Hace unos días me fui de fin de semana al conocido balneario de Cuntis (Pontevedra) para  disfrutar de sus aguas termales y conseguir un estado de relajación y sosiego próximo al nirvana.  Yo, mujer incrédula donde las haya, no hubiese pagado la pasta que valen el balneario y el hotel para relajarme, sin haber probado antes a meterme en la bañera de mi casa con cánticos gregorianos del Youtube de fondo y un palito de incienso humeante. En realidad, fue un regalo de mis padres, que piensan que soy una histérica redomada sólo por autodiagnosticarme varias enfermedades mortales durante el mismo año.
La cuestión, es que con ese dinero tan mal invertido hubiese quemado Ibiza antes de que la muerte me alcance de forma inesperada.
Os pongo en situación.
No fui sola, mi novio –mucho más optimista que yo en cuanto a los efectos terapéuticos de dichas aguas- me acompañó para disfrutar de tan ansiado pack vacacional para cualquier joven menor de 85 años. Llegamos sábado por la tarde, después de una copiosa comida con los amigos y un par de copas de vino encima -por supuesto, me paró Tráfico pero no me hicieron la prueba porque le dediqué la mejor de mis sonrisas al agente-.
En el hotel de cuatro estrellas en el que nos alojábamos  nos daban un albornoz para cruzar la calle hasta las Termas, adelantando 20 euros cada uno a efectos de alquiler. Así que decidimos vestirnos encima del traje de baño y cruzar en vaqueros. Yo lo hubiese hecho en bikini directamente, si no fuese por los 8 grados de temperatura.
Ya en la recepción, unas chicas muy amables nos instaron a colocarnos unas pantuflas azules como las de los quirófanos sobre nuestro calzado para caminar hasta la zona de vestuarios. Una vez allí, otro cordial muchacho nos informó de que debíamos ponernos el gorro y las chanclas, imprescindibles para acceder al AquaForm, previo pago de varios euros porque se les olvidó decirnos por teléfono que teníamos que traerlos de casa ya que allí cobran hasta por tirar de la cadena del váter.
Después de los episodios del albornoz, el gorro y las chanclas reconozco que empecé a alterarme ligeramente. Me metí en en los vestuarios con mis horribles chanclas azules y mi gorro de publicidad deseando sumergirme en las aguas termales para dejar mi mente vagar a través de las enseñanzas de Buda. Pero antes, tuve que meter un euro en la maldita taquilla.
Al entrar en la zona del “AquaForm” una nube de vapor me despeinó en la puerta. Dejamos nuestra toalla sobre las tumbonas y nos sumergimos en las caldosas aguas termales. No era lo que se dice una estampa relajante: había unos cuarenta ancianos, de los que calculo, la mitad, padecían incontinencia, ocupando todos los chorros desde las siete de la mañana y haciendo cola hasta las nueve de la noche. Las señoras que no se mojan el pelo y van maquilladas a la playa –esas SEÑORAS- charlaban animosamente en todos los accesos y salidas de la piscina, dificultando el paso a los niños gritones que jugaban y chapuceaban en las partes donde aún había algo de espacio para nadar o dejarse llevar por la corriente.
Con este panorama, quisimos probar suerte en la piscina exterior, donde tres parejas buscaban algo de intimidad para darse arrumacos y carantoñas. La verdad es que era un espacio encantador, donde podías disfrutar de silencio y una temperatura estupenda del agua mientras el viento fresco te daba en la cara. Lo que pasa es que a una de las parejas se le fue el cariño de las manos y empecé a temer que algún espermatozoide ajeno viniese a anidar en mis ovarios.
Más tarde, nos dirigimos a los jacuzzis externos que claramente cubrían la demanda de los usuarios: había dos. Ocupados, por supuesto, así que nos metimos en una de las saunas que se encontraban a 300 grados centígrados donde me quemé la espalda al apoyarla contra la pared sin ningún tipo de protección. Allí había una pareja también, que no hablaban entre ellos y se tocaban muy raro, buscando calor –más aún-, con las miradas perdidas en el infinito, como dos gatitos abandonados en la carretera.
