La semana pasada estuve charlando con un amigo al que hacía poco tiempo lo había dejado su novia, a pesar de estar profundamente enamorada de él apenas unos días antes. Me leyó y releyó los correos tratando de que le ayudase a buscar algún indicio, una pista que aventurase el fatal desenlace, pero nada. Más bien, sonaban campanas de boda momentos antes de anunciarle, vía email, que lo suyo, no podía ser. “Eres demasiado para mí” “He intentado ser una cosa que no era, no te culpes, ambos lo hemos intentado”. Y así, como obligada por las circunstancias, la chica cerró una etapa a quemarropa, sin anestesia que aliviara el dolor del momento. Y a otra cosa.
La aplaudiría en su determinación y coraje si no fuese por el “te quiero” del final. Lo siento, pero es súper cutre. Como cuando una peli deja el “final abierto” invitando al espectador a que imagine su propio desenlace. Jode, eh? Es algo muy típico de los malos guionistas que no saben cómo terminar las historias o buscan una segunda parte para tratar de remendar el miserable fin de la primera. Pero con lo que cuesta hacer una película, o estás muy seguro de que será un éxito de taquilla –cosa bastante improbable- o definitivamente eres un pésimo cineasta. O matas al protagonista, o se casa con la chica. Pero haz algo, coño. Nada de puertas abiertas, de falsas esperanzas, de suicidios programados o infancias difíciles. Si te quieren como pareja –y de eso se trata- no te dejan. Porque NADIE quiere ver a la persona que ama del brazo de otra. Lo que pasa es que TODOS tenemos miedo a la soledad.


Sin embargo, lo que más me llamó la atención de esta historia –una ruptura más, diréis vosotros, despechados lectores- fue la reacción de mi amigo. Sí, estaba enfadado, decepcionado, bastante cabreado y puede que un pelín alterado, pero pronunció la frase más franca que he escuchado nunca de boca de alguien que acaba de terminar una relación: “Me muero de ganas de volver a enamorarme, es lo único que quiero ahora”. Bravo.
Y es que en cuanto acabamos una relación, la mayor parte de los seres humanos vamos buscando enamorarnos de nuevo (aunque no lo hagamos a conciencia). No tiene nada de malo, al contrario, el amor actúa como una potente droga química que te deja el cerebro más a gustito que una sobredosis de Lexatines. Y los que han estado enamorados hace poco necesitan de esa dosis más que nadie. Son yonkis del amor.
No obstante, nos empeñamos en fingir y repetir el mismo esquema: te dejan o dejas –da igual los años o días que hubieses pasado con alguien- y necesitas estar solo. Es como el libro de estilo de la dignidad: tienes que demostrarle al mundo que puedes estar solo. ¡Claro que puedes! Tú, yo, y Marujita Díaz. Otra cosa es que reniegues del placer que supone enamorarse (ojo, e-na-mo-rar-se no es lo mismo que em-pa-re-jar-se, aunque todo se andará).
El amor anula las emociones negativas, ya que está científicamente demostrado que el estado inicial del amor romántico, aquello que se conoce como enamoramiento, es el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que desencadenan una oleada de felicidad y positivismo muy parecida a un colocón de cocaína*. El verdadero enamoramiento, lo que comúnmente identificamos las seguidoras de Sexo en Nueva York como “el suave aleteo de mariposas en el estómago”, sobreviene cuando se produce en el cerebro la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Al inundarse el cerebro de esta sustancia, éste responde mediante la secreción de dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos para desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), norepinefrina y oxiticina y comienza el trabajo de los neurotransmisores que dan lugar a los arrebatos sentimentales. Estos compuestos combinados explican que los recién enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o hambre.
En este estadio inicial el amor es una enfermedad, muy parecido a un trastorno obsesivo, que nos impide pensar en cosas negativas y debilita mucho nuestro razonamieno crítico, en particular, cuando se trata de analizar a nuestro ser amado.
Sin embargo, esta fase no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo. Al cabo de unos meses, dos o tres años a lo sumo, el estado de “imbecilidad transitoria” -que diría Otega y Gasset- maravillosamente insensato e irresponsable, da lugar a un amor más cómodo, relajado, de confianza y necesidad mutua. Entran en juego otros planes: formar una familia, apoyarse en las decisiones importantes, viajar en agosto a Valencia en autocaravana intentando no matar a los niños o jugar juntos al Euromillones cada domingo como dos pobres desgraciados. Si todo va bien, podréis ir todos los fines de semana a casa de vuestros padres intentando rapiñar de aquí y de allá porque sus platos “son los mejores del mundo”. No suena muy atractivo, pero que levante la mano el que crea que pasarse meses aguantando los gases y fingiendo que has nacido depilada resulta súper cómodo.
Hay diferentes tipos de yonkis del amor: los que aceptan esta etapa de asentamiento y aguardan con ilusión (o resignación) esa vida en común y los que van buscando mariposas en una primavera de felicidad y decepción constante. Los segundos, no pueden mantener una pareja por mucho tiempo, aunque probablemente, sientan el amor más descarnado e intenso que se pueda experimentar jamás. Cada una de las personas con las que están la convierten en el amor de su vida, con esquizofrénica devoción, hasta que las mariposas vuelan y se quedan solos ante el jardín de su vida. Si son valientes, terminan aquí la relación y al menos, pueden recordar lo mejor de cualquier relación: el principio. Sí no lo son, se atascarán en broncas y reconciliaciones constantes que siempre terminan de la misma manera: mal.
Este tipo de relación es tan buena como una relación sosegada y estable si los dos miembros de la pareja la viven así. El problema, es cuando uno de los dos queda “colgado” del otro, quien no parece tener planes de convertir su idilio en el definitivo. O no lo tiene muy claro. Y eso es mucho peor.
Aunque también es patético embarcarse en una relación de pareja sin haber experimentado esa fase previa de desbordante locura y pasión desenfrenada. Será lo que recordéis cuando os paséis noches enteras cambiando pañales o escapando de pedos pegajosos y pies helados bajo las sábanas.
* Mensaje patrocinado por el Ministerio de Sanidad, Ana Mato, los distribuidores de confeti y el DJ del Madrid Arena.