Mes: marzo 2013

Yonkis del amor

La semana pasada estuve charlando con un amigo al que hacía poco tiempo lo había dejado su novia, a pesar de estar profundamente enamorada de él apenas unos días antes. Me leyó y releyó los correos tratando de que le ayudase a buscar algún indicio, una pista que aventurase el fatal desenlace, pero nada. Más bien, sonaban campanas de boda momentos antes de anunciarle, vía email, que lo suyo, no podía ser. “Eres demasiado para mí” “He intentado ser una cosa que no era, no te culpes, ambos lo hemos intentado”. Y así, como obligada por las circunstancias, la chica cerró una etapa a quemarropa, sin anestesia que aliviara el dolor del momento. Y a otra cosa.
La aplaudiría en su determinación y coraje si no fuese por el “te quiero” del final. Lo siento, pero es súper cutre. Como cuando una peli deja el “final abierto” invitando al espectador a que imagine su propio desenlace. Jode, eh? Es algo muy típico de los malos guionistas que no saben cómo terminar las historias o buscan una segunda parte para tratar de remendar el miserable fin de la primera. Pero con lo que cuesta hacer una película, o estás muy seguro de que será un éxito de taquilla –cosa bastante improbable- o definitivamente eres un pésimo cineasta. O matas al protagonista, o se casa con la chica. Pero haz algo, coño. Nada de puertas abiertas, de falsas esperanzas, de suicidios programados o infancias difíciles. Si te quieren como pareja –y de eso se trata- no te dejan. Porque NADIE quiere ver a la persona que ama del brazo de otra. Lo que pasa es que TODOS tenemos miedo a la soledad.


Sin embargo, lo que más me llamó la atención de esta historia –una ruptura más, diréis vosotros, despechados lectores- fue la reacción de mi amigo. Sí, estaba enfadado, decepcionado, bastante cabreado y puede que un pelín alterado, pero pronunció la frase más franca que he escuchado nunca de boca de alguien que acaba de terminar una relación: “Me muero de ganas de volver a enamorarme, es lo único que quiero ahora”. Bravo.
Y es que en cuanto acabamos una relación, la mayor parte de los seres humanos vamos buscando enamorarnos de nuevo (aunque no lo hagamos a conciencia). No tiene nada de malo, al contrario, el amor actúa como una potente droga química que te deja el cerebro más a gustito que una sobredosis de Lexatines. Y los que han estado enamorados hace poco necesitan de esa dosis más que nadie. Son yonkis del amor.
No obstante, nos empeñamos en fingir y repetir el mismo esquema: te dejan o dejas –da igual los años o días que hubieses pasado con alguien- y necesitas estar solo. Es como el libro de estilo de la dignidad: tienes que demostrarle al mundo que puedes estar solo. ¡Claro que puedes! Tú, yo, y Marujita Díaz. Otra cosa es que reniegues del placer que supone enamorarse (ojo, e-na-mo-rar-se no es lo mismo que em-pa-re-jar-se, aunque todo se andará).
El amor anula las emociones negativas, ya que está científicamente demostrado que el estado inicial del amor romántico, aquello que se conoce como enamoramiento, es el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que desencadenan una oleada de felicidad y positivismo muy parecida a un colocón de cocaína*. El verdadero enamoramiento, lo que comúnmente identificamos las seguidoras de Sexo en Nueva York como “el suave aleteo de mariposas en el estómago”, sobreviene cuando se produce en el cerebro la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Al inundarse el cerebro de esta sustancia, éste responde mediante la secreción de dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos para desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), norepinefrina y oxiticina y comienza el trabajo de los neurotransmisores que dan lugar a los arrebatos sentimentales. Estos compuestos combinados explican que los recién enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o hambre.
En este estadio inicial el amor es una enfermedad, muy parecido a un trastorno obsesivo, que nos impide pensar en cosas negativas y debilita mucho nuestro razonamieno crítico, en particular, cuando se trata de analizar a nuestro ser amado.
Sin embargo, esta fase no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo. Al cabo de unos meses, dos o tres años a lo sumo, el estado de “imbecilidad transitoria” -que diría Otega y Gasset- maravillosamente insensato e irresponsable, da lugar a un amor más cómodo, relajado, de confianza y necesidad mutua. Entran en juego otros planes: formar una familia, apoyarse en las decisiones importantes, viajar en agosto a Valencia en autocaravana intentando no matar a los niños o jugar juntos al Euromillones cada domingo como dos pobres desgraciados. Si todo va bien, podréis ir todos los fines de semana a casa de vuestros padres intentando rapiñar de aquí y de allá porque sus platos “son los mejores del mundo”. No suena muy atractivo, pero que levante la mano el que crea que pasarse meses aguantando los gases y fingiendo que has nacido depilada resulta súper cómodo.
Hay diferentes tipos de yonkis del amor: los que aceptan esta etapa de asentamiento y aguardan con ilusión (o resignación) esa vida en común y los que van buscando mariposas en una primavera de felicidad y decepción constante. Los segundos, no pueden mantener una pareja por mucho tiempo, aunque probablemente, sientan el amor más descarnado e intenso que se pueda experimentar jamás. Cada una de las personas con las que están la convierten en el amor de su vida, con esquizofrénica devoción, hasta que las mariposas vuelan y se quedan solos ante el jardín de su vida. Si son valientes, terminan aquí la relación y al menos, pueden recordar lo mejor de cualquier relación: el principio. Sí no lo son, se atascarán en broncas y reconciliaciones constantes que siempre terminan de la misma manera: mal.
Este tipo de relación es tan buena como una relación sosegada y estable si los dos miembros de la pareja la viven así. El problema, es cuando uno de los dos queda “colgado” del otro, quien no parece tener planes de convertir su idilio en el definitivo. O no lo tiene muy claro. Y eso es mucho peor.
Aunque también es patético embarcarse en una relación de pareja sin haber experimentado esa fase previa de desbordante locura y pasión desenfrenada. Será lo que recordéis cuando os paséis noches enteras cambiando pañales o escapando de pedos pegajosos y pies helados bajo las sábanas.
* Mensaje patrocinado por el Ministerio de Sanidad, Ana Mato, los distribuidores de confeti y el DJ del Madrid Arena.

