vez en cuando, para compensar.
Como no encuentras la postura, te incorporas un poco para charlar con tu amiga. En ese preciso momento te miras las piernas por primera vez desde que saliste de casa, después de rasurarte rápidamente en la ducha porque no habías tenido tiempo de hacerte la cera. Entonces, lo ves: esa perfecta figura geométrica –un triángulo escaleno, concretamente- que tus pelos forman en tu pierna derecha. Esa mata de oscuro pelo negro en tus blancas piernas que por primera vez en el año ven el sol. Y te acuerdas del sabio proverbio: las prisas nunca fueron buenas.
Qué se le va a hacer. “No creo que me encuentre a nadie, maloserá”. Pero como la Ley de Murphy rige nuestras vidas, al cabo de cinco minutos exactos, ves cómo se acerca corriendo tu compañera de pupitre en el colegio. Gritando “Dianaaaaaa, cómo me alegrooooooooooo”. Y tú, con la velocidad de reacción máxima jamás registrada, enroscas tus piernas una sobre la otra –posición Buda- y finges un entusiasmo que en absoluto se merece. La muy plasta, que no tiene pensado irse, se sienta al lado y se pone a contarte su vida desde los 10 años en adelante. Llegado un momento, cuando las piernas están completamente dormidas y ya el riego no te llega a la cabeza, decides estirar las piernas y te justificas con el típico “ay tía, no tenía pensado venir y justo a última hora me llamaron estos y me depilé a toda prisa”. Y ella, observando el horror ante sus ojos, con esa educación fingida que todos hemos utilizado, te dice “nos pasa a todas, somos mujeres, no te preocupes”. Ése es el momento en que la zorra de Teresita llama a su marido para presentártelo. Y luego decía que no te guardaba rencor por pegarle los mocos en el pupitre.
Al cabo de dos horas, cuando ya el calor se hace insoportable, no te queda otra que ir a darte un chapuzón en las gélidas aguas del océano Atlántico. Llegas a la orilla, y metes un pie aterrada, luego el otro, y dejas pasar un rato para familiarizarte con el clima siberiano. Los niños corren alegremente por la orilla. Los niños son seres despojados de alma. Con una sonrisa más falsa que el pelo de Hilario Pino les dices: “niños, no me mojéis eh”, y entonces, una pandilla de psicópatas con dientes de leche pasan en estampida a tu lado y te empapan entera. Les dabas una hostia, pero la Ley del Menor te lo impide. Así que te vas metiendo muy poco a poco, hasta que arriba el amigo gracioso de turno que decide empujarte de bruces al agua. Tras la inmersión, el cerebro se te congela, los pezones se te quedan como para cortan diamante bruto y las piernas no responden. Pero él, divertido, te suelta “es un ratito y ya te acostumbras”. A ver, que entiendo que los pingüinos del Ártico se puedan llegar a acostumbrar pero os juro que yo, más de diez minutos con esa temperatura, corro grave riesgo de sufrir un fallo multiorgánico.
Evidentemente, ya que estás, aprovechas para hacer pis. Tan fría está el agua, que la vejiga está contraída y se niega a trabajar. Cuando parece que la cosa empieza a fluir llega el gañán de tu novio y grita desde la orilla “¿no estarás MEANDO? “Qué aproveche”. (AKASDKASDIAOJFIOJFOIDFSODFJHSDIFJ).
Una vez meada y refrescada, te vuelves a la toalla. Llena de arena. Hecha lo que vulgarmente se diría, una mierda. Y te pones a sacudirla. Sale la vieja de al lado “oye nena, sacude la toalla en la orilla que me molestas”. Y bajas por no escupirle a la vieja. Y te pones a sacudir la toalla en la orilla. Te encuentras al cachondo del instituto. Y te preguntas si no podrías haber coincidido en un pub, con tu maquillaje y tu push up puesto, como la gente normal. Y él te cuenta lo bien que le va, a pesar de ser más burro que un arado. Se hizo funcionario. Por qué lo habrás rechazado. Maldices tu suerte.
Llevas dos horas de playa y ahora sí, te apetece descansar. Los chicos se han ido a jugar al fútbol, es la hora de honguear. Escuchas gritos de un niño, luego de otro. Un balón se empotra contra tu bolsa de playa. Cinco veces. Pero sonríes, es un simpático niño. ¿Os dije ya que los niños en la playa son ETA?
