A lo largo de mi vida he sufrido muchos accidentes, golpes y caídas por culpa de la mala pavimentación de las superficies sobre las que nos movemos –y que tantas muertes innecesarias han provocado-, las pésimas condiciones climatológicas de Galicia y el fatal destino que acostumbra a cruzarse en mi camino. No hay que olvidar que estas circunstancias me han convertido en la mujer que soy hoy en día. Una persona luchadora que siempre se levanta cuando se cae. Sobre todo, del suelo.
Mi primer trauma fue el de las faldas. Como cada vez que mi madre me vestía con ellas y me ponía pantys me ocurría alguna desgracia, solía ir al colegio en pantalones vaqueros, ya que los dineros no sobraban para andar comprando medias cada semana. Por si fuera poco, la buena mujer añadía amorosamente unos coloridos parches con personajes de la época tan femeninos como Superman, las Tortugas Ninja o los Power Rangers. Lo cierto es que pegaba los parches incluso antes de haberme caído porque, según ella, “era la moda”.
Recuerdo un día al salir de clase… Nada más sonar la alarma fuimos corriendo hacia las escaleras. Nuestra clase, y las otras veinte. Yo llevaba amarrada a la espalda mi mochila repleta de libros que pesaba unos doce kilos, exactamente cinco menos que yo. Iba bajando las escaleras acompañada de una amiga, cuando escuchamos los trotes de aquellos niños salvajes. No hubo tiempo para huir.
La estampida me alcanzó y salí rodando escaleras abajo mientras me pisoteaban y arrastraban más y más al precipicio. Cerré los ojos esperando algún tipo de salvación divina y que no se me rompiesen mis libros nuevos hasta que la mano de mi amiga me alcanzó y me sacó de allí. No fue la única vez que me recogió. También cuando fuimos a la Casa del Terror y empecé a correr de rodillas delante de la Niña del Exorcista o cuando me quedé atrapada entre un radiador y la pared del patio del cole.
Si tenía problemas con las faldas, no os quiero contar con los tacones. Yo, que siempre fue una niña muy a la moda, me compré las primeras botas de tacón con tan sólo doce años. Eran unas botas camperas de piel marrón preciosas con un tacón de unos cuatro o cinco centímetros, que combiné con una falda larga tubo. Un día de lluvia.
En aquella época, peinaba unos discretos mechones amarillos a lo Geri Halliwell. Con este combo, que me convertía en la niña más divinity del panorama escolar pontevedrés,  me encaminé hacia las escaleras de mi casa, mochila a la espalda (otra vez), para ir al cole. Mientras agarraba las asas iba bajando con pequeños pasitos, dado que la presión que ejercía la falda en mi cuerpo no me permitía recorrer una distancia superior a los diez centímetros. Al tercer escalón, noté que el equilibrio no era muy bueno y decidí agarrar más fuertemente la mochila al tiempo que ponía un pie en el siguiente peldaño. El otro pie se quedó atrás por culpa de la monísima falda tubo y esta vez caí, pero no rodando, sino de cabeza, escaleras abajo. Como veía lo que se venía encima, fui gritando por el camino y cuando toqué tierra firme ya estaba mi hermano esperándome para recoger lo que quedaba de mí. El accidente se saldó con una visita de urgencia al dentista, el labio destrozado y la dignidad en la piedra de las escaleras. Eso sí, las botas quedaron intactas.
Pero no siempre fueron las escaleras o los designios de la moda los causantes de mis caídas. Tengo otras tantas en el capítulo “perros, los amigos de Diana”. Una anécdota con la que se suele entretener a los invitados de mi casa cuando ellicor café no es suficiente, me ocurrió con 16 años.
Aquel día habíamos comido en la cocina de fuera y mi pobre perro andaba aburrido. Pobre. Para darle un poco de emoción a su perruna vida,  me metí dentro de la cocina y me puse al fondo retándolo a echar una carrera. A modo de discurso graciosete solté un “Trastán, te vas a cagar” y emprendí carrera a semejante velocidad que no tuve tiempo de ver que la puerta de cristal blindado se cerraba antes de que pudiese frenar. Del tremendo cabezazo abrí la puerta que golpeó el otro lado y caí semiinconsciente al suelo. Trastán, que era un ganador humilde, vino a relamerme al suelo. Se me formó semejante protuberancia entre ceja y ceja que parecía un unicornio víctima de infidelidad. Por suerte, en el hospital les dijeron a mis padres que no me quedaría demasiado tonta. Los días posteriores fui al instituto con una cinta del pelo en medio de la frente que me daba un aire de Jane Fonda a lo cutre.
Mi actual perro, Coco, también tuvo a bien practicar la reanimación lengua-cara el pasado verano, cuando me dirigía corriendo a peinarlo y una pierna se me metió dentro de la piscina. Con la rodilla que tenía fuera y medio tórax pude frenar el posible ahogamiento contra la acera de la piscina. Sin duda, la gangrena en la rodilla fue un mal menor.
Pero también hay ejemplos derivados del penoso estado de nuestros suelos y el descuido humano como la vez que me destrocé el coxic en el parking después de haber pisado una gran mancha de aceite o cuando choqué contra un escaparate en plena calle. Y esta mañana mismo, cuando al salir del gimnasio resbalé porque la acera no evacuaba correctamente el agua de la lluvia. Por eso se me desplomó medio costado sobre la misma. Por eso y porque la mierda de zapatillas que llevaba tenían poco agarre.
En estos casos, cuando alguien grita “¡pobre! ¿te has hecho daño?” suelo responder “sí, pero del que no se ve”.
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    Llevo toda la tarde partido de risa leyendo tu blog. ¡Eres genial!

    Nuhmen Delos.