Yo para ser feliz quiero una Thermomix

A lo largo del pasado viernes, 8 de marzo, Día de la Mujer, tuve algunas acaloradas (e interesantes) conversaciones sobre el significado del feminismo en la actualidad, el uso del lenguaje como herramienta para la mayor integración de las mujeres, el trabajo femenino -y su remuneración- y blablablabla. Me apena saber que, aunque estamos avanzando en la dirección correcta, algunos hombres siguen pensando que hay ciertas áreas laborales, sociales o culturales de las que debemos seguir exentas. Sin ir más lejos, estos días se escoge nuevo Papa y ¿qué me decís del fútbol mixto? ¿Nos lo tomamos de coña, verdad?.

Por lo menos, sé que puedo discutir con un hombre de tú a tú, respetándonos mutuamente, sin que nadie me calle la boca. Parece una chorrada, pero la mayoría de nuestras abuelas no podían. Y, lamentablemente, todavía sigue habiendo muchas chicas que, o no pueden, o no quieren. Una auténtica tragedia.

Lo que sigue siendo digno de “arrancarse los ojos” es el sexismo en la publicidad. Y sin embargo, los publicistas parecen tan chic y tan modernos que cualquiera lo entiende…quiero creer que son unos mandados. Y por cierto, muy poco originales.
Por centrarme en algo –lo más entretenido- me centraré en la televisión. Los spots de televisión dirigidos al público femenino dan ASCO y VERGÜENZA en su gran mayoría. Básicamente, se centran en resaltar tres “cualidades” de las mujeres:
1)      La mujer como maruja y ama de casa. La mujer pone la colada, el lavavajillas, friega el suelo, el baño, la cocina (bueno cuando se atasca el lavabo viene el hombre porque debemos de ser subnormales), además de cuidar felizmente de los niños y tener la casa perfectamente desinfectada para proteger a su familia.
– Aquí tenemos a una amiga en problemas por su mancha. Tranquilas, una limpiadora del futuro vestida de rosita le trae Vanish:
– Don Limpio, ese calvo que lleva 30 años ayudando a las mujeres en el hogar:
– Finsih Quatum, te desvela “la receta de la felicidad”. Y ponte el mandilón de flores, bonita.
2)      La mujer menstruadora o menopáusica. La regla la deben de tener sólo las adolescentes que llevan bragas de colores y bailan contoneando el culo todo el santo día. Lo fundamental es que no se note el olor, pecado capital que pone en evidencia la pureza con la hemos venido a este mundo, por eso todo tiene “odor control”.No vaya a ser que algún hombre se dé cuenta de que estamos menstruando y se desmaye. Por otra parte, está la pobre mujer menopáusica, que tiene que usar megacompresas para las pérdidas de orina. Correcto. ¿Qué pasa? ¿Acaso no hay hombres mayores que tienen pérdidas?
 – ¿Qué cojones es esto, señores de Evax? Se nota que nunca habéis tenido la regla.
– Patricia Conde te ayuda a ponerte un tampón. Y de paso te enseña su colección de bragas.
-Pero antes ya fue Shaila Dúrcal, volviendo al mundo rosa de las nubes y las flores:
-Para las maduritas está Concha Velasco, aunque con bastante más estilo que las otras dos:
-Aunque, sin duda, el premio se lo lleva Chilly Gel. Unos graciosos estos anunciantes. Y como siempre, hablemos de lo que hablemos, A ENSEÑAR CACHA:

 

-Felicito a Ausonia porque sus anuncios no tienen nada que ver con lo que os acabo de enseñar. Olé.
3)      La mujer siempre bella, joven y cuidada. Además de la limpieza y de la regla, lo que más nos importa es estar guapas y sentirnos jóvenes. Por eso, los anuncios de cosméticos destinados a las mujeres de 60 o más años prometen un cutis de una de 40; los que van dirigidos a las de 40 de una de 30 y los que van para las de 30 garantizan la tez de una de niña de 15 años embalsamada, sin granos, ni puntos negros, ni rastro alguno de expresividad. Por supuesto, si lo que queremos son resultados inmediatos, también tenemos una amplia oferta de operaciones de cirugía estética (pechos, culo, tripa) y a vivir que son días, muñecas.-Paz Vega, actriz conocida por enseñarnos hasta el DNI en cada una de sus interpretaciones, conservada así de estupenda a base de una crema de 15 euros. Qué suerte.

-Otra  multioperada, la modelo Eugenia Silva, aportando su granito de arena en esta carrera por la eterna juventud. ¿Y esta chorrada del medidor antiarrugas? ¿¿Hola???
– Y Jane Fonda, que tampoco se ha hecho ningún retoque, vendiendo salvia de juventud.
Lo obsesión por la piel de naranja y la celulitis había que mirársela, teniendo en cuenta que es algo que tenemos el 95 por ciento de las mujeres (incluso las muy delgadas).
– Y para eso están las marcas que tienen el santo morro de adjudicarse investigaciones científicas o médicas para vendernos sus productos:
– Este spot de Corporación Dermoestética nos dibuja una sociedad en que los tratamientos de cirugía parecen tan normales como ir a ponerse las mechas:
Sin embargo, otros como Dove, saben vender sus productos de una forma mucho más digna:
Además, de los productos cosméticos, están los dietéticos. A pesar de que el 45,5% de los varones españoles tienen sobrepeso (frente al 29.9% de las mujeres)* la práctica totalidad de los anuncios de productos “bajos en” o “light” están protagonizados por mujeres: mahonesas, yogures, quesos de untar, refrescos, barritas, cereales, leches desnatadas, leches sin leche y qué se yo qué demonios más.
Pero si hay algo con lo que no puedo, que me supera y me llena de indignación, son los sports destinados a las niñas. Por favor, os pido que, aparte de con las jóvenes madres protagonistas, os quedéis con la letra de la canción. No tiene desperdicio:

 

No puedo negar que, en cierta dosis, yo también me siento atraída por la moda y la belleza, y no creo que sea en absoluto incompatible con ser feminista. Pero también me gustan muchas otras cosas, igual que a los hombres, los perros y las musarañas. Por eso, no soporto que los anunciantes utilicen siempre a las mujeres como esclavas de su cuerpo, su hogar, o su familia para vender sus productos.
Porque, independientemente del éxito de ventas que pueda justificar esta publicidad ENGAÑOSA, está el daño irreversible que se hace a muchas mujeres, jóvenes y niñas. Contribuyendo, dicho sea de paso, a que demasiados hombres nos sigan viendo como ciudadanos de segunda, amas de casa histéricas, personas obsesionadas con la limpieza y la estética, a las que, aún por encima, tienen que soportar “cuando están con la regla”. Si algún día tengo una hija le cortaré piernas y brazos al primero que le regale un carrito con un Nenuco.Yo para ser feliz quiero una Thermomix! (Y no cocinar nunca jamás)

*FUENTE: Instituto Médico Europeo de la Obesidad

Mentir para sobrevivir

Vivimos en una sociedad en que la verdad, la falsa modestia, el cinismo y la hipocresía están sobrevalorados  y, en cambio, una inocente mentira es vista casi como un atentado contra la moral de quienes prodigan la honestidad como el mayor de los valores humanos.
No es que no se mienta, es que nadie lo confiesa. Mentir mentimos más que hablamos (parece demostrado que mentimos incluso sin darnos cuenta, de forma sistemática). Aunque odiamos que nos mientan. O eso queremos creer.
                                                    