Hora de la merienda de los niños. Alabado sea Vishnu. Te quedas frita, literalmente. Duermes, duermes y sueñas. Tal es tu nivel de abandono que los rayos ultravioletas penetran en tu piel con saña, hasta que te despiertas con un ligero picor en la espalda. Le dices a tu amiga, “oye, échame crema que creo que me estoy quemando”. Es demasiado tarde, y lo sabes. Tu piel, que tiene más memoria que toda la que conseguiste reunir tú para el último examen de carrera, te recordará al llegar a casa que te va a salir caro tu irresponsable baño de sol.
A eso de las ocho sacas los bocatas desintegrados que guardabas en tu mochila. Meterle un trago a la botella de agua te provocaría quemaduras internas. Así que te vas al chiringuito a comprar un refrigerio para acompañar a lo que queda de tu sándwich. Tres euros te cobran por una botella de agua –de las pequeñas-, que te dan ganas de pedirle la factura al paisano para desgravar el IVA.
Tienes tanta hambre que ese bocadillo te sabe al más exquisito de los manjares, disfrutas con cada bocado, con cada pequeño mordisco, con el sabor del queso derretido dando vueltas en tu lengua. Lo apoyas en la toalla para beber. Y en el momento en el que te giras allí están ellas al acecho: las gaviotas. La primera, arranca de un picotazo la tapa de tu bocadillo, mientras que la segunda, más avispada, coge lo de dentro sin que tengas tiempo para reaccionar. Triste y abatida te lamentas de tu suerte. Lo único que te consuela es que, por lo menos, tuvieron el detalle de cagarle a la vieja encima.
Las nueve. Hora de recoger los bártulos. Aún queda ir a por el coche. Es decir, encontrarlo.
Nueve y media. Abres la puerta del coche y un aire tórrido sale como una boca de fuego de su interior. Esperas diez minutos a que se enfríe. Te encuentras aliviada al sentarte en el coche. Tu espalda palpita al contacto con la tapicería de polipiel. Por lo menos ya casi no hay atasco.
Cinco de la mañana. Quemaduras de primer grado. Hora de visitar Urgencias.

Las edades del amor

“El amor no tiene edad” es una de las grandes grandes patrañas de la humanidad. No niego, por supuesto, que pueda haber parejas exitosas con una amplia diferencia en años. Pero la edad tiene que influir, y de hecho influye, en la manera de afrontar las relaciones sentimentales. Estoy convencida de la necesidad de vivir plenamente las diferentes etapas de la vida, de lo contrario, la presión de las experiencias no vividas podría hacer acto de presencia en el momento menos pensado y hacer saltar por los aires tu idílica relación sentimental. No hay nada más contraproducente que las cosas realizadas a destiempo. 
Todo empieza con la efervescencia hormonal.
En mi caso, conocí a mi primer novio con 14 años y me dio mi primer beso con lengua. Un morreo tan importante para mí que me prometí –nos prometimos- que siempre estaríamos juntos. Desgraciadamente, otros niños se cruzaron en mi camino, y como la indecisión es uno de los principales rasgos de los adolescentes, tuve que probar suerte con casi todos. Prácticamente con cada uno de ellos pensé yo que me iba a casar y tener hijos, pero siempre llegaba otro que lo mandaba todo al trasto y tenía que volver a empezar mi búsqueda de marido adolescente. Viví grandes momentos de alegría y furor desbordantes, seguidos de otras etapas de depresión y abatimiento cuando el amor se nos acababa. La adolescencia es como Gran Hermano: todo se magnifica. Y el amor mucho más. Sobre todo cuando se juntan dos individuos de la misma edad, que es lo normal. Con 15 años los de 18 suelen resultar “súper mayores” y para los de 18 los de 15 “son unos críos”. Había listillos, sí, excepciones, también, pilinguis provocadoras, pero en mi época lo normal eran los affaires entre críos de vello púbico incipiente.
Después de esta etapa teen, en la que hay gente que incluso se llega a comprometer y lo cumple, (Ojocuidao) llegan los 18, y la veintena. Una edad mucho más sensata, dónde va a parar. Hay gente que arrastra y conserva su novio o novia del instituto durante esta importante etapa de crecimiento interior. Si tienes 20 años, amigo, recuerda mi sabio consejo: disfruta, porque no los volverás a tener. Eres muy joven, pero oficialmente, adulto. Aunque intentes ser súper maduro, acabas de salir de la adolescencia y el virus sigue corriendo por tus venas.
