Mes: enero 2013

Madres, un amor

Desde la nave del misterio y para todos vosotros, me pregunto hoy qué tienen las madres para querernos tanto a los hijos, aunque no seamos, ni por asomo, merecedores de tan incondicional amor. Y puntualizando, querernos, sobre todo para ellas. Un amor que oprime y ahoga. EL AMOR DE MADRE.
 
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“Te dije que si no te comías las lentejas, te las merendabas.” A hostias.
Desde nuestro nacimiento nos convertimos en el eje de sus vidas, sin comerlo ni beberlo. Viven tan convencidas de su importante labor que nada ni nadie puede quitarles de la cabeza que los hijos somos su más preciado tesoro. ¿Nunca habéis escuchado a vuestra madre decir eso de “lo hago por tu bien, ya sabes que yo por ti daría mi vida”? Por ejemplo, aquel día, cuando con 15 años te castigó tres meses sin salir, tiempo suficiente para que tu novia del instituto perdiese la virginidad con tu mejor amigo, fue POR TU BIEN, POR TU BIEN y sólo POR TU BIEN.
 
Les encanta decidir por los hijos, lo mismo da que tengas 5, 15 ó 40 años. Se toman su labor de protección tan a pecho que se comenta que incluso han llegado a interponerse entre sus hijos y sus parejas. Por su bien, claro está.
 
¿Qué cambios se producen en una mujer, aparentemente normal,  al convertirse en madre?
Estos son algunos que he podido observar en mi larga trayectoria como hija:
 
–        Una madre siempre sabe lo que tienes que hacer. Tu madre sabe lo que te conviene mejor que tú, porque te ha parido y eso la dota de un superpoder que le permite conectar su cerebro con el tuyo, mejor dicho, con tu subconsciente, para saber antes y mejor que tú que deberías dejar a ese capullo ególatra o afeitarte la barba porque el nuevo hipster es el quinqui de toda la vida.
 
–        Las hostias de las madres no duelen, porque te las dan desde el profundo amor que sienten hacia a ti. De hecho, cuando te la sueltan se están castigando a sí mismas por tus actos, culpa de la mala educación que te han dado.
 
–        Les encanta ser el poli bueno, pero para eso hace falta un poli malo. Suele ser tu padre. Ese hombre que, cuando llegue a la noche, “te vas a cagar”.
 
–        Es tu mejor amiga, y por ende, tú la suya, por eso no puedes negarle ningún cotilleo. “Quién te va a querer más que yo, que te he parido”. Supongo que el hecho de que te desgarren el coño, une mucho.
 
–        Y para asegurarse de que no le ocultas nada actúa como un detective. Ha leído 300 veces tus cartas y diarios del instituto y sabe dónde agachas los condones, la fusta y la vagina de plástico. Va a clases de informática para hackearte el facebook y el correo electrónico, no para ver la factura de la luz y pedir cita en el ambulatorio.
 
–        Controla tu ciclo menstrual o el de tu novia. Fíjate en las marcas del calendario de la cocina y verás cómo coinciden con tus tres abortos.
 
–        Recuerda: tu suegra puede caerte bien, pero NO ES TU MADRE. No es una amenaza, es una recomendación.
 
–        En caso de que le des la razón a tu padre en una discusión familiar puede recordarte que “si fuera por él, tú no estarías en este mundo”.
 
–        A tu madre no le llega con ser madre. Le sobra tanto amor maternal que también quiere ser abuela. Por eso le encanta recordarte que ella a tu edad “estaba casada y tenía 3 hijos”. “Mira a Shakira con 35…qué mayor se la ve” (Y luego te pregunta de qué quieres la tarta para celebrar tu 34 cumpleaños).
 
 
    Nunca reneguéis de vuestras madres porque, antes o después, os encontraréis diciendo eso de “quién te va a querer más que yo, que te he parido”.