Cuando salimos de allí, yo, completamente mareada, busqué la “sala del hielo” de la que nos había hablado el monitor y la encontré guardada en una cubitera metálica al lado de la puerta de la sauna.
No todo estaba tan mal: en las duchas del vestuario podías regular la temperatura del agua.
Nos fuimos para el hotel, un poco decepcionados, pero con todas las esperanzas puestas en el día siguiente, cuando teníamos cita para dos envolvimientos relajantes de algas con dos masajes hidrojet en una zona exclusiva y resguardada para los clientes del hotel. Por un día en mi vida, sería VIP.
El domingo sí nos dieron albornoz en las Termas y nos metieron en la misma sala a los dos, en un par de camillas separadas por un corazón de pétalos hecho con rosas rojas. Qué romántico.
Todo iba bien, hasta el momento del tanga de papel transparente. A ver, masajistas del mundo, si queréis relajar a la gente ¿por qué les hacéis pasar por el bochorno del tanga de papel?… no me vale la excusa de que así no se nos mancha la ropa interior. Llamadme tiquimisquis pero yo soy de las que se cambia las bragas todos los días, así que no me hacéis ningún favor. Es más, a saber cuántos árboles se están cargando las empresas fabricantes de tangas de papel para abastecer a todos los centros de estética del mundo.
Con nuestra ropa interior desechable colocada, las “masajistas” nos mandaron tumbarnos a cada uno en nuestras respectivas camillas de azulejo azul combinado, muy al estilo de Sargadelos y sin colchón, para proceder a envolvernos con las algas. Serán muy depurativas, pero huelen a muerto que te cagas. El hedor es  una mezcla de pescado podrido, heces de gallina y tubería de piso de la época de la RDA. Nos cubrieron con semejante pasta hasta la barbilla y nos envolvieron –brazos y piernas incluidos- con un plástico y una manta térmica, evitando toda posibilidad de fuga. Os podéis imaginar el efecto invernadero de las algas calientes sobre el cuerpo… muy desagradable.  Al cabo de pocos minutos, se habían convertido en una pasta viscosa y uniforme que era imposible de despegar.
Así, que me eché a dormir. Los ronquidos despertaron a mi novio y él a mí de muy malas maneras. Entonces, ante la imposibilidad de movernos, empezamos a zafarnos de los escupitajos del contrario como dos auténticos tullidos. En ese momento, llegaron nuestras torturadoras.
Primero fue mi turno, y tengo que decir que cuando me metieron en aquella sala blanca y fría me sentí protagonista de alguno de los reportajes de Cárceles del Mundo. Envuelta en esa cobertura maloliente, me pusieron contra la pared. La comandante en jefe abrió fuego disparándome agua a presión desde una distancia inferior a dos metros. Pedazos de aquel amasijo verde saltaron por el aire hacia todas las direcciones, mientras yo giraba sobre mí misma para que la psicópata pudiese quitármelo todo, hasta la piel. El momento más crítico tuvo lugar cuando me mandó ponerme de frente y levantar los brazos, que era lo único que protegía mis endebles glándulas mamarias. Sigo sin poder tumbarme boca abajo.
Después, le tocó a mi novio que había estado escuchando mis lamentos desde la sala del lado. Para él tampoco hubo misericordia. Cuando me sacaron de allí pude escuchar “los huevos no, por favor”.
Convertidos en dos despojos humanos, limpios, pero rotos, nos mandaron a otra sala para disfrutar del hidrojet.  Según ellas, habíamos tenido mucha suerte porque el tratamiento que habíamos contratado incluía otras bañeras que estaban estropeadas y éstas a las que ahora nos mandaban, eran la joya de la corona. No pude sacar foto porque además de desnudarnos nos quitaron nuestras pertenencias. Pero creo que eran lo más parecido a las bañeras de los geriátricos, con un taburete para meterse y sujeciones por todas partes. La verdad que esto último no nos mató, pero me ponía nerviosa el pensar que después de la ducha vendrían a colocarme el pañal y la sonda.
Por este tipo de cosas (y por el estado de mi cuenta corriente) prefiero emborracharme los fines de semana y dormir plácidamente en los portales. Los balnearios no relajan, son los padres.