Como diría Unamuno, la cultura (que no las noches de cerveza y despiporre)  nos hace más libres; las parejas, inevitablemente, más dependientes y sumisos. El universitario ideal debería abominar la idea de pasarse las vida colgado del brazo de alguien. Los padres o la beca están obligados a sustentar esta feliz vida de utópica independencia. Si encuentras a alguien en la Universidad –cuanto más bohemio y libre sea, mejor- lo más probable es que también se acabe, como todo en esta etapa de transición. Pero no importa, el sufrimiento es absolutamente necesario. Las ganas de seguir estudiando son inversamente proporcionales a las de tener pareja, por eso muchos prolongan esta etapa con innecesarios estudios de máster, prostgrado o segundas carreras. ¿Qué otra justificación puede tener este empeño de estudiar en España más allá de los 25 si no es irse de fiesta y FOLLAR COMO LOCOS?.
Superada esta etapa, llamémosla, de “Primera Madurez” uno entra en la última veintena y conforme los 30 se hacen más reales, también la repentina necesidad de emparejarse y hasta de perpetuar la especie. Posición que claramente contrasta con las posibilidades económicas y el alegre estilo de vida de nuestra insana juventud. Si eres de los rarunos, te diré que el dilema está servido: tú quieres seguir siendo guay y desde luego sacar la teta o el biberón en medio de una de las reuniones de porretas de tus colegas es, como poco, antiguay. Por lo que aconsejo posponer la experiencia maternal si no queréis olvidaros de la vida social. Sin embargo, los cambios pueden ir más allá si hay una cierta independencia económica del lecho familiar y las parejas pueden irse a vivir juntas. Mola más decirlo que hacerlo, aunque mola más hacerlo que vivir con tus padres. Y, desde luego, mola mucho más hacerlo que vivir con tus padres, hermanos y otras mascotas. La convivencia no es, en ningún caso idílica, pero tampoco lo es el sexo en el coche, y hay que probarlo. No huyáis de este paso, cobardes. Si lo hacéis, os advierto de que vuestro matrimonio estará condenado al fracaso. Podéis alargarlo sí, pero en algún momento la propuesta caerá sobre vuestros hombros con la fuerza de un devastador tsunami.
Tras esta fase de casi asentamiento, llega la locura, la perdición: la treintena. Pero ya os podéis ahorrar las lamentaciones derivadas de la expresión “la crisis de los 30”porque estudios científicos basados en mis propias investigaciones empíricas demuestran que los 30 son los nuevos 20. Puede que las cremas antiarrugas y el gimnasio hayan dejado de ser un vicio para convertirse en una primera necesidad (en tu caso, se entiende) pero aún así estás pletórico y radiante. Joder, no sé que pasa a los 30 pero la gente empieza a estar bastante más buena que antes. Excepto casos aislados como el desgraciado Macauly Culkin o la incomprensible Belén Esteban, la gente se encuentra sensiblemente más follable a partir de los 30. Además, los solteros parecen estar mucho menos preocupados por su situación sentimental que cinco años antes, y los casados/emparejados no se pierden una cena de empresa, gimnasio o coro parroquial. No obstante, se advierte un absentismo en las comidas con los suegros.
Claro que las bodas son cada vez más frecuentes, pero los que se casan parecen no tenerlas todas consigo. Si no fuese por mi fe ciega en el amor, diría incluso que algunos y algunas lo hacen obligados por las circunstancias. Los amigos solteros, pésima compañía para un recién casado, te animan a salir de fiesta y hacer planes sin tu pareja. Pararelamente, aumenta de forma drástica la natalidad, hasta el punto de convertir una animada reunión de amigas en una especie de babysecta en donde las no madres no encuentran cabida. Y claro, es el momento de que los espíritus libres cierren los bares.