Orden y Caos

Desde que soy dueña de mi destino me gusta vivir entre el orden y el caos, entre la seguridad que me da lo cotidiano y conocido y el vértigo que me genera lo nuevo, lo inexplorado y arriesgado. Es por eso que muchas veces he roto con todo para construirlo de nuevo, empezando de cero para poder sentir la emoción de un principiante.
Es como cuando decides ordenar tu armario: lo vacías entero porque hay ropa que no te pones, otra mucha que te pondrías pero de la cual te has olvidado y, la gran mayoría, se encuentra caóticamente repartida entre estanterías y perchas sin ningún tipo de concierto. Entonces, la coges a granel y la vas tirando encima de la cama para volver a doblarla, clasificarla, reutilizarla o desecharla. Esto último es lo que más me cuesta, así que, incluso la que no me pongo desde hace años tiene un rinconcito reservado en algún cajón, hasta que la encuentra mi madre y se deshace de ella, cual alijo de droga. El caso, es que una vez hecho todo este trabajo miro el armario y una paz enorme me inunda: lo abro y lo cierro y lo vuelvo abrir, y no se me dan pasado los días para poder ponérmelo todo. Pero llega un momento en que me acostumbro, aquello ya no me tiene gracia y empiezo a tirarlo todo a lo bestia de nuevo, olvidándome del esfuerzo invertido. En este punto mi ropa deja de gustarme, miro el closet y no encuentro nada, todo me parece la misma mierda, repetida y multiplicada sin ton ni son.
Pues algo así es mi vida. He construido cosas, me he esforzado, las he mimado, pero cuando las ha tenido, me he acomodado, aburrido,  he dejado de ver recompensado tanto orden y disciplina y he tenido la tentación de pegarle una patada a todo y volver a empezar. Es como andar sobre las nubes: soy adicta a la sensación de vértigo, a los nervios en el estómago, al filo de la navaja, a ese cosmos que parece ser coto reservado de los jóvenes e inexpertos y de los locos, los vive-la-vida, o los que se supone que nada tienen que perder.
Sin embargo, la experiencia me ha hecho darme cuenta de los peligros de mi adicción, ya que una dosis de caos es estimulante cuando la base de orden, paz y sosiego que da sentido a tu vida no se desmorona por completo y tienes que salir de entre los escombros, malherido y sin un techo bajo el que cobijarte.
Así que, puedo decir que vivir en la anarquía no sería estimulante si siempre tengo que ordenarlo todo, porque, al final, el riesgo, la manzana prohibida, los siete pecados; la tentación, en definitiva, deja de ser estimulante cuando se convierte en costumbre. Porque lo que yo no soporto es precisamente eso: las pautas definidas, la conformidad, la mediocridad y la vagancia.
Según la psicología emocional, nuestra vida transcurre mayormente por la zona de confort, esa en la que nos encontramos cómodos, seguros, protegidos por la gente que queremos pero condenados a repetir el esquema cotidiano de: me levanto-voy a trabajar- como-vuelvo a trabajar-ceno-veo la tele-un beso-buenas noches cariño. Me encanta esta teoría porque nos invita a soñar despiertos para progresar en nuestras vidas sobre los cimientos de lo construido, entrando una y otra vez en la zona de aprendizaje sin tener que abandonar la zona de confort para poder vivir un presente emocionante y futuro de ensueño.
Muchas veces me he sentido identificada con la letra de la canción Media Verónica de Calamaro, de hecho, uno de mis leiv-motiv es el de “querer vivir una vida diferente cada día”. Y pienso hacerlo, con sosiego y compañía 🙂
Os dejo con esta delicia: 

