Noche de matriarcas

Todos los años pasa lo mismo. Llegan las fiestas navideñas y a mi madre le entra tal angustia que siempre acaba enfadadísima con alguien. Con alguien no. Los damnificados por su ira somos o mi padre o yo, pero en años buenos mi madre puede llegar a enfadarse con ambos. Una vez enfadada, nos echa de casa con mucho desaire y entonces, cómplices, huimos al bar más cercano para tomarnos una copa de vino juntos. La tarde de Nochebuena y la de Fin de Año se han convertido por fuerza de la tradición en los momentos de máxima intimidad entre un padre y su hija.

De tanto repetirse, la situación empieza a parecerse a un sketch. Una par de semanas antes de la primera celebración, mi madre lanza veladas amenazas interesándose por el lugar en dónde vamos a pasar la Nochebuena cada uno de sus hijos. Una vez conseguido el objetivo, que no es otro que pasarla en su casa, mi madre empieza a ponerse de los nervios con los preparativos y la compra de los regalos. Aproximadamente una semana antes de la cena de Nochebuena, o sea, ésta, su único tema de conversación es ya la dichosa cena. Y el mismo día desde por la mañana, mi madre es un ser que da vueltas en círculos lanzándonos órdenes a mí y mi padre, que lamentablemente nunca están lo suficientemente bien ejecutadas para su gusto. Es curioso cómo mis hermanos siempre encuentran cosas más importantes que hacer estos días, así que ni están, ni se les espera hasta que el primer langostino descanse cómodamente sobre su plato.

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Fotograma de la serie Six Feet Under

La pregunta de los otros miembros de la familia es también todos los años la misma: a qué viene tanto escándalo si sólo somos “los de casa”. Mi madre me recuerda cada vez a mi abuela Angelita, su madre, que los días de fiesta podía recorrer varios kilómetros de la cocina al comedor, apenas se sentaba durante toda la cena, y no probaba bocado. Antes de que una mano se posase tímida sobre su cucharón, la mano ágil de Angelita ya te había llenado el plato hasta su límite físico. Porque para mi abuela, como para mi madre y el resto de las matriarcas, estas fiestas son días de faena. Las matriarcas son, salvo honrosas excepciones, las que más se preocupan porque todo salga bien mientras los demás los desplazamos sin apuro chequeando las actualizaciones de Facebook y de Twitter. Son ellas las que se pasan el día entero asegurándose de que la carne esté en su punto, el marisco bien cocido y la bebida fría. Son las que se preocupan de tener todo tan limpio que se podría operar dentro del horno. Las que caldean la casa a gusto de todos, compran el dulce preferido los niños, y arreglan la mesa. Y son esos detalles, que permanecen invisibles a nuestra ciega arrogancia, los que hacen que se mantenga la ilusión por estas fiestas. Los detalles que convierten en excepcionales los días ordinarios, los que transforman una casa en el hogar de todos. Porque muchas personas de mi generación ya ni siquiera tenemos uno: nos pasamos media vida ocupando viviendas temporalmente, dando tumbos entre la pobreza y el desarraigo absoluto. Cuando las matriarcas faltan, las responsabilidades tienden a diluirse, y con ellas los lazos familiares. De ahí el peligro de que juntarse en Navidad sea una anécdota y no la obligación absoluta a la que nos debemos como buenos discípulos. 

La última imagen que recuerdo de aquellas comidas en casa de mi abuela es la diminuta figura de Angelita de pie perdiéndose en el parabrisas de atrás, mientras el coche se alejaba con nuestras manitas agitadas. Cuando veo a mi madre acompañar a mis hermanos y sobrinos hasta el coche mientras los que quedamos nos refugiamos corriendo en el calor, sé que ella está velando porque esos lazos no se rompan.

Porque a las matriarcas les importaría más bien poco si entrase el mismísimo Rey por la puerta de su salón el día de Nochebuena. Les importamos nosotros, que para algo somos los de casa. A ver si aprendemos y dejamos el telefonito en el bolso. 

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el sábado 16 de diciembre de 2016

Vivir con mujeres

Leyendo “Solterona” de Kate Bolick me he dado cuenta de que muchas de sus despertadoras (las mujeres que la habían inspirado) tenían en común una cosa: habían vivido con otras mujeres. Durante los siglos XIX y XX las muchachas que se iban a estudiar dentro de los Estados Unidos o que trabajaban solas en grandes ciudades como Nueva York, compartían techo en residencias universitarias o en casas de señoritas antes de casarse. Lo curioso de estas despertadoras es que muchas nunca llegaron a casarse. Para las mujeres que no tuvimos hermanas la posibilidad de compartir casa con otras chicas y, por tanto, espacios vitales, comida, ropa y hasta cosméticos o productos de higiene personal, era la mejor manera de fraternizar con el sexo propio y de llegar a la vida adulta resolviendo algunas dudas existenciales.