Viéndolo con distancia podría parecer que a los 40 ya tienes que gozar de una estabilidad familiar y sentimental y disfrutar viendo a los niños jugar el partido del domingo. Lo que pasa a los 40 es curioso. Si viviésemos en un país medianamente civilizado, los trabajadores tendrían que estar en su mejor momento laboral: con la suficiente experiencia para medrar y la fuerza para pelear por mejores posiciones. O para emprender un proyecto de éxito. Afortunadamente, algunos casos hay. Y es aquí cuándo volvemos a un dilema parecido al de la Universidad. Cuánto más trabaja y triunfa uno más exigente se vuelve, y muchas parejas, pasan a mejor vida. Algunas personas se dan cuenta de que no necesitan la compañía de alguien como complemento permanente y optan por la soltería como estilo de vida. Si en los 30 se celebraban bodas, los 40 son la edad ideal para las despedidas de casados. El momento en que, como siempre, los hombres corren detrás de las minifaldas y las mujeres pasan de los maduritos “interesantes” para buscar alegrías en los brazos de jóvenes promesas fáciles de domesticar. Evidentemente, hay muchas parejas que se establecen, pero es que eso no tiene gracia alguna. 
Eso sí, a partir de los 50 las personas son definitiva y absolutamente normales. Por lo tanto, no tienen mayor objetivo en la vida que cuidar de la prole. Nada de tonterías ni búsqueda de amores. Serenidad, paz y sosiego. Como mis padres.

El arte de la pedantería (y cómo reconocerla)

Hace algunas semanas, un viernes de esos que se me dio por no salir (mal hecho), me tiré cómodamente en el sofá preparada para ingerir un poco de telemierder acompañada de uno de sus máximos exponentes en este país: Jorge Javier Vázquez. Todo trascurría con relativa normalidad –peleas, insultos, cotilleos, comentarios vulgares, palabras soeces…- hasta que el héroe de la telebasura espetó con gran vehemencia uno de sus comentarios pedantes para demostrar al personal cuán culto es. Una manía muy arraigada en este personaje y en otros de sus compañeros de circo, como la señora Mercedes Milá, que lo mismo habla de pajas a cuatro manos y orines en la ducha como te da una recomendación literaria o teatral al tiempo que chupa pezones ajenos. Vázquez, además, es un entusiasta de poner en evidencia a sus compañeros (cuanto más borregos, mejor), en particular a la pobre Belén Esteban, a la que más de una vez –y sin venir absolutamente al caso- preguntó cuestiones relativas a la vida política o cultural con la única intención de mofarse de ella y colgarse la medalla de tipo más culto del programa. Que, por otra parte, tampoco creo yo que el nivel sea, precisamente, inalcanzable.
Esto es lo que yo considero pedantismo elevado al cubo. Hacer alarde de erudición totalmente en vano, fuera de lugar, de contexto, con la intención evidente de quedar por encima del otro: sus compañeros de trabajo, sus invitados y la mayoría de la audiencia a la que se dirigen este tipo de espacios televisivos (lo mío es pura investigación sociológica). Más patético aún, si cabe, es que habrá gente que crea realmente que la telebasura está hecha por (y para)  mentes privilegiadas e instruidas y que lleguen a tomarse en serio algunos de sus comentarios.
El pedante es una persona con baja autoestima, que teme quedar en evidencia delante de los demás y que habla con gran arrogancia de asuntos en los que él se considera experto. Utiliza expresiones grandilocuentes para impresionar, saltándose lo que yo denomino “protocolo del bar”, con una falta de discreción que dice bastante poco a favor de sus intenciones de intercambiar información de forma sana y amigable.
Os pongo un ejemplo: 4 de la madrugada, sales a fumar a la puerta del pub con gran elegancia, después de haberte bebido hasta el agua de los floreros. Se te acerca un tipo (el ejemplo también es válido con mujeres). Te pide fuego, se pone a tu lado. Tú ya sabes que está intentando ligar, pero te haces la despistada. Te hace preguntas absurdas de las que mañana no se acordará: de dónde eres, a qué te dedicas y bla bla bla. ¿Para qué necesita saber que estás en el paro si lo único que quiere es llevarte a la cama? Pero piensas “qué mono, quizá le he gustado de verdad… quizá me invite a un cena romántica el finde que viene, quizá sea uno de esos hombres sensatos que valoran tu formación, tu profesión, que comprende tu precaria situación que en absoluto te mereces”…quizá, quizá, quizá. Ay, incauta, porque ahora él, sin esperar a que tú se lo preguntes, ya tiene la excusa perfecta para decirte que es cirujano cardiovascular especialista en tratamientos experimentales con células madre. “Él país, va mal, sí, pero tengo que reconocer que soy un hombre afortunado. Éramos pocos en mi especialidad. De hecho, después de mi interinidad en Cambridge, puedo decir que soy el único español capacitado para realizar una intervención no invasiva percutánea sin bypass en pacientes menores de 3 años.” Te quedas perpleja,, pensando en cómo ese tipo tan interesante pudo haberse fijado en una pordiosera como tú, mientras él te sigue soltando la chapa sobre sus investigaciones con el mono enano titi. Los cigarros se acaban pero él, ni corto ni perezoso, te pide otro porque se ha dejado la cartera en el ropero. “Ya ves, de todas formas, las cosas están fatal para todos, cada vez es más caro conseguir monos enanos titi y hemos tenido que empezar a investigar con ratas de laboratorio”. “Qué tragedia”, dirás tú, visiblemente angustiada, mientras piensas que lo mejor es irte a por otra copa y perderte entre la muchedumbre antes de que al pedante de turno se le de por hablar de sus notas en Primaria.
