Mes: diciembre 2012

La culpa es del suelo

A lo largo de mi vida he sufrido muchos accidentes, golpes y caídas por culpa de la mala pavimentación de las superficies sobre las que nos movemos –y que tantas muertes innecesarias han provocado-, las pésimas condiciones climatológicas de Galicia y el fatal destino que acostumbra a cruzarse en mi camino. No hay que olvidar que estas circunstancias me han convertido en la mujer que soy hoy en día. Una persona luchadora que siempre se levanta cuando se cae. Sobre todo, del suelo.
Mi primer trauma fue el de las faldas. Como cada vez que mi madre me vestía con ellas y me ponía pantys me ocurría alguna desgracia, solía ir al colegio en pantalones vaqueros, ya que los dineros no sobraban para andar comprando medias cada semana. Por si fuera poco, la buena mujer añadía amorosamente unos coloridos parches con personajes de la época tan femeninos como Superman, las Tortugas Ninja o los Power Rangers. Lo cierto es que pegaba los parches incluso antes de haberme caído porque, según ella, “era la moda”.
Recuerdo un día al salir de clase… Nada más sonar la alarma fuimos corriendo hacia las escaleras. Nuestra clase, y las otras veinte. Yo llevaba amarrada a la espalda mi mochila repleta de libros que pesaba unos doce kilos, exactamente cinco menos que yo. Iba bajando las escaleras acompañada de una amiga, cuando escuchamos los trotes de aquellos niños salvajes. No hubo tiempo para huir.
La estampida me alcanzó y salí rodando escaleras abajo mientras me pisoteaban y arrastraban más y más al precipicio. Cerré los ojos esperando algún tipo de salvación divina y que no se me rompiesen mis libros nuevos hasta que la mano de mi amiga me alcanzó y me sacó de allí. No fue la única vez que me recogió. También cuando fuimos a la Casa del Terror y empecé a correr de rodillas delante de la Niña del Exorcista o cuando me quedé atrapada entre un radiador y la pared del patio del cole.
Si tenía problemas con las faldas, no os quiero contar con los tacones. Yo, que siempre fue una niña muy a la moda, me compré las primeras botas de tacón con tan sólo doce años. Eran unas botas camperas de piel marrón preciosas con un tacón de unos cuatro o cinco centímetros, que combiné con una falda larga tubo. Un día de lluvia.
En aquella época, peinaba unos discretos mechones amarillos a lo Geri Halliwell. Con este combo, que me convertía en la niña más divinity del panorama escolar pontevedrés,  me encaminé hacia las escaleras de mi casa, mochila a la espalda (otra vez), para ir al cole. Mientras agarraba las asas iba bajando con pequeños pasitos, dado que la presión que ejercía la falda en mi cuerpo no me permitía recorrer una distancia superior a los diez centímetros. Al tercer escalón, noté que el equilibrio no era muy bueno y decidí agarrar más fuertemente la mochila al tiempo que ponía un pie en el siguiente peldaño. El otro pie se quedó atrás por culpa de la monísima falda tubo y esta vez caí, pero no rodando, sino de cabeza, escaleras abajo. Como veía lo que se venía encima, fui gritando por el camino y cuando toqué tierra firme ya estaba mi hermano esperándome para recoger lo que quedaba de mí. El accidente se saldó con una visita de urgencia al dentista, el labio destrozado y la dignidad en la piedra de las escaleras. Eso sí, las botas quedaron intactas.
Pero no siempre fueron las escaleras o los designios de la moda los causantes de mis caídas. Tengo otras tantas en el capítulo “perros, los amigos de Diana”. Una anécdota con la que se suele entretener a los invitados de mi casa cuando ellicor café no es suficiente, me ocurrió con 16 años.
Aquel día habíamos comido en la cocina de fuera y mi pobre perro andaba aburrido. Pobre. Para darle un poco de emoción a su perruna vida,  me metí dentro de la cocina y me puse al fondo retándolo a echar una carrera. A modo de discurso graciosete solté un “Trastán, te vas a cagar” y emprendí carrera a semejante velocidad que no tuve tiempo de ver que la puerta de cristal blindado se cerraba antes de que pudiese frenar. Del tremendo cabezazo abrí la puerta que golpeó el otro lado y caí semiinconsciente al suelo. Trastán, que era un ganador humilde, vino a relamerme al suelo. Se me formó semejante protuberancia entre ceja y ceja que parecía un unicornio víctima de infidelidad. Por suerte, en el hospital les dijeron a mis padres que no me quedaría demasiado tonta. Los días posteriores fui al instituto con una cinta del pelo en medio de la frente que me daba un aire de Jane Fonda a lo cutre.
Mi actual perro, Coco, también tuvo a bien practicar la reanimación lengua-cara el pasado verano, cuando me dirigía corriendo a peinarlo y una pierna se me metió dentro de la piscina. Con la rodilla que tenía fuera y medio tórax pude frenar el posible ahogamiento contra la acera de la piscina. Sin duda, la gangrena en la rodilla fue un mal menor.
Pero también hay ejemplos derivados del penoso estado de nuestros suelos y el descuido humano como la vez que me destrocé el coxic en el parking después de haber pisado una gran mancha de aceite o cuando choqué contra un escaparate en plena calle. Y esta mañana mismo, cuando al salir del gimnasio resbalé porque la acera no evacuaba correctamente el agua de la lluvia. Por eso se me desplomó medio costado sobre la misma. Por eso y porque la mierda de zapatillas que llevaba tenían poco agarre.
En estos casos, cuando alguien grita “¡pobre! ¿te has hecho daño?” suelo responder “sí, pero del que no se ve”.

Reli: la asignatura maldita

Estamos asistiendo a unos debates totalmente innecesarios sobre la conveniencia o no de estudiar religión en los colegios públicos. El ministro Wert, un tipo inteligente y con una de las mentes más lúcidas del panorama político nacional –e internacional- ha dejado claro que la religión es una asignatura necesaria, no como esa basura sociata y aleccionadora llamada Educación para la Ciudadanía que puso de moda ZP. Zeta Pé y su Alianza de Civilizaciones, Zeta Pé y sus matrimonios gays…Zeta Pé no es un buen español. Y yo opino lo mismo.
Porque la religión forma parte de nuestra idiosincrasia como pueblo español, lo mismo que los toros y las sevillanas. Es algo que nos españoliza. Y por tanto, bueno.
Realmente los padres que están en contra de la Religión no tienen en cuenta la opinión de sus hijos. Porque la clase de Reli siempre fue la más provechosa.
Reli es la asignatura necesaria para reponer neuronas entre clase y clase. Es el puente perfecto entre Matemáticas e Historia. Tan necesaria que yo creo que deberían imponerla como asignatura troncal de todas las carreras universitarias.
Cuando yo iba al cole –a principios de los 90- en mi clase había un enorme crucifijo presidiendo la pared principal. Justo al lado del encerado y encima de la cabeza del profesor. Era una extraña metáfora: veías esa sádica imagen de Jesucristo clavado en la cruz, sangrando por la frente y luego… mirabas al de Física y dejabas vagar tu mente de psicópata infantil.
En clase de religión hacíamos cosas muy interesantes: le explicábamos al maestro por qué odiábamos la misa, comentábamos con los compañeros lo crueles que eran nuestros hermanos mayores, regábamos las plantas, limpiábamos el polvo –sí, limpiábamos- e incluso había días que nos dejaban salir a tomar el sol o a comprar chuchee al kiosco de la esquina.
En aquella época, la gente, en general, no se cuestionaba estudiar otra cosa. Sin embargo, había una chica en el cole que no venía a Religión porque sus padres no la dejaban. En esos años, y en mi paupérrimo colegio público, no había Ética, ni Culturas Religiosas ni, mucho menos, Educación para la Ciudadanía. Así que se la llevaban a un aula vacía y la tenían allí en absoluta soledad mientras los demás estábamos en clase de religión. De esta chica se llegaron a decir cosas muy fuertes. La teoría que más pegaba entre nuestros padres fue que en su familia eran Testigos de Jehová –les parecía una aberración- y que eso era una secta. Nos recomendaron sutilmente que no nos juntáramos mucho con ella porque “a saber que tenía en la cabeza”. Yo llegué a cogerle miedo a aquella muchacha triste y solitaria que no venía a Reli a hacer amigos.
Veinte años más tarde, cuando me la cruzo por la calle, sigo sintiendo un pequeño escalofrío.
En el instituto el nivel fue subiendo. Nos daba clase un cura. El cura de Barrantes. Era un tipo entrañable, con cara de Papá Noel y olor a vino rancio -como no podía ser de otra manera, haciendo honor a su pueblo, cuna de tintos- que no tenía muy claro qué hacía allí pero que se sacaba un dinero que junto con el de las misas le daba “para ir tirando”. No os creáis que todo era jauja porque el cura nos ponía exámenes tema a tema y, por si quedaba alguna posibilidad de suspenso, acostumbraba a darse la vuelta o a salir de clase para que pudiéramos cooperar los unos con los otros, como buenos cristianos.
En el instituto también nos llevaron de excursión gracias a la siguiente profesora de Reli. Nos fuimos a hacer el camino de Santiago. Pasamos un día entero caminando por los montes de Galicia como auténticos penitentes y pernoctamos en el Seminario de Compostela. Allí tuvimos una entretenida charla con los jóvenes que se preparaban para ejercer la ardua tarea de difundir los méritos de Cristo entre los feligreses.
Además, nos permitieron hacerles preguntas para interesarnos por su vocación. La verdad que hubo cuestiones muy interesantes. Recuerdo la de una compañera que pidió la palabra y, micrófono en mano, le espetó a uno de los aspirantes a cura lo siguiente: “A mí y a mis compañeros nos gustaría saber cómo lleváis eso de no poder tener sexo a vuestra edad” a lo que él, perplejo, respondió, “es cuestión de fe, te vas acostumbrado”. No conforme con esa explicación, mi compañera continuó indagando en su vida sexual: “Pero… ¿alguna pajilla os haréis, no? La cara del cura era un poema. Y la de sus superiores la antología completa de Becquer. “Sí, alguna, sí”, respondió.
Es por esto y otras muchas cosas que me declaro fiel defensora de la asignatura de Religión Católica, los Reyes Magos, los puentes y festivos con nombre de Santo y de las madres que rezan cuando hay temporal. Como la mía.