Todas las relaciones humanas están cimentadas sobre la mentira. Mentimos cuando buscamos un puesto de trabajo, adornando un poco el currículum y echándonos flores en la entrevista personal; mentimos al médico quejándonos mucho, de algo que nos duele un poco; mentimos al profesor cuando no entregamos un trabajo o faltamos a un examen; mentimos a nuestros clientes; mentimos a los amigos cuando preferimos quedarnos en casa viendo la tele en lugar de salir; mentimos a nuestros padres sobre la hora a la que llegamos la noche anterior y mentimos a nuestras parejas diciéndoles que es la primera vez que decimos “te quiero” a alguien. Pero, ¿realmente sería mejor decir siempre la verdad?
¿Es preferible poner en nuestro currículum que no tenemos ni puta idea de nada de lo que hemos estudiado durante los últimos cinco años o que nuestro “nivel medio” de inglés significa que sabemos presentarnos y cantar el estribillo de un temazo de Boney M? ¿Sacaríamos mejor nota si le confesáramos a la profesora que el día del examen hacía varios años que se habían muerto todos nuestros abuelos y que, en realidad, no teníamos ni pajolera idea del temario? ¿Ganaríamos más dinero si le dijésemos al cliente que todavía podemos ajustar un poco más el precio? ¿Acaso es mejor decirle a nuestro mejor amigo que nos apetece más ver una serie el viernes por la noche que salir con él? ¿Confiarían más nuestros padres en nosotros si les comentásemos que la noche anterior llegamos a las 7 y cogimos el coche en ligero estado de ebriedad? ¿Y nuestra pareja? ¿Estaría más feliz si le dijésemos que no es la primera persona a la que decimos que queremos? ¿De verdad? ¿Eso ayudaría a mejorar nuestras relaciones o todo lo contrario?
La mentira tiene un papel conciliador. Allí donde la verdad es demasiado molesta para ser soportada, aparece la mentira casi como un acto de piedad hacia nosotros mismos y nuestro interlocutor, una herramienta que evita la humillación de una y otra parte. La mentira como bálsamo es un bien de un valor incalculable y merece ser respetada.
Yo nunca he sido de mentir “a lo grande”, si acaso, he preferido ocultar alguna información suplicando a los cielos que no se me preguntase directamente por el tema en cuestión porque, entonces, sería la primera en delatarme. Se me da fatal mentir y si tengo que hacerlo obligada por las circunstancias se me pone un nudo en el estómago que me remueve las entrañas,  junto con una risa tonta más propia de una quinceañera repelente que de una pobre mujer intentando salir del paso dignamente.
Mi aversión a las mentiras, piadosas, se entiende, empezó allá por el año 1996, cuando días antes de mi comunión, el cura me mandó confesar durante una de las jornadas de preparación previas a la ceremonia. Lo recuerdo como una de las situaciones más violentas de mi vida: sentí que Dios me vigilaba a través de aquel hombre y quise redimir todos mis malos actos. Cuando el sacerdote me dijo que debía confesarle todos mis pecados, note SU poder sobre mi cabeza, como una gran losa que no me dejaría irme de allí sin pagar por mis terribles errores infantiles.