Si hay un grupo social especialmente propenso a la pedantería ése es el de los literatos, periodistas, guionistas y artistas en general, tales como diseñadores o músicos. Grupo al que, por cierto, tengo el honor de pertenecer.
La gente del mundo de las letras acostumbra a hablar demasiado, lanzar largas peroratas para decir algo insignificante y aburrir al personal con su pose pseudointelectual y sus expresiones ingeniosas aprendidas de muchos de los diálogos de las series de televisión de la HBO, a las que tantos polvos deben. Pueden sufrir el “Síndrome de las Citas” que consiste en emplear frases y referencias bibliográficas de escritores e intelectuales en cualquier conversación insustancial con una audacia que roza la imbecilidad profunda.
Supongo que no todo el mundo que padece de pedantería es consciente de esta tara. Por eso, hay que saber pararle los pies antes de llegar al hartazgo y odiar a esa persona para siempre. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo decirle a alguien que corte el rollo antes de que te mueras del aburrimiento allí mismo? ¿Cómo hacerle entender que en este preciso momento conocer las razones de Cervantes para escribir el Quijote te importa una puta mierda, sin que se sienta ofendido? Es complicado. Lo reconozco. Es como decirle a alguien que tiene un moco. Tú lo ves, no puedes pensar en otra cosa, por importante que sea lo que te está contando: el moco es más fuerte. Pues cuando el pedante se pasa de rosca pasa exactamente lo mismo: claro que puede ser muy interesante lo que te esté contando, pero ha sobrepasado los límites de la fanfarronería y la vanidad, y mientras te suelta el sermón como si fueras un escolar tú sólo piensas en partirle la boca de una patada voladora, huir despavorido o dejarlo en evidencia hasta hacerlo llorar. Esto último es muy recomendable. Es terapia de choque.
Que el pedante te sale con las últimas fluctuaciones bursátiles y la subida de la prima de riesgo, pues tú le hablas de tu película preferida procurando, eso sí, que esté fuera de los circuitos comerciales. Y sino te la inventas, que hasta es capaz de decir que la conoce. Que intenta impresionarte con su última visita al Thyssen, pues tú, muy digno, le dices que te parece un asco todo lo que se cuelga en el Museo de esa pija capitalista y que para ti el arte verdadero es el de los creadores callejeros que pintan en las paredes del metro de Londres. Que utiliza expresiones en latín cada dos por tres, pues le dices que el latín está muerto por algo, y que emplearlo en el siglo XXI demuestra una falta total de conexión con la vanguardia cultural y cierto tufillo eclesiástico que, por supuesto, te repele. Y aprovechas, de paso, para salirte por la tangente hablando de los comentarios machistas del Papa Francisco y la necesidad de modernizar la Iglesia.
Sobra decir que la diferencia entre ser pedante y ser interesante es abismal. A mí me encanta compartir charla con personas cultas, inteligentes, ingeniosas y de las que pueda aprender algo. De hecho, procuro hacerlo a menudo, pues albergo la esperanza de que se me pegue algo. Como todo en la vida, hay que conocer la mesura y el equilibrio. El que es inteligente no necesita demostrarlo. La inteligencia sin educación, es como la Duquesa de Alba sin photoshop. No resulta agradable.
Cayetana Fitz-James Stuart, la duchessa di Alba, era anche contessa di Modica

 

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