El primer año de universidad en Santiago me fui a vivir a la Residencia Casa Julián de la calle Santiago de Chile. En la séptima planta, la Puri (esposa de Julián y legítima dueña de la residencia), me había preparado habitación en un piso con cuatro chicas más. Dos de ellas tenían mi edad y mi inocencia, 18 recién cumplidos, y otra tenía 24, estaba preparando la tesis, y no quería saber nada de nosotras. Sólo la veíamos en los momentos en los que salía o entraba de la habitación y ni siquiera dejaba comida en la cocina. Su alimentación nos preocupaba tanto que un fin de semana que ella no estaba descubrimos que guardaba los cereales, los chorizos y el aceite, debajo de la cama.

Pero la que despertó mi fascinación fue Ana, la estudiante argentina de cuarto de Medicina que dormía en la habitación contigua a la mía. Ana era una bohemia de pelo negro y ojos azabache que tenía la habitación llena de telas colgando y se pasaba el día bebiendo mate y fumando marihuana. Ana tenía un novio pero también muchos amantes que desfilaban cada mañana por delante de mi habitación antes de abandonar la casa del amor después de una noche de placer. Nunca escuché a nadie follar tanto como a mi compañera Ana. Prácticamente no había noche en que no estuviese acompañada, y cuando su último chico salía del piso venía a buscarme rápidamente para que me sentase en su cama a contarme los detalles. Yo no sabía cómo ponerme en aquella cama que adivinaba llena de fluidos y que siempre estaba llena de tabaco de liar y restos de hoja de mate. Una de las cosas que más me agobiaba es que Ana casi nunca cambiaba las sábanas y cada vez que veía al novio perderse en la habitación rezaba por ella y por la licuosidad del semen de sus amantes. A final de curso Ana se marchó de vuelta Buenos Aires, y al año siguiente me fui a vivir con una de aquellas compañeras de mi edad a otro piso de la residencia. A la tercera la habían separado de nosotras después de que la madre se enterase de la borrachera que la llevó directa a urgencias. A pesar de que la tarde de autos yo me encontraba estudiando en la habitación y que fui la única que se atrevió a llamar a la ambulancia para que su hija no falleciese en el baño del piso, la madre de aquella chica consideró que yo era una mala influencia.

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Fotograma de la serie GIRLS

Mi tercer año tuve otra compañera maravillosa que estaba en fin de carrera y se pasaba el día de fiesta con unos amigos súper simpáticos que venían mucho al piso y que fueron denunciados por los vecinos por arrancar unos renos de bronce que el Concello había puesto para decorar las calles en Navidad. El último año de carrera me cambié de piso y no sólo compartí casa, sino que estuve seis meses durmiendo con una amiga en la misma cama, en la que llegamos a repartirnos los días de uso y disfrute carnal.

Cuando me fui a vivir a Madrid a un piso de siete personas hice migas con María, una chica de Barcelona, y con Sofía, una chica inglesa de madre española. Me encantaba ir a la habitación de María y sentarme sobre su cama mientras ella se vestía o se maquillaba y escuchábamos Madonna a todo volumen. A veces cogíamos un vino o una cerveza y nos lo bebíamos en la habitación, y otras bajábamos a un bar horrible y nos pasábamos horas comprendiéndonos mutuamente.

Reconozco que a veces añoro vivir con mujeres. Cuando una vive con mujeres nunca se queda sin tampax ni sin mascarilla del pelo, la compresa nunca se nota con el vaquero, tienes quien te depile las dos cejas al mismo nivel y nunca, nunca, falta una buena conversación. Espero que cada vez más la convivencia entre mujeres adultas que no quieren vivir solas o prefieren repartir sus gastos sea una alternativa a la sociedad individualista y al “necesito una pareja para irme de casa de mis padres”, y no una excentricidad de las que seguimos añorando la sincronía de las reglas.