Empecé por contarle que había robado algunos duros a mis hermanos para comprar tarjetas de las Spice Girls, que había mentido a mis padres sobre el hecho de que absolutamente todas mis amigas tenían “bicis súper guays” para meter presión, y que cuando la profesora me dijo de qué hablaba con mi compañera la engañé buscando amparo entre los ejercicios de matemáticas en lugar de espetarle que nos estábamos riendo de sus dientes pintados de carmín rojo y su hilillo de baba colgado de la comisura del labio. El cura me miró y me dijo “veo que has cometido algunas mentirijillas” y como penitencia me mandó rezar no sé cuántas Ave Marías y varios Padrenuestros. Yo le dije que eso haría, pero cuando me puse de rodillas en aquel banco de madera, sola ante la Cruz, me di cuenta de que yo no sabía rezar el Ave María y, para compensar, recé varias veces más el Padre Nuestro, pidiéndole a Dios un poco de piedad por mi ignorancia y prometiéndole que, si no me castigaba, nunca más volvería a faltar al Octavo Mandamiento.
Tal es así, que me pasé muchos años evitando la mentira por todos los medios y, cuando era absolutamente necesaria, la compensaba con muchos Padrenuestros Y Jesusitos de Mi Vida. Lo cierto es que con los años se hizo cada vez más complicado no mentir de cuando en cuando, y el tiempo que tenía reservado para rezar durante las noches lo empecé a invertir en horas de alcohol sincerándome con  el primero que pasara.
Creo que fue un pacto beneficioso para ambos: yo dejé de molestar a Dios con mis mentiras insignificantes para que él pudiese encargarse de castigar a los que de verdad se lo merecían.
                                                        
Porque  hay que diferenciar unas patrañas de otras. Hay mentiras y MENTIRAS. Igual que hay mentirosos y MENTIROSOS. Hay mentiras sanadoras –o al menos inocuas- y hay otras, muy diferentes, que enferman, que pudren las relaciones y traicionan la confianza. Se trata de ocultaciones y engaños tan graves, que difícilmente encuentran explicación más allá del beneficio puro y duro del embustero a costa del perjuicio del engañado. Son expertos los mentirosos patológicos, aquellos que mienten y delatan a sus amigos por envidia o para alcanzar el éxito, a sus parejas privándoles de su derecho a rehacer sus vidas y al país entero si hace falta para enriquecerse a su costa. Ya sabéis de qué tipo de mentiras hablo y, claro, a su lado, las pequeñas invenciones cotidianas se quedan en cuento de niños.
                                     
En mi afán por investigar el maltratado término en cuestión, introduje en Google Noticias la palabra “mentiras” y el noventa por ciento de los resultados arrojaban titulares en los que el término se mezclaba con otros como: “PP”, “Bárcenas”, “Rajoy”, “Vaticano”, “Dolores de Cospedal”, “PSOE”, “Urdangarín” o “Vatileaks”. Por eso la gente le tiene tanta manía a la  palabra mentira. Cuando yo creo que en estos casos habría que utilizar otras más adecuadas como traición, seguida de perdón, dimisión, devolución, trabajos forzosos, cadena perpetua e inmolación pública. 
Los que mentimos para sobrevivir, sabemos que la sociedad necesita más Padres Nuestros y menos Hijos de Puta.