Cuando la cama hace ruido

Cinco de la mañana.
Un par de manos te agarran por la cintura y te arrastran desde tu calentita y confortable esquina a un territorio frío, inexplorado: el centro de la cama. Te resistes, pataleas, te haces la dormida, finges delirar en sueños, pero esas manos ya aprietan tus tetas. No hay escapatoria: él, ha ganado.
Y ahí estás tú con la legaña todavía a medio construir y tu novio con ganas de mambo. Te dejas llevar, imaginando que el motivo carnal por el que te ha despertado se convertirá en una preciosa sinfonía de sexo romántico como el de las mejores películas ñoñas de esas que tanto te gustan a ti y que él no soporta.
Y empezáis a dar rienda suelta a la pasión.
“Niqui-ñiqui- ñiqui´ñiqui”. El colchón. No llega con que se te claven los muelles que ahora también te da un concierto en pleno acto sexual pasándose el morbo por la funda. Bueno, puedes soportarlo. No pienses en ello. No lo pienses, tú a lo tuyo….
FIVE MINUTES LATER
“Pum-pum, pum-pum”. ¡Me cago en la madre que parió a Falete! Ahora el cabezal de la cama se revela sonoramente por el maltrato al que está siendo sometido contra la pared del dormitorio. Entonces él, se levanta, y apresuradamente busca algo para introducir entre cama y pared: un par de calcetines, unas bragas, un cojín, la tostadora….
Volvéis al tema. Esta batalla aún no está perdida.
Pero el ruido, lejos de amortiguarse, se ha convertido en una fusión del “ñiqui-ñiqui” y el “pum-pum”. Un “ñiqui-pum, ñiqui-pum”. Tu HOMBRE alarga el brazo en un arrebato de virilidad absoluta para agarrar el cabezal de la cama y tú te das la vuelta buscando alegremente nuevas formas de innovar en la cama. En ese momento descubres la horrorosa marca que su manaza está dejando sobre el cabezal recién limpiado. Una marca que se va extendiendo al compás de vuestros movimientos dejando el cabezal como un cuadro. Hay tantas huellas que cualquier tarostista tuerto podría leerle el futuro a tu novio y a toda su familia mirando el puto cabezal.
Él sigue, decidido, a coronar su hazaña, pero tú no piensas en otra cosa que en ESAS MANCHAS. Te falta concentración, y, entonces, propones la gran idea: probar en el otro sentido de la cama. Es lo que yo denomino “polvo en cruz”, no porque vuestros cuerpos formen una cruz con el colchón –como de hecho pasa- sino porque es una cruz practicarlo. A ver, la postura está bien si tu novio mide menos de 1.60, supuesto en el que lo que no estaría tan bien es tu novio. Lo que ocurre con largos superiores es que el montador tendrá que apoyar las patitas en el frío suelo o en la escurrizida alfombra al tiempo que mantiene su torso erguido y sus tríceps en tensión para no caerse de cabeza hacia el otro lado.
Si lo conseguís, os sorprenderá un “iji-iji” de las patas de la cama, que, al ser desplazadas en horizontal pierden buena parte de las propiedades de estabilidad para las que, supuestamente, fueron construidas.

Desbordada por las circunstancias y la alineación de los astros que te impiden tener una vida sexual activa y saludable te tiras al suelo cual perra en celo para acabar allí mismo: entre la cómoda y la esquina de la cama.
Os miráis con lágrimas en los ojos al tiempo que entonáis “lo conseguiremos”.
El parquet viejuno empieza a crujir pero os da igual, te das un cabezazo contra el cajón medio abierto de la cómoda pero resistes, su pierna se enreda entre las cortinas y medio visillo se viene abajo pero seguís con vuestro objetivo de copular, superando todas las barreras que la vida os pone delante.
Acabáis, destrozados, doloridos, magullados, pero felices de haber llegado hasta ahí, como dos supervivientes de un naufragio.
Son las seis.
Habéis despertado a todo el vecindario. Suenan cisternas y toses secas. La venganza está cerca.
Domingo, diez de mañana.
Comienza el rugir del taladro en el piso de arriba al son del silbido de Manolo, el entrañable presidente de la comunidad. Su señora pone Radio Líder a tope de power y canta a voz en grito “El gallo sube”. El de abajo se ha animado y saca la sierra de calar Black and Decker último modelo para construirle a su hijo el columpio de madera que le pidió hace ocho años. Cuando tenía diez.
Con la cabeza metida en el váter, maldices tus muebles old school.