 

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el sábado 9 de diciembre de 2017

Sam y Kate (relato)

Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre, pero sí sabía que no podría eludir aquella conversación. Estaba en la oficina cuando la pantalla del teléfono se iluminó anunciando la llamada entrante de un número desconocido. Cuando descolgó, pudo escuchar la voz ronca de ella. Todo su sistema nervioso se puso alerta y las venas y arterias multiplicaron su trabajo. Hacía más de cinco años que Kate lo había abandonado porque, según ella, necesitaba cambiar de vida, y aunque Sam estaba convencido de que volvería al cabo de unas semanas –unos meses, a lo sumo- perdió totalmente la esperanza al cabo del segundo aniversario del abandono.

Después del tsunami inicial de emociones, Sam, que era un tipo bastante comedido, le dijo que no quería saber nada de ella y colgó el teléfono. Se arrepintió en cuanto lo hizo, pero como la mayor parte de los mortales estaba convencido de que ella haría una segunda intentona, o le mandaría un mensaje suplicándole que acudiese a su encuentro. Se imaginaba a Kate nerviosa, ensayando aquellas palabras, llorando ante la posibilidad de no conseguir volver a verlo, lanzando desesperados mensajes de socorro “Sam, te necesito”, “Sam, no me abandones”. Pero aquello simplemente no ocurrió. Él sabía que era una mujer soberbia y dura, y muchas veces ella misma había presumido ante él de haber aplastado sus sentimientos en virtud de no rebajarse por nadie. Aunque la angustia y el terror de perder a la otra persona le reventase las entrañas. Aún así, lo que acababa de ocurrir, no entraba en sus planes. Llevaba cinco años sin verlo, y si lo buscaba era por algo. Y él estaba convencido de que a Kate la realidad por fin le había pegado un puñetazo en la cara y ahora quería volver al cálido y confortable hogar del que nunca debería haber salido. En el que nunca debió haberlo dejado abandonado.

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Fotograma de la película Blue Valentine

Ya era de noche cuando Sam se subió al coche. Fuera hacía frío. Puso el contacto, encendió la calefacción, y empezó a escribir un mensaje. Cuando ya lo tenía totalmente redactado (un conjunto de reproches e insultos que estaba convencido que Kate se merecía) lo borró y puso un “¿Estás?”. Ella respondió despreocupada.

  • Sí. ¿Qué pasa?
  • ¿Cómo que qué pasa? ¿Te parece normal la actitud que te gastas? Hace cinco años que no sé nada de ti, cinco malditos años desde que me dejaste tirado y ahora me buscas como si fuese tu puto perrito faldero. ¿Te crees que no tengo otras cosas que hacer más que atenderte? ¿De verdad piensas que eres tan importante? ¿Tan imprescindible?- y le soltó un speech que a ella le hizo hiperventilar.
  • He aceptado tu no. Sólo quería saber si te apetecía quedar, creo que los insultos están de sobra. No te he pedido que me perdones. Sólo pretendía tomar algo y charlar, pero he captado el mensaje, puedes quedarte tranquilo- contestó ella.
  • ¿Nunca vas a cambiar esa pose chulesca? ¿Crees que puedes dominar a todo a el mundo, que puedes conseguir siempre lo que quieras, verdad?
  • Es mi pose Sam. Ya sabes como soy. Te repito que no te he obligado a nada, no entiendo a qué viene esto. Te resultaría mucho más sencillo ignorarme.
  • Eres mala persona, tía. No soporto que me hables con ese desdén. Sólo espero que te vaya francamente mal, es lo que te mereces.
  • Yo espero que te vaya bien. Un saludo- y ella colgó primero.

Sam se echó a llorar aunque no lo había hecho desde que lo dejaron. Cinco años de sequía emocional que tejieron el páramo de su vida. No sabía si ella tenía sentimientos, porque ya no lo conocía. Tan fría, tan distante y vanidosa, tan despreocupada “espero que te vaya bien, menuda hija de puta” y se fue a alguna red social para torturarse viendo fotos de ambos delante de la pantalla. ¿Cuándo había dejado de quererlo? ¿Cómo se percibe el desamor? En todas aquellas fotos, ella aparecía sonriente, agarrándolo por la cintura con gesto cariñoso, incluso poco antes de la ruptura. Él recordó sus besos, los que casi siempre acababan con un mordisco en el labio inferior. Su sexo húmedo y la almohada sobre la cara antes de correrse. No había deseado tanto a nadie. Kate sabía lo que quería y lo pedía, y al mismo tiempo podía ser cruel y arrogante. Pero el tiempo le había dado a él la razón. Había ganado. Entonces cogió el teléfono y marcó su número borrado de la agenda del teléfono. Se lo sabía de memoria.