Sobre erecciones

Sobre erecciones. Fue hace unos cuantos años, pero todavía mantengo intacto el recuerdo de la sensación que ese miembro duro y vigoroso me provocaba contra la ropa, mientras él me besaba. Éramos jóvenes, e inexpertos.
Aquello ocurrió la primera vez que un chico me besó (con lengua, restregando sus babas contra las mías) y después del estupor inicial decidí montar un gabinete de crisis con mi mejor amiga y confidente para contarle aquel espantoso episodio. “Imposible”, -sentenció ella-. “Un tío no se empalma sólo por besar, sería el móvil”.
A principios del milenio la gente llevaba móviles muy grandes que lo único que tenían de móvil era el nombre, así que, aunque desconfiada, di por buena aquella versión de mi amiga a la que yo consideraba una gran conocedora del género masculino, no por su experiencia (escasa o nula como la mía), sino por la cantidad de hermanas mayores que tenía y en cuyas conversaciones las dos intentábamos husmear constantemente.
 Sobre erecciones
Pero volvió a pasar. Otro de los fines de semana en aquella discoteca que abría en horario juvenil y que se llenaba hasta la bandera de adolescentes hiperhormonados. Fue como si me clavaran un puñal: permanecí quieta, en silencio, conteniendo la respiración, mientras su lengua daba vueltas dentro de mi boca y sus babas se escapaban por la comisura de mis labios. ¿O eran las mías?
 
El pudor se apoderó de mí más que la anterior vez porque supe que el pobre aún no tenía móvil. Como nuestra relación de dos semanas iba viento en popa me dio su teléfono de casa para que lo llamase cuando no estaban sus padres –oh, bendito facebook-.
No dije nada, no toqué nada -dios me librase- y volví a convocar a mi querida amiga.
 
 Tía, eso se mueve, te juro que cuando me besa eso se levanta, lo noto.
  Diana, te digo que eso no pasa así porque los padres se besan a menudo y no hay en ello ni una pizca de sexualidad .
   Puede que sea un cerdo, un depravado mental, porque te aseguro que eso reacciona en cuanto me besa.
  Quizá lo calientes, -acertó a decir ella-.
  ¿Yo? ¿Cómo iba a hacerlo, si no le toco nada?
  En tal caso, eres una mojigata y él un enfermo. Mejor será que lo dejes.
No fue al momento, supongo que por aquello del primer amor, pero terminé dejándolo sin que el chico me tocase un pelo más allá de las horas de morreos contra la pared de la discoteca en medio de la penumbra. Nunca intentó nada, peo el pobre no podía evitar tener erecciones cuando nos besábamos.
Al cabo del tiempo y con algo de experiencia acumulada y la amplia bibliografía recogida de la Superpop y la Bravo, entre ambas dedujimos que era normal y que pasaba porque “les gustábamos demasiado los chicos” y no podían evitarlo.
El cielo parecía nuestro.
Fue así como aprendí a proyectar erecciones a la carta. Un entretenimiento que llevé a cabo en mis años de Universidad. Lo hacía cuando me daban la lata…pasaba  a su lado, bailaba con ellos y… voilà! Siempre tuve esa maldad de dominatrix y teniendo en cuenta que muchos hombres vienen de casa con elarma cargada, me gustaba dejar claro que yo no era una víctima fácil. Sino el conejito que se come al lobo.
Cuando los tenía a mi merced, pedía otra